EL PRECIO DE LA CODICIA
Ficha
Estados Unidos 2011. Título original: Margin Call. Director y guionista: J. C. Chandor. Productores: Sean Akers, Robert Ogden, Michel Benaroya, Joshua Blum. Fotografía: Frank G. DeMarco. Montaje: Pete Beaudreau. Diseño de producción: John Paino. Elenco: Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Zachary Quinto, Penn Badgley, Simon Baker, Mary McDonnell, Demi Moore, Stanley Tucci.
Ver esta película es como asistir a una operación quirúrgica, aunque allí no se interviene un cuerpo sino las cuentas de una empresa financiera. Radicada en Nueva York, esa firma maniobra con la compra y venta de hipotecas, una actividad que tuvo su apogeo bursátil hasta que se hundió en el fatídico 2008. Como si empuñara el filo de un bisturí, el libretista y director J.C. Chandor (que debuta en el largometraje) se abre paso en el tejido de esa especulación, mientras varios empleados de la empresa descubren anomalías en las cuentas internas, que juegan con enormes cantidades de dinero y estarían disimulando la ruina del negocio. La emergencia obliga a convocar de urgencia a los directivos para adoptar decisiones que también se parecen a una cirugía profunda, mientras la situación bordea el cataclismo.
Como se sabe, este caso ficticio tiene similitudes con la realidad de una crisis desencadenada por la bancarrota de Lehman Brothers y alimentada por estafas colosales como la de Bernard Madoff, en medio de la cual el desplome de las hipotecas subprime arruinó a agentes financieros y bancos, pero también a sus deudores, diez millones de los cuales perdieron su vivienda. Es igualmente notoria la consecuencia mundial que ha tenido ese terremoto monetario, extendiéndose desde Estados Unidos hacia Europa y Japón, con lo cual la sigilosa corrupción que describe la película cobra otra magnitud al traslucir esa referencia tan reciente y otra veracidad ante la cercanía de la fuente que la inspira.
Con calculada precisión, el relato se interna paso a paso en ese escándalo, sin ningún dato superfluo que lo distraiga ni anécdota secundaria que disperse la tensión. El proceso va acumulando su carga como si las imágenes duplicaran la creciente alarma que corre por dentro de los personajes, en un ejemplo de concentración dramática que sube hacia el estallido final, condimentada por las notas de disimulo, cinismo, voracidad económica y trato despiadado con que se manejan esas fieras de las finanzas. Para insinuar el salvajismo de su clima, la película comienza con la llegada a la oficina de una delegación encargada de despedir a numerosos empleados. Esa atmósfera inicial marca los códigos que dominarán el resto del asunto, donde no sólo se respira la quiebra de un capital sino la de todo valor moral, todo residuo de solidaridad laboral, todo apego por la verdad y todo amparo afectivo.
Para sugerir sin embargo que algún margen humanitario sobrevive, el relato se cierra con una solitaria nota de emoción, que funciona como el reverso del elegante infierno de los números y de la ferocidad de quienes lo habitan. En esos últimos minutos uno de los ejecutivos de la empresa cava la fosa para una perra que amaba y que acaba de morir. Los golpes de la pala en la tierra, con cuyo persistente sonido termina la película, no sólo conmueven finalmente la frialdad casi asesina de ese mundo, sino que se prolongan como una metáfora de las conciencias enterradas en Wall Street, esa calle de Manhattan que de manera nada casual termina en un cementerio.
Una película que se limita a examinar un colapso empresarial con pormenores de cifras, secretos y complicidades bastante herméticas, puede resultar tan seca como el ambiente que ilustra, sobre todo cuando está narrada con la asepsia y el metódico rigor que recorren ésta. El público debe saberlo por adelantado, porque ciertas purezas de enfoque tienen su precio en el grado de atención que exigen a la platea, sobre todo en una época donde el cine está habitualmente confiado a la amenidad fