MIGUEL CARBAJAL
No se suele conceder mucho espacio a las mujeres en la trayectoria de la pintura nacional. No porque no hayan existido, sino porque por ahí fueron opacadas por los colegas masculinos, o no alcanzaron su desarrollo o su calidad. O por prejuicio.
Así son las cosas; sin embargo tres mujeres (por lo menos) están en una primera fila del momento actual. María Freire, después de años de una batalla que parecía perdida, es hoy uno de los escasos maestros vivos. Otra plástica, Águeda Dicandro, no sólo ocupa un lugar descollante en la escultura: más que eso cuesta trabajo encontrar una figura de su talla. Una tercera mujer, Eva Olivetti, desde otro sitio y con otro perfil, se luce dentro del elenco intermedio todavía no bendecido por la estelaridad. Lo de la escasez femenina es una falsía, entonces.
Nace del protagonismo que tuvieron los hombres. Del puño que aprieta un mismo haz surgen Torres-García, Barradas y Figari como continuadores de los esplendores que cimentó Blanes. ¿Y las mujeres?, mientras tanto, ¿dónde están? No precisamente en su casa. Petrona Viera emerge trabajosamente del planismo hasta convertirse en su paradigma. También hay tacos altos, no demasiado porque la moda siempre tiene sus exigencias, entre los ambientes del Taller. Dos integrantes pertenecen a la familia, por vía directa o política. Amalia Nieto anda a la vuelta. Pero no se trata de hacer un conteo, aunque no se puede pasar por alto a Hilda López, a Lacy Duarte, la perturbadora Linda Kohen, Pilar González y los emergentes de las nuevas generaciones.
Eva Olivetti ha estado estos últimos días ocupando la planta baja del Cabildo con una retrospectiva que incluye pinturas, dibujos y cerámicas. Es una selección de varios de sus mejores trabajos. Pocas, como ella, han logrado captar el paisaje montevideano con la sensibilidad y la fragilidad que trasmite ella. Discípula del Taller, alumna directa de Gurvich, esta alemana que tuvo la fortuna de abandonar Europa en las vísperas mismas de la última gran confrontación bélica, es un personaje en sí misma y una pintora de excepción.
Décadas después de arribar a Montevideo, conserva algo del acento original, mantiene la gracia de un peinado con cerquillo que ha mutado de color sin arruinar su estilo, es una adicta de cuanto acontecimiento cultural existe en el país. Los años no han amainado sus fervores artísticos. Lo único que ha eliminado son sus baños en Playa Ramírez. Se habla de su riqueza expresiva. También se anota su paleta baja. Es una minimalista en largos trechos. A veces acude al frot-tage. Otras, la mayoría, maneja el pincel o la espátula con una delicadeza que no llega nunca a lo camp. Lo que logra son climas transparentes, sugestivos, siempre esenciales, a veces vaporosos, sin perder nunca la temperatura. Y la pasión por la naturaleza. Varios de sus árboles son de antología, radiografías de los árboles reales, de un refinadísimo esteticismo.