Crónica: Con "Ofertório", la familia Veloso celebró la intimidad en el Antel Arena

Caetano, Morena, Tom y Zeca durante el espectáculo "Ofertório". Foto: Marcelo Bonjour.

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Ayer, Caetano Veloso se presentó junto a sus hijos Moreno, Tom y Zeca en el Antel Arena; durante dos horas, la calidez y la intimidad dominaron el recinto

La propuesta de Ofertório, el espectáculo que Caetano Veloso ofreció ayer en el Antel Arena junto a sus hijos Moreno, Tom y Zeca, busca la belleza desde el minimalismo. El show, íntimo y familiar, se apoya en una escenografía simple que refuerza esa idea: una figura que evoca el sol cuando cae sobre la rambla montevideana, una cuerda anudada que atraviesa el escenario y una tela suspendida en el ángulo superior derecho. Luces delicadas —amarillas, naranjas, verdes, azules— terminan de delinear el clima de cada canción.

En el centro de todo, la música. Cuatro sillas alineadas volvieron a reunir a la familia Veloso —de gira con este proyecto desde 2017— sobre un escenario que parecía más doméstico que multitudinario. Desde el inicio se percibió el clima de reunión familiar: el foco estaba en las canciones, pero también en el silencio. Durante dos horas, más de 5000 personas escucharon con atención cada una de las 29 piezas del repertorio.

El abordaje fue clave para sostener esa intimidad. Un órgano Rhodes y un bajo, a cargo de Zeca, fueron los únicos instrumentos eléctricos. El peso recayó en las guitarras acústicas y en pequeñas intervenciones percusivas de Moreno: en “Boas Vindas” y “Reconvexo” marcó el pulso con un plato y un cuchillo; en “Trem das cores” frotó dos hojas de lija; en “Alegria, Alegria” sumó un pandeiro. Recursos mínimos para una sonoridad precisa.

La calidez también se hizo visible en escena. Caetano presentó las composiciones de sus hijos, sonrió, los miró con orgullo. En “A tua presença morena”, la frase “tu presencia es la cosa más bonita de toda la naturaleza” adquirió un sentido distinto cuando la cantó contemplándolos. Algo similar ocurrió en “Oração ao Tempo”, donde la referencia al hijo dejó de ser evocación para volverse presencia concreta.

Caetano Veloso. Foto: Marcelo Bonjour.
Caetano Veloso. Foto: Marcelo Bonjour.

Otras canciones también se resignificaron. “Um canto de Afoxé para o bloco do Ilê”, primera colaboración junto a Moreno —quien escribió la letra a los nueve años—; “O Leãozinho”, que hoy él dedica a sus propios hijos; “Todo homem”, con Zeca en el órgano y las cuatro voces unidas en “Todo hombre necesita de una madre”; y “Ofertório”, compuesta para la misa por los 90 años de su madre y atravesada ahora por la religiosidad diversa de sus hijos. El repertorio dialogó consigo mismo.

En entrevista con El País, Caetano había dicho que cuando las cuatro voces se unen siente “una sensación mística”. En temas como “Seu Amor” y “Alguém Cantando”, esa percepción se volvió palpable: las armonías llenaron el recinto con una emotividad contenida, sin énfasis innecesarios. “Força Estranha” terminó de condensar la idea: “Por eso yo canto, no puedo parar”. Parte de la platea acompañó en un canto que creció sin romper la atmósfera.

El público formó parte de esa comunión. La respuesta sostenida llevó a cuatro bises no previstos. Moreno sorprendió con un fragmento de “Amándote”, de Jaime Roos, que derivó en un coro espontáneo. Luego llegaron “Tonada de luna llena”, del venezolano Simón Díaz —que Caetano versionó en Fina Estampa (1994)—, “Gente” y “Alegria, Alegria”, con los cuatro abrazados en el proscenio.

Lo del Antel Arena fue una de esas noches que quedan en la memoria. Antes del show, Caetano había adelantado que para disfrutar al máximo era necesario "relajar los nervios" para "dejar la vulnerable belleza acontecer". En la noche del martes, la belleza ocurrió. 

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