Chango Spasiuk: "Mi búsqueda es la del respeto por la diversidad y me nutro de ella"

Chango Spasiuk. Foto: Ignacio Arnedo.

ENTREVISTA 

Antes del recital que ofrecerá el sábado en el Auditorio Nacional del Sodre, el músico argentino dialogó con El País y repasó sus 30 años de carrera

Cuando habla de su relación con Uruguay, el acordeonista Chango Spasiuk se sincera. “Es increíble que estemos tan cerca y que nos visitemos tan poco. Y no es por falta de interés, pero no sé por qué cuesta tanto sincronizarnos”, admite. “Por eso, cuando se da y aparece la producción local, me agarra una adrenalina y una alegría tan grande que enseguida empiezo a armar el concierto en mi cabeza”.

Y, en diálogo telefónico con El País, adelanta varios detalles de su regreso a los escenarios locales. Dice, con la cadencia relajada y un acento forjado en la provincia de Misiones, que en el Auditorio Nacional del Sodre —donde actuará este sábado— la obra de leyendas como Astor Piazzolla, Luis Alberto Spinetta y Alfredo Zitarrosa dialogarán con su mirada contemporánea de la música.

Por supuesto, también habrá espacio para sus composiciones, que define como las de un artista que “todavía” no está en “el descanso del guerrero”;sino que sigue “totalmente activo” en su “proceso creativo”.

Su último concierto en Montevideo se celebró en 2018, cuando llegó a la Sala Zitarrosa con Otras músicas, un álbum que recopilaba las canciones que escribió para bandas sonoras de películas, documentales, cortometrajes, televisión y teatro. “Todavía recuerdo mucho ese concierto y la relación con la gente. Me pone contento volver a visitarlos”.

En esta ocasión, su reencuentro con el público uruguayo cargará con una energía aún más especial. Es que Spasiuk celebrará sus 30 años de carrera con la propuesta con la que viene girando por varias ciudades argentinas.

Y en su concierto del Sodre usará su primer acordeón, ese que le regaló su padre cuando tenía 10 años y que recuperó hace 15. “Lo había vendido para comprarme un segundo acordeón y cuando volvió a mí recién lo toqué en un recital que hice en el Teatro Ópera de Buenos Aires. Ahora lo voy a llevar a Uruguay, como para decir: ‘Acá es donde empezó todo’”.

Antes del recital para el que se venden entradas en Tickantel —con un precio único de 1400 pesos—, Spasiuk dialogó con El País.

—En el Auditorio del Sodre vas a usar tu primer acordeón. ¿Qué te produjo el reencuentro con aquel instrumento?

—Cuando apareció estaba destruido, pero todavía tenía unas cintas pegadas de cuando yo era niño. En ese momento yo tenía 10 años y ahora tengo casi 54; o sea que han pasado casi 44 años de esa época. Lo que me pasa es que cuando toco música es que, de alguna manera, el tiempo es algo que deja de estar atrás o adelante. El concepto lineal del tiempo desaparece y ya no hay madurez ni niñez;solamente está el ahora. Y cuando toco ese acordeón me siento como si estuviese en el patio de la casa de mis padres, tocando descalzo. El escenario deja de importar.

—Cuando escucho tu música, tengo la sensación de que tu intención es la de rescatar, revalorizar y reimaginar tus raíces. El ejemplo más claro es el de Polcas de mi tierra, donde te sumergís en la música traída por los inmigrantes ucranianos a Misiones. ¿Estás de acuerdo?

—Sí. Mi búsqueda es la del respeto por la diversidad y me nutro de ella. Yo nací en un contexto asociado a eso porque la provincia de Misiones es un territorio donde convergen tantas culturas e influencias:el sur de Brasil, Paraguay, el río Uruguay y Paraná, y la inmigración polaca y ucraniana. Es un contexto cultural sumamente complejo y diverso, y el chamamé es mi color sonoro dominante. Esa es mi música y, aunque me muevo hacia otros terrenos estéticos, siempre vuelvo al centro de gravedad que es el acordeón y la tradición de esa música rural.

—Al repasar tu discografía, siento que fue con Tarefero de mis pagos, de 2004, donde terminaste de delinear el lenguaje musical que te acompaña hasta hoy. ¿Qué representa ese disco en tu carrera?

—Es verdad, porque es a partir de ese disco donde comienza mi sonido. Fue como que a partir de ahí encontré una síntesis estética que imaginaba desde hace tiempo pero que, antes, a la hora de concretarla no me gustaba. Con Tarefero de mis pagos encontré ese sonido camarístico que definió el resto de mis trabajos.

—¿Qué lograste transmitir con ese disco para que se pudiera diferenciar de los anteriores?

—Yo creo que el proceso estaba y que me encontraba en el camino correcto, pero ese disco aceleró el proceso. Todo se debe a las giras europeas que hice entre finales de los 90 y principios de los 2000, porque verte a la distancia y poder resignificar algunos elementos es como volver a la casa de mi padre donde empecé a tocar el acordeón. Recuerdo cuando tuve mi primera reunión con el productor inglés Ben Mandelson, que me planteó esta pregunta:“¿Qué tiene usted para decir en un contexto mundial en el que todos tienen algo para contar?” Eso fue muy importante para mí, porque me interpeló y me puso entre la espada y la pared. No es que cambié mi búsqueda, solo fui más hasta el hueso donde estaba parado.

—¿Qué te interesa contar con tu música hoy?

—Es bastante difícil contestar esa pregunta porque todo se resume a lo que dice Atahualpa Yupanqui: “No comprendo mi r rodar en el mundo si no he de hallar la sombra que mi corazón ansía”. Todo se resume a construir un espacio con el cual uno pueda llegar a ese estado del corazón. Y eso no tiene nada que ver con la música tradicional, con la juventud o la vejez, o con ser intelectual o no;tiene que ver con la sensibilidad y la visión que tenemos de la belleza para alcanzar ese estado del corazón, que ni siquiera es entretenimiento; es otra cosa. Es algo que uno busca porque necesita ese alimento que va más allá del oficio y del montón de cosas que uno pone en juego cuando quiere dedicarse a ser artista. Es una búsqueda que no se puede explicar ni transferir conceptualmente, pero es la que te sostiene en este largo camino. Lo que sí sé es que el arte es una herramienta para construir un espacio en el que todos estamos atravesados por algo, y que tenemos que perder esa idea de que el músico da de comer a la gente algo que todo el mundo necesita y que solo él tiene. Es un gran error, porque el más necesitado es el artista, que es quien tiene el rol de sincronizar con toda la comunidad con la que se encuentra.

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