Es uruguayo, dejó todo para irse a Australia y hoy recorre el mundo con su propia música

Felipe Baldomir. Foto: Difusión
Felipe Baldomir.
Foto: Difusión.

ENTREVISTA A FELIPE BALDOMIR

El cantautor Felipe Baldomir vuelve a Uruguay para presentarse el 1° de setiembre en La Trastienda. De su vida en una camioneta y más, charló con El País.

La historia de Felipe Baldomir es una historia de movimiento, una historia en movimiento. La historia de un proyecto de arquitecto que abandonó todo por la música. La de un artista que hizo de una camioneta su propia casa. La de un uruguayo que se radicó en Australia y hoy está a punto de girar por Europa de la mano de un artista sudafricano.

La historia de un hombre orquesta que quiere conquistar a su propio país.

“Estoy muy feliz de estar de vuelta”, dice Baldomir —cantante, compositor, multiinstrumentista— a El País. “Hace tiempo que quería venir a visitar a mi familia, a mis amigos y al paisito, y volver a tocar acá, que es donde todo empezó”.

El comienzo

De Montevideo a Australia

La de Felipe Baldomir es una historia en movimiento, y la última parada en ese circular constante es la del Cono Sur. Tras tres años sin volver a casa, limitaciones pandémicas mediante, el 1° de setiembre dará un show en La Trastienda de Montevideo. Presentará su último álbum, Only Light, recorrerá su repertorio folk y optimista, y ofrecerá un show enérgico para el que, en solitario, se abastece de guitarra, saxo, armónica y más. Quedan entradas a la venta en Abitab.

La gira regional comenzó el viernes en Paraguay; seguirá por Buenos Aires, con doble fecha en La Tangente el 30 y 31 de agosto, y se cerrará en Santiago de Chile, el 2 de setiembre.

Para la segunda mitad de setiembre quedará el recorrido por festivales australianos y, para fines de mes y todo octubre, el tour europeo como número de apertura del cantante folk sudafricano Sean Koch. La meta para el año próximo también es europea: espera regresar como telonero para, hacia el cierre de 2023, rodar solo.

La clave, repite varias veces en la charla, es “meterle”. Siempre meterle a este camino al que, un día, decidió darle todo.

Baldomir, montevideano, tenía 10 años cuando se enamoró de la guitarra. Le dedicó horas y horas después de clase, aprendió canciones, armó repertorio —siempre en inglés— y nunca la abandonó, ni siquiera cuando, ante la incertidumbre y las sugerencias ajenas, comenzó a estudiar arquitectura.

Llevaba cursados más de dos años de carrera cuando, de repente, la puerta de los shows se empezó a abrir. Tocó en barcitos y en eventos, tocó covers y coló canciones propias, tocó y tocó y tocó y se generó, dice, como una “adicción”.

“Y lo empecé a redisfrutar eso de poder regalar tu música a un montón de personas; que se te arrimen a decirte que disfrutaron el show, eso es lo máximo. El vivo tiene esa adicción. Y ahí me di cuenta lo importante que la música es para mí, y eso se hizo más fuerte, y la arquitectura la fui dejando de lado hasta que en un momento dije: ‘No estoy haciendo nada bien. Me quiero dedicar a fondo a la música’”, relata. “No tenía idea de cómo lo iba a hacer, de qué camino iba a tomar, y al año me empezó a picar ese bichito de querer viajar. Quería apostar a mis propios shows, salir de la burbuja, y así me fui”. Era 2018.

Al otro lado del mundo

La vida en una camioneta

El destino natural fue Australia. A Baldomir le atraían la naturaleza, la posibilidad de surfear y, sobre todo, la música: de allí son muchos de sus artistas predilectos, como los dos que se cruzó en sus primeras horas en el lejano país.

“El día que llegué conocía a una sola persona, un australiano de padres uruguayos, músico también. Él me pasó a buscar por el aeropuerto y me dijo: ‘Mañana tengo que ir a este lugar, Byron Bay; tomarme un avión, levantar mi camioneta y manejarla hasta Sidney. ¿Querés venir?’. Y como no tenía ningún plan, me fui con él. Bajamos a la playa —esto es mi primer día completo en Australia—, no tenía idea de dónde estábamos, me voy a buscar algo para comer y cuando voy caminando por la calle principal me encuentro, tocando en la calle, a dos de mis músicos favoritos: Ziggy Alberts y Tay Oskee. Y me quedé sentado escuchándolos, y los pude conocer, y al poco tiempo me invitaron a tocar con ellos en la calle. Todo eso fue tremenda señal”.

El uruguayo llegó a Sidney con 24 años y una visa de trabajo por 12 meses, y lavó platos e hizo mudanzas mientras alternaba con sus actuaciones hasta que, “de a poquito”, fue consiguiendo más y más posibilidades de actuar.

Felipe Baldomir. Foto: Difusión
Felipe Baldomir. Foto: Difusión

“Cuando llegué estaba como impresionado. Todo es diferente, todo es distinto, del idioma al supermercado, los horarios de los lugares; es un montón. Y a medida que empezás a tratar de buscar trabajo te va cayendo la ficha de que estás del otro lado del mundo, que estás solo, y tuve un momento en el que me pregunté qué estoy haciendo acá. Te lo preguntás, porque no te sale nada, no conseguía toques, nadie me contestaba nada. Pero una vez que pasas ese momento, todo empieza a salir. Hay que aguantar la cabeza”, aconseja Baldomir.

“Hasta que conseguí que un lugar me contrate todos los sábados. Me pagaban bastante bien, y con eso más tocar en la calle un par de veces por semana, me alcanzaba para cubrir mis gastos, y dejé los otros trabajos y me puse solo con la música. Y todo empezó a crecer”.

En el camino a ese crecimiento, decidió instalarse en una camioneta, una suerte de casa rodante que le permitió reducir los gastos y, a la vez, tener amplio margen de movilidad.

“La van permitió que todo se dé, que todo pueda suceder. Y la inspiración de estar viajando, de vivir experiencias, sirve para escribir”, asegura.

La pandemia, sin embargo, puso un freno temporal a su vida nómade: “Todo el trabajo paró, yo estaba en la van y no se podía estar al aire libre, empezaron a cerrar los estacionamientos, no tenía donde estar y había policías en todos lados. Fue un momento complicado. Terminé alquilando un lugar donde no me estuviesen corriendo, y ahí aproveché el tiempo para escribir y grabé mi segundo álbum, Only Light”.

Para Baldomir, que tiene dos discos, un flamante EP y unos 80 mil oyentes mensuales en Spotify, el punto de quiebre estuvo en el vivo, cuando se dio cuenta, actuando como telonero, que aunque el público pagaba para ir a ver al artista principal, coreaba con fuerza creciente sus propias canciones.

“Y lo empezás a sentir en todo”, dice el uruguayo que se mueve en Australia y, cada vez más, en el mundo.

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