David Marcial Pérez, El País de Madrid
Nada más terminar la entrevista, se coloca su boina negra, unas gafas de sol oscuras y una sudadera también negra con un cuello alto que le cubre hasta la boca. Más que una leyenda de la salsa, Rubén Blades parece un ninja en una misión: llegar a pie hasta su restaurante favorito. Son apenas cuatro calles, pero caminar con él por el casco antiguo de Ciudad de Panamá es casi una carrera de obstáculos. Lo sabe bien y a sus 78 años marca un paso de vértigo. Pese a la ropa de camuflaje y el paso acelerado, no puede evitar que todo el mundo con el que se cruza acabe reconociéndole. Saluda amablemente a los policías, firma autógrafos y hasta se hace una foto que le piden desde un taxi que frenó en seco al verle en la acera. Cuando llega, no le hace falta mirar el menú. Pide directamente un ron y el plato estrella de la carta. Rubén Blades quiere “El bistec de Rubén Blades”.
Siendo un joven abogado que escribía y cantaba canciones, abandonó Ciudad de Panamá hace más de 50 años rumbo a Nueva York, donde se convertiría en un gigante. Primero, abanderando la segunda generación del sello Fania, la cuna de la salsa, para luego trascender los géneros y llevar la música latinoamericana a las cotas más altas de popularidad y reconocimiento, abriendo camino para el boom actual. Siempre a lomos de las mejores orquestas del momento y con una mezcla de costumbrismo, crónica política y poesía narrativa. Capaz incluso de citar a Kafka en su himno callejero “Pedro Navaja”.
Todo sin romper nunca los lazos con su país. Mantiene un departamento en el centro, muy cerca de donde se crió de niño. Ha sido ministro de Turismo entre 2004 y 2009, después de ser candidato presidencial una década antes.
Sentado en una sala de hotel en el casco antiguo, dice antes de salir a la carrera por el almuerzo que en todos estos años, por una razón u otra, no dejó de venir a su país, pero que desde que murió su padre hace un par de años ya no lo hace tanto. Y se ha dado cuenta de que ahora, al final del camino, siente algo parecido a los remordimientos.
“He sido negligente en el trato con mi familia y mis amigos”, dice. “No les dediqué el tiempo que quisiera. Pienso en mi gente, pero no se lo comunico y eso no puede ser. Mis amigos históricos, gente que conozco hace 60 años o más, se van muriendo. Quiero tener esa conversación pendiente a ver si me devuelven el dólar que le presté cuando tenía 17 años, quiero darles un abrazo y darles las gracias”. Hace una pausa y remata: “Si Dios quiere, en dos años estaré acá por más tiempo”.
Blades se fue de Panamá en 1974, en plena dictadura de Omar Torrijos, porque a su padre lo acusaron de “traidor a la patria”. Lo acusó Manuel Antonio Noriega, por entonces jefe del aparato de represión e inteligencia y futuro dictador. Al padre de Blades, lo acusó de ser parte de un complot de la DEA para asesinar a la cúpula militar.
Su familia tuvo que salir huyendo a Florida, donde su madre, de origen cubano, tenía contactos. Blades se quedó un año más en Panamá terminando su tesis de grado en Derecho. “Terminé y me marché antes de mi graduación. Por eso fui luego a Harvard -donde tiene una maestría en Derecho Internacional-, no porque mi familia viniera de dinero”.
Insiste varias veces en desmontar las versiones sobre su vida, con la cuestión de clase ocupando un lugar central desde su adolescencia en Panamá hasta su relación con los gangsters salseros de la Fania en Nueva York.
De hecho, está escribiendo su biografía por recomendación de su amigo Gabriel García Márquez. “Un día le dije que andaba queriendo escribir mis vainas. Y él me dijo: “Escríbelas tú, porque si no lo haces, otro las va a escribir por ti”.
