Al igual que con sus discos, no se puede esperar que Rosalía ofrezca un show convencional. Y este martes, ante un Movistar Arena repleto, lo deja claro desde el primer segundo.
El espectáculo empieza antes de que ella aparezca en escena.
Por los parlantes suena “Angel”, de Jimi Hendrix, mientras los músicos de la orquesta inglesa Heritage atraviesan el campo, de traje y con sus instrumentos a cuestas, hasta una plataforma montada en el centro del estadio. El chelista sonríe, levanta el arco y hace un gesto para que el público grite más fuerte. No necesita insistir. Es la tercera función del paso de la gira de LUX por Buenos Aires y ya sabe cómo responde el público argentino.
Las luces se apagan y el estadio queda envuelto en un rugido. La orquesta sostiene la tensión mientras cuatro bailarines vestidos de negro empujan una enorme caja blanca hasta el centro de la escena. Detrás, unas largas escaleras cubiertas por telas blancas desembocan frente a una enorme luna amarilla. Todo adquiere un aire onírico.
Entre el público, miles de celulares ya están en alto. Los cuatro bailarines rodean la caja. Se les suman otros cinco y, entre todos, tiran de sus costados. Entonces aparece Rosalía, vestida con un tutú blanco y zapatillas de punta. El Movistar Arena estalla. Emerge del interior de la caja como una bailarina de caja musical recién puesta en movimiento.
Con los ojos cerrados, casi en trance, queda sola en escena. No se mueve. Nadie se mueve. Entonces deja ver el micrófono que escondía detrás de la espalda y empieza a cantar, con la voz arropada por las cuerdas de la orquesta. “Quién pudiera vivir, entre los dos. / Primero amar el mundo y luego amar a Dios”.
Son los primeros versos de “Sexo, Violencia, Llantas”, la canción que abre LUX, el disco más ambicioso de su carrera. Atrás quedó el reggaetón experimental y minimalista de Motomami (2022). En su lugar ofrece una obra de carácter orquestal, atravesada por la espiritualidad y concebida para desplegar toda su dimensión sobre el escenario.
Las letras se proyectan sobre la escenografía como sobretítulos de una ópera. Tiene sentido. Cuando canta en español funcionan como una invitación al canto colectivo. Pero LUX también es un viaje por 14 idiomas. A lo largo del concierto, Rosalía canta en japonés, árabe, italiano y latín, con la musicalidad de las palabras como hilo conductor.
El espectáculo, que roza las dos horas, está dividido en cuatro actos y un intermedio. El primero se concentra en LUX y reúne los arreglos orquestales y las acrobacias vocales más elaborados de la noche. En “Reliquia”, la segunda canción del repertorio, la española resume el espíritu del disco. “Mi corazón nunca ha sido mío. / Yo siempre lo doy. / Coge un trozo de mí, quédatelo pa’ cuando no esté. / Seré tu reliquia”, canta con una entrega que parece desarmarla por completo.
La canción, además, tiene un peso especial en estas tierras. Cuando enumera distintas ciudades, el Movistar Arena ruge al escuchar “El cielo nació en Buenos Aires”. Apenas termina, ocurre el primer momento realmente espontáneo de la noche. Justo antes de que empiece “Porcelana”, un “olé, olé, olé, Rosi, Rosi” baja desde las tribunas y obliga a la orquesta a detenerse. La española sonríe, espera que el canto se apague y responde: “Son el mejor público del mundo mundial”.
La escena termina de borrar la controversia que había marcado la previa de su regreso a Buenos Aires. Días antes, Rosalía había quedado envuelta en críticas por compartir en sus redes un video de Mia Khalifa que ironizaba sobre la derrota argentina en la final del Mundial utilizando “La Perla” como banda sonora. La cantante aseguró que lo había republicado sin leer el mensaje, pidió disculpas tanto en redes como durante su primera función y, a esa altura, el Movistar Arena ya había dado su veredicto.
En la conmovedora “Mio Cristo Piange Diamanti”, inspirada en las arias italianas, despliega toda la amplitud de su registro vocal. Después llega “Berghain”, donde la contemplación deja paso a un estallido electrónico: un coro canta en alemán, los bajos golpean en el pecho y la voz grabada de Björk repite que la única forma de salvarse es a través de la intervención divina.
Ese es el primer gran quiebre de la noche.
Rosalía rompe el clima solemne con una sonrisa y una frase que resume el cambio de rumbo: “Yo sé que no has venido aquí solo para llorar; has venido también para rebotar ese culo”. Entonces la función cambia de piel. Suenan los primeros golpes de “Saoko” y el recogimiento de LUX cede el lugar a la energía transformadora de Motomami.
Ese equilibrio es una de las mayores virtudes del espectáculo. Rosalía no convierte LUX en un ejercicio solemne ni en una demostración de virtuosismo. Tampoco renuncia a la faceta que la convirtió en una de las mayores estrellas del pop contemporáneo. El recital alcanza su mejor versión cuando logra que esos dos mundos se entrelacen.
Entre una puesta de precisión milimétrica y una sucesión de visuales monumentales también hay espacio para el juego. La española se acerca al borde del escenario para leer carteles, conversar con el público y abrir el confesionario, una sección que suele dar lugar al momento más comentado de cada función.
Esta noche la elegida es La Joaqui. La cantante argentina aprovecha el espacio para hablar sobre su reciente separación de Luck Ra y el fragmento empieza a circular de inmediato por las redes. Minutos después llega otra pausa lúdica. En lugar de una kiss-cam, propone una art-cam y pide que el público recree poses inspiradas en pinturas clásicas. El resultado despierta carcajadas antes de que la música vuelva a ocupar el protagonismo.
LA JOAQUI HABLA SOBRE SU SEPARACIÓN CON LUCK RA EN EL CONFESIONARIO DE ROSALIA EN BUENOS AIRES
— aspid (@aspidzone) August 5, 2026
“Llevo toda mi vida recogiendo perlas, desde chiquita, cada abandono, cada vez que me atacaron y no me defendí, pero hace poco conseguí una perla muy pesada, y no la pude sostener.…
Entonces Rosalía baja del escenario y atraviesa el campo cantando “Dios es un stalker”. A cada paso cede el micrófono a los fans, que completan los versos mientras estiran los brazos para conseguir una selfie. Cuando llega hasta la plataforma de la orquesta se coloca junto a la directora y entona “La rumba del perdón”, un regreso íntimo a su formación flamenca. La calma dura poco. Una cámara suspendida dentro de una caja desciende sobre el público y, al ritmo de “CUUUUuuuuuute”, el Movistar Arena vuelve a convertirse en una fiesta. El chelista lo había anticipado desde el comienzo: basta un gesto para que el público argentino responda.
Para el final reserva dos de las escenas más impactantes de la noche. En “Focu ’Ranni”, mientras canta “Seré mía y de mi libertad”, cruza el escenario con unas enormes alas de ángel y asciende tambaleándose por la escalera blanca hasta quedar suspendida frente a la luna. Un instante después se deja caer al vacío. La imagen dura apenas unos segundos, pero parece detener el tiempo. Para el único bis regresa con “Magnolias”, una delicada elegía que transforma la muerte en una despedida serena. Canta con lágrimas en los ojos y, poco a poco, retrocede hacia la luz que la espera al fondo del escenario.
Cuando desaparece, el telón se cierra. El Movistar Arena queda inmóvil. Nadie habla. Nadie quiere romper el hechizo.