A primera vista, este estreno japonés provoca el desconcierto. El programa mensual de Cinemateca Uruguaya y la cartelera del diario escriben el título como Oodishon, quizás con respeto al original japonés, pero con ánimo de incorporarlo a la nómina de nombres difíciles como Koyaanisqatsi (1983) y Powaqqatsi (1988), dos documentales de Godfrey Reggio sobre los indios Hopi de Arizona, Estados Unidos. Habría sido más sencillo fiarse de la película misma, donde un subtítulo inicial no dice Oodishon sino Audition. Se trata de la entrevista habitual que un productor de espectáculos realiza con varias candidatas a un puesto de actriz o cantante. Eso tiene precedentes musicales y cinematográficos, como la serie Fama y como el Concurso del checo Milos Forman (1963), que era tan auténtico como divertido.
En el caso japonés, es un director de cine quien examina a las candidatas y se entusiasma con la joven bella, tímida e inocente, porque le recuerda a su difunta esposa. Entonces el programa de Cinemateca encuentra otro símil cinematográfico. Sugiere que el tema japonés tiene un esquema similar al de Hugo del Carril buscando a Laura Hidalgo, que se parece a Laura Hidalgo (Más allá del olvido, 1956) o al de James Stewart cuando halla por segunda vez a Kim Novak y no sabe si esa es la primera vez que ve a Kim Novak (Vértigo, 1958).
Pero si alguien adivina aquí el comienzo de un romance teñido de nostalgias y esperanzas, pronto la película lo bajará a mundos más sórdidos. La chica empieza por desaparecer sin dejar pistas, lo cual obliga a buscarla por los rincones de Tokio. Y cuando aparece, deja de ser inocente y tímida. Aparece la gran vengadora feminista, que toma su revancha contra los hombres que la maltrataron y la violaron, introduciéndole objetos puntiagudos con claro sadismo. La maldad masculina está personificada en un tío muy feo, pero la protagonista tampoco perdona a los productores de películas y videos, porque es bien sabido que hacen audiciones para chicas bonitas a fin de llevarlas a la cama. La venganza femenina deriva a veinte minutos finales donde la jovenzuela antes tímida es autora de horribles torturas, que aplica y explica con visible entusiasmo. Hay inyecciones con sustancias extrañas, agujas pinchadas en los ojos, mutilación de dedos y piernas, todo ello tan explícito que algunos espectadores (no japoneses) decidieron retirarse de la sala de Cinemateca 18 y correr el otro riesgo de bajar sus escaleras en la oscuridad. Los realizadores parecen haber visto mucho cine, con mención ocasional de Katharine Hepburn en un diálogo, pero no se enteraron de que es más eficaz sugerir emociones que gritarlas.
Puede generar gran alarma el dato de que el director Takashi Miike represente al nuevo cine japonés. De acuerdo a reseñas inglesas, su película inmediata, La felicidad de los Katakuri, comienza con un suicidio y el entierro del cuerpo en el jardín. La siguiente se titula Ichi el asesino, donde el protagonista debe exterminar a una banda rival, con una culminación donde muere casi todo el elenco, como en el final de Hamlet pero con sangre. Ese repertorio es adecuado para la TV, junto a tantos balazos norteamericanos, pero debe ser programado en horario de protección al mayor.