Recuerda que las conversaciones con el Nobel colombiano eran como “una máquina de pinball; de repente la bola iba pa’ allá, luego pega acá”. Algo parecido es charlar con Blades, un intercambio frenético pero estructurado con la cadencia y los punch lines de las letras de sus canciones. Así cuenta cómo escribió en 1964 la primera de todas, inspirada en unas protestas pacíficas sucedidas ese mismo año por unos estudiantes en la Zona del Canal que acabarían en una masacre a manos del ejército estadounidense.
“Hasta ahí nosotros veíamos a Estados Unidos con gran admiración”, dice. “Habían ganado a los nazis. Pero el ejército que acabó con Hitler ahora nos está disparando a nosotros. Fue como si tu abuela te diera una patada en el culo sin razón y lo sientes como una traición”.
Esa canción, “9 de enero”, acabaría siendo un símbolo panameño interpretado por la orquesta de Marcos Barraza, la más popular del país en aquella época.
Blades tenía apenas 16 años cuando la compuso y dice que ya con ocho escribía cuentos cortos. ¿De dónde viene esa precocidad por el arte y la política? “Todo esto es mi abuela, la mamá de mi papá, que era una hippie. Fue a la universidad, se graduó como maestra, peleó por el voto de la mujer. Era pintora, poeta y dramaturga. Practicaba yoga, era librepensadora”. Fue una especie de tutora para el pequeño Rubén: le enseñó a leer cuando tenía cinco años con un libro de Rilke, el poeta de la angustia. “Yo me leí eso y me deprimió, ¡coño! Esa vaina con cuervos toda fría. Pero así era mi abuela: “Lee”, “edúcate”.
Con todo ese bagaje llegó Blades a Florida con su familia. Tenía 25 años y “un diploma de Derecho que en Estados Unidos no servía ni para limpiarse el culo” mientras veía a su familia “pasar hambre” porque el padre no conseguía trabajo. Llevaba unos años sin componer porque en la universidad le obligaron a elegir -“usted va a ser abogado o músico”-, pero ya había escrito alguna canción para estrellas de la salsa como Richie Ray y Bobby Cruz. Así que decidió llamar a la sede neoyorquina de Fania y preguntar si podían darle trabajo como compositor. Le dijeron que no y que si quería un trabajo, se pusiera a poner sellos al correo de la discográfica. “Pagaban 125 dólares a la semana, así que lo cogí y fui pa allá”. Hasta que a los pocos meses Ray Barreto, otro puntal de Fania, lo rescató para su orquesta y el resto es historia. Discos como Siembra (1978), junto a Willie Colón, pertenecen a las joyas de la corona de la música latinoamericana.
Pero llegaron los roces, algo habitual en el sello por cuestiones de dinero. Incluida la ruptura con Colón, quien llegó a decir que aquel chico panameño, blanco y educado con el que había revolucionado la salsa no era más que “un turista del gueto”. Blades reconoce que cierta tensión existió siempre al no encajar del todo en los moldes y que es complicada de resolver: “¿Qué vas a hacer? ¿Estar siempre explicando que no es así?”.
A Blades no le gustan las etiquetas en las que le han intentado encasillar. Como cuando Sting dijo aquello de que la suya era salsa para inteligentes. “No siempre nos expresamos de la manera correcta, yo también he dicho estupideces, pero bueno, todo ese tema viene de que la salsa tenía unos temas recurrentes: el amigo que te traicionó, la mujer que te engañó. Y yo escribo de más cosas”. Algo parecido le está pasando ahora a Bad Bunny al estirar los límites del reguetón y llevarlo a audiencias masivas.
Blades reconoce el linaje, desde Tego Calderón hasta René de Calle 13, y concede que “la música latina está en un gran momento en cuanto a atención”. Lo que implica un riesgo: “Si solo se queda en una moda, será pasajero. A Bad Bunny le puede pasar como el Cha cha cha”. Es decir, la música latina se mantendrá o crecerá si es capaz de generar interés cuando baje el suflé. Es decir, “¿Estará cantando alguien reguetón en 40 años? Yo no sé, lo que sí sé es que ‘Pedro Navaja’ sigue sonando y es de 1978”.