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Feli Colina, el último tesoro escondido de la música argentina: "Estoy todo el tiempo preguntándome qué soy"

A cinco años de haber lanzado su primer disco, Feli Colina se posicionó como una de las artistas más originales de la Argentina actual. El 13 de junio debuta en vivo en Uruguay y antes charló con El País de sonido, riesgo y orientación.

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La cantante argentina Feli Colina durante un show en vivo.
Foto: Difusión

Si Feli Colina fuera un color, sería el negro de la tierra cuando está mojada. Su música, que es como si el suelo se abriera y se pudiera mirar hacia lo desconocido, es un oasis en la nueva escena pop regional, tan teñida de rock y reggaetones de consistencia uniforme. Es un sonido alternativo que exprime el folclore del norte argentino y lo desparrama sobre una educación rockera y un presente que roza lo urbano y no le teme al perreo.

No importan los datos biográficos —que sea salteña, que tenga 29 años, que haya empezado a cantar en el subte y haya ganado un concurso que la llevó a grabar su disco debut, Feroza, en Abbey Road; que haya estado nominada a los premios Gardel y que una composición suya, “Disfraz” de Conociendo Rusia, haya llegado a ser candidata en los Latin Grammy—: nadie sabe a ciencia cierta de dónde sale algo así.

Desde España, en día libre antes de tocar en Barcelona y Madrid, Feli Colina dice que ella tampoco sabe.

—Tomando el nombre de una canción de Feroza y llevándola hacia vos, ¿de dónde salió todo esto? ¿De dónde sale todo esto que sos?

—No tengo la más pálida idea de cómo responderte esa pregunta.

Las certezas, esas que la han convertido en una suerte de tesoro cada vez menos escondido del Río de la Plata, son las que deja en evidencia sobre el escenario y que por primera vez traerá a Uruguay. Se presenta este jueves 13 en Sala del Museo y será su debut absoluto en Montevideo, una ciudad que nunca pisó; abre Inés Errandonea y quedan entradas a la venta en Redtickets.

“Estoy todo el tiempo preguntándome qué soy, ¿viste? Y cómo reacciono frente a distintos estímulos, la vinculación, las cosas que me pasan por la cabeza y sobre todo las emociones. Soy muy curiosa de cómo se sienten las cosas y por qué se sienten como se sienten, esa parte entre psicológica y espiritual”, dice Colina en charla con El País, como intentando ensayar alguna respuesta. Después confiesa: “Yo creo que hacer discos es algo que me inventé para tener una razón para vivir”.

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Feli Colina en la producción del disco "El valle encantado".
Foto: Difusión

Cinco años atrás, Feli Colina sorprendió con su debut Feroza, un disco de canciones estructuradas que querían ser salvajes. De ahí en más, el camino fue de la intención a la acción, algo que concretó en El valle encantado (2022), donde la música late. Aunque la cantante y compositora busca entre melodías, timbres y estéticas, reconoce que lo que más le divierte es el ritmo: por eso “El valle encantado” galopa, por eso “Chakatrunka” amenaza, por eso “La entrega” es un haka manso, un ejército triste haciendo una danza tribal.

El bombo legüero, las percusiones varias, hasta el sonido del golpe sobre las chapas son la base sobre la que Colina, con voz grave, canta letras que aspiran a la profundidad. Si se cierran los ojos, su música parece chocarse en el aire con la prosa de Dolores Reyes, la poesía de Idea Vilariño, el arte de telaristas y arpilleristas, las danzas primales.

“Siento que es como un proceso que tiene que ver con la artesanía, tal cual. Yo me siento medio estimulada por todo”, dice. “Me acuerdo lo estimuladísima que estuve una vez que volví a ir a un corso después de mucho tiempo de no ir a un carnaval, o no sé, mi novio (Florián Fernández Capello, también músico) me llevó hace unos meses a un barcito a ver a un cantante de tango y había unas señoras del barrio con unas vinchitas que decían ‘Cucuza’, y por ahí eso me recontrainspira”.

Hay más: las vanguardias que le enseñaron en el liceo, cuando unas amigas le mostraron un documental de Pina Bausch, su tía escenógrafa que para la Navidad le hacía unas alas llenas de lentejuelas, la primera vez que vio un video de Nathy Peluso, Roger Waters, Pink Floyd.

—Si pudieras anclar en el cuerpo el lugar de dónde sale la música, ¿cuál sería? ¿Dónde la sentís?

—En el mejor de los casos en la pelvis, en las piernas. En el mejor de los casos. Pero en todo el cuerpo: mucho en el pecho, en la cabeza, como que siento una tensión en la sien. Yo veo videitos de músicos hindúes haciendo escalas hindúes, y cuando escucho esa velocidad y esas melodías, una atrás de la otra, me genera un placer mental, como un masajito.

Desde que hizo el proceso de El valle encantado, la propuesta de Feli Colina se puso cada vez más física y eso queda en evidencia en vivo, donde va por lo performático. Ahí ella, que reconoce que todavía está transitando algunas cuestiones relacionadas a su propia sexualidad y a lo que implicó crecer en una sociedad conservadora, ejercita al máximo la libertad. Si se semidesnuda en escena, lo hace alejada del erotismo: “Cuando hago topless me siento un mono en medio de la selva. Sé que tiene una cualidad sexual, pero yo me siento más primitiva que vedette”.

Desde ese mismo lugar salen los gemidos con los que tiñó “Trigal”, su versión de una joya del repertorio de Sandro, y todas las decisiones radicales que tomó para LXS INFERNALXS, un EP que va de Los Chalchaleros al Cuchi Leguizamón. Feli Colina, sacrílega, esculpe con Auto-Tune el “Gloria” de Ariel Ramírez. Ni siquiera se da cuenta del riesgo, dice al pasar.

“Porque yo no sé si tengo la alternativa de hacer otra cosa, ¿entendés? A veces pienso: ¿por qué no hago pop? Bueno, hago pop en verdad, pero, ¿por qué no hago un reggaetón y me pongo toda no sé qué y ya me lo hago más fácil? Porque no me sale, porque sería patético verme hacer eso. Yo hago lo único que puedo hacer, entonces nunca lo siento demasiado como un riesgo. Componer sí es un lugar siempre desafiante, cada vez más, porque es un momento en el que estoy muy sola, a full con mi juicio. Me enrosco, me exijo. Pero cuando grabo es porque ya me encanta, entonces ya nada me parece riesgoso”.

Con esa misma naturalidad se enfrenta a las etiquetas que, de a poco, empiezan a imponerle. “Yo soy muy hija de la generación Bowie, Pink Floyd, ‘ah, soy diferente, ah, vanguardia’; hay una adolescente en mí a la que eso le encanta”, admite con tono irreverente. “Pero nada me lo puedo tomar demasiado personal, ni lo malo ni lo bueno. Y tampoco soy del todo consciente. Estoy en un momento en el que todavía no sentí realmente una diferencia. Como que fui muy de a poquito, fue cada vez más gente entendiendo y disfrutando algunas cosas”.

Si mañana se “recontrapega”, dice, esta entrevista se hará de nuevo. Mientras, Feli Colina también trata de entenderse. Trabaja en su próximo disco, vuelve a escuchar el Clandestino de Manu Chao si se siente un poco perdida, y se convence de que hay algo en la música que tiene una función humana, social.

Hoy, cuando piensa en sus batallas, dice que lo único que quiere es que el mundo sea más fácil, más ameno, y ser “más honesta”. “Y para ser más honesta hay que saber qué es una, y eso lo voy intentando así: en el cuerpo, en la voz, en cómo me relaciono, en lo que digo. Tengo un deseo de ser más honesta y transparente, en servicio de una armonía universal”.

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