Las entradas estaban agotadas desde hacía meses, pero el clima de acontecimiento terminó de instalarse apenas se apagaron las luces. Un breve video promocional invitó a visitar Panamá, desayunar frente al Caribe y almorzar a orillas del Pacífico. Después, la big band dirigida por Roberto Delgado empezó a tocar “Mambo Gil”. Entonces apareció Rubén Blades.
Vestido de traje oscuro y sombrero negro, caminó lentamente y con confianza hasta el centro del escenario mientras la sala Eduardo Fabini lo recibía con una enorme ovación. Habían pasado 16 años desde su último concierto en Uruguay. Había banderas de Panamá y Venezuela en las primeras filas y varias caras conocidas entre el público: el presidente Yamandú Orsi junto a su esposa, Emiliano Brancciari y Jaime Roos.
La presencia de Jaime en el Auditorio Nacional del Sodre tenía algo especial. En 2024 había dado allí una histórica serie de 10 conciertos agotados, los últimos que ofreció hasta el momento. Desde entonces apenas se lo ha visto en público, pero este martes estaba del otro lado: sentado entre el público para ver a uno de los grandes nombres de la música latinoamericana.
La última visita a Montevideo de una figura de la salsa de semejante porte también había ocurrido en la sala Eduardo Fabini. Fue en 2023, cuando Óscar D’León, recién llegado a los 80 años, ofreció uno de los mejores conciertos de aquel año.
Rubén Blades estuvo a esa altura. Tiene 78 años, pero durante las dos horas y media que duró el concierto ese dato fue apenas eso: un dato. Cantó, bailó, tocó maracas y congas, conversó, contó historias y se puso al frente de una formidable big band de 20 músicos para recorrer uno de los repertorios más influyentes de la música en español.
Hubo clásicos, varios rescates y una energía en escena que nunca decayó. Y cuando todo terminó, cerca de la medianoche, el público quedó esperando un bis que nunca llegó. Sin embargo, Blades ya había hecho suficiente: acababa de ofrecer uno de los grandes conciertos que pasaron por Montevideo en 2026.
La instrumental que abrió el show ya había dado una pista de por dónde iría la noche. Esto era Salsa Big Band, como Blades tituló el disco de 2017 que selló su alianza con Roberto Delgado y su orquesta. O, mejor dicho, esto era Salswing!: el concepto que llevó a un álbum en 2021 y que profundizó el diálogo entre dos músicas que llevan décadas conversando, la salsa y el jazz.
La pantalla gigante terminó de explicarlo. Mientras la big band tocaba “Mambo Gil”, apareció la portada de Salswing!, collage donde figuras del jazz y la música afrocubana, de Duke Ellington a Tito Puente, conviven en una misma imagen. Era el mapa musical del concierto que empezaba.
Entonces, un corte. Así como en el arranque de Siembra, su álbum de 1978, el pastiche de música disco dio paso a “Plástico”, una de las canciones emblema de la salsa consciente, ese movimiento que Blades encabezó junto a Willie Colón y que convirtió una música asociada al baile y la diversión en una plataforma para hablar también de contradicciones, frustraciones y desigualdades.
Y ahí, mientras cantaba sobre chicas plásticas que sudan Chanel N°3, llegó la primera gran respuesta de la noche. Blades empezó a nombrar países latinoamericanos y, desde las butacas, el público contestó a cada uno con un “¡Presente!”.
En “Pablo Pueblo”, la segunda que cantó, el formato de big band le dio un vuelo distinto a uno de sus grandes clásicos. Blades agitó las maracas pintadas con la bandera de Panamá y, hacia el final, llegó ese juego entre coro y sonero que es uno de los grandes placeres de la salsa: mientras los músicos repetían “Pablo Pueblo, Pablo hermano”, él tejía su canto. Ahí estaba el maestro.
La mirada sobre América Latina atravesó buena parte del concierto. Blades habló de las migraciones masivas y unió “País portátil” con “Emigrantes”, dos canciones atravesadas por el desarraigo. La primera, publicada originalmente en 2009, dará título a su próximo álbum, que, anunció, lanzará este mes.
También recordó los cinco años en que puso en pausa su carrera para ocupar un cargo en el gobierno de Panamá, entre 2004 y 2009. “¿Qué hice en esos cinco años? Le quité el puesto a un corrupto”, lanzó.
El repertorio mostró distintas caras de Blades. Estuvieron las siempre vigentes “Prohibido olvidar” y “Las calles”; la emoción de “Cuentas del alma” y “Amor y control”; y una formidable versión de “El cantante”, la canción que escribió y Héctor Lavoe convirtió en un clásico. En “Todos vuelven”, mientras tanto, la pantalla gigante se transformó en una suerte de In memoriam con los rostros de los artistas que lo marcaron.
Uno de los momentos más memorables llegó con “El padre Antonio y su monaguillo Andrés”. Antes de cantarla, Blades recordó su debut en Montevideo, en 1983, y una escena que no olvida. Aquella noche la interpretó en el Palacio Peñarol y, cuando terminó, nadie aplaudió por respeto. Cuatro décadas después, la sala lo celebró con una larga ovación.
También apareció el Blades más divertido. Uno capaz de responderle a quien le gritaba “te amo” desde las butacas con una advertencia: “Me amas porque no vives conmigo”.
Ese humor tuvo uno de sus mejores momentos antes de “Ojos de perro azul”, inspirada en el clásico cuento de Gabriel García Márquez. Blades recordó que el disco basado en la literatura de Gabo, fue “el peor” de su carrera. “¡Agua de Luna... hermoso!”, le gritó alguien. Blades reaccionó de inmediato: “Sí, ese mismo. ¿Usted fue el que lo compró?”.
Para el final quedó “Pedro Navaja” y apareció, una vez más, el extraordinario cronista que convirtió las historias de la calle en canciones universales y la sala entera se sumó al coro: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”.
No hubo bis. Tampoco hacía falta.