Fito Páez sabe exactamente qué necesita de su público. Así como sobre el final de “Hazte fama” se da vuelta para dirigir a su banda de ocho músicos y empujar la canción hacia un clima casi orquestal, hace lo mismo con las miles de personas que este viernes agotaron el Antel Arena.
En “Y dale alegría a mi corazón” estira el estribillo final durante dos, tres, cuatro minutos. No quiere un coro tímido ni correcto: necesita desborde. Recorre el escenario de punta a punta, revolea los brazos con una sonrisa desafiante —como diciendo “que se pudra”— y vuelve a asumir el papel de director de orquesta, aunque ahora frente a una multitud.
La escena tarda en encenderse, pero cuando finalmente se concreta, el estadio entero canta una misma frase con la intensidad de un mantra colectivo. Sobre el cierre, en ese último “Y dale alegría a mi corazón, afuera se irán la pena y el dolor”, se borra —al menos por un rato— la distancia entre el artista y el público. Ahí se vislumbra el corazón del encuentro: celebrar el largo vínculo entre Páez y los uruguayos.
Esa confianza construida durante décadas también le permite medir hasta dónde puede llevar al público. Desde el arranque, con el estreno en vivo de “Shine” —la canción que da nombre a su próximo disco, que se publica el viernes que viene—, invita a todos a ponerse de pie mientras insiste con ese “shine” (“brillar”) del estribillo. Y el Arena responde. Más adelante, el propio Páez resumirá el clima del arranque con una frase simple y precisa: “Parecía una misa, che”.
Algo similar sucede en otros dos momentos clave del espectáculo Sale el Sol. Primero, cuando insiste en que se prendan todas las linternas de los celulares durante “Brillante sobre el mic”. “No arranco hasta que no estén todas, ¿qué se creen? ¿Que esto es una democracia?”, bromea, mientras el Antel Arena termina convertido en un mar de luces.
Después en “A rodar mi vida”, cuando la euforia explota: camisetas revoleándose en el aire, tribunas saltando, grupos de amigos haciendo pogo en el poco espacio libre entre los asientos y Páez arengando desde el escenario. “Quiero ver esos trapos”, pide.
Es la misma lógica que aplica con su banda cuando empuja a Juani Agüero hacia el solo filoso de “Ciudad de pobres corazones” o cuando le cede el centro de la escena a Emme Vitale en “El amor después del amor”. Fito tiene el instinto preciso para entender cuándo una canción todavía puede crecer un poco más. Y encuentra la forma de llevarla hasta ahí.
En su regreso a Montevideo luego de un año y medio —y al recinto que lo alojó tantas veces—, Páez no solo entrega un show musicalmente impecable: también construye un repertorio pensado para distintas generaciones y sensibilidades.
La primera mitad del espectáculo rescata varias joyas de los ochenta, como “Nunca podrán sacarme mi amor”, “Fuga en tabú” y “Lejos de Berlín”. Entre medio aparecen canciones como “Tu vida mi vida”, que hacen al público acompañar con palmas esa batería tan Charly García en tiempos de Clics modernos.
Más adelante desata la furia rockera de la demoledora “Tráfico por Katmandú” en versión del disco EADDA9223 y consigue uno de los primeros grandes coros de la noche con “11 y 6”, en una de las mejores interpretaciones que presentó en Montevideo en años.
Luego de “Hazte fama”, aquella canción de Tercer mundo (1990) donde ironiza sobre los rumores más crueles alrededor de su intimidad, llega el segmento más íntimo de la noche del viernes.
Fito se desprende de su banda —incluida la sección de vientos que reclutó para la gira de los 30 años de El amor después del amor— y queda solo frente al piano. Desde ahí encadena varias canciones casi sin pausa.
Arranca con una bellísima versión de “Malísimo”, de Ruben Rada —su eterno compinche, con quien cenó la noche anterior—, estira ese estribillo venenoso hasta volverlo dulce, casi amable, y desde ahí cae en “Eso que llevas ahí”, donde entrega una de sus máximas: “Lo importante es amar, / Tan inmenso es el abismo, / Lo importante es desear, / Y no ser un muerto vivo”.
Luego le llega el turno a “Al lado del camino”, uno de esos clásicos que nunca faltan en sus conciertos y que, en esta versión despojada, adquiere una dimensión que trasciende a la música.
La canción fue publicada hace casi 30 años, pero todavía suena tan urgente como “Shine”. El público celebra frases como “Ya no pertenezco a ningún ‘ismo’, me considero vivo y enterrado” o “No vine a divertir a tu familia”, aunque lo que realmente atraviesa la interpretación es otra cosa: la sensación de estar frente a un artista que todavía se anima a revisarse en público.
Por eso cobra otro peso una frase como “Me gusta abrir los ojos y estar vivo”. Sobre esa idea parece construirse Shine, su inminente nuevo disco, que —según contó días atrás— nació a partir del accidente doméstico que sufrió en 2024 y que le provocó la fractura de nueve costillas. “Cuando estás por morir, el único lugar que te queda es renacer”, dice en el imperdible corto Todos los Fitos.
El segmento de piano solo se completa con “La buena estrella”, que enlaza con “Y dale alegría a mi corazón”. Para entonces la banda ya volvió al escenario, aunque los coros siguen quedando en manos de todo un Antel Arena dirigido e incentivado por Páez.
A partir de ahí, el recital entra en una seguidilla demoledora: “Tumbas de la gloria”, “Gente sin swing”, “La rueda mágica”, “Circo Beat”, “El amor después del amor”, “Brillante sobre el mic”, “A rodar mi vida” y una abrasiva “Ciudad de pobres corazones”.
Entre los rescates aparece “Gente sin swing”, que empieza contenida y termina convertida en un funk desatado y bailable. Ya sobre el final, Páez agradece la entrega del público montevideano y deja una definición que termina funcionando como síntesis de la noche: “swing, silencio y amor”.
Antes de la infaltable “Mariposa Tecknicolor”, el bis comienza con “Sale el sol”, la canción de Novela que da nombre a esta gira. En ese tema luminoso, de pulso beatle, Páez canta una frase que parece resumir buena parte del recital: “En el árbol de la vida hay una sola verdad, / Que todo se destruye y se vuelve a armar”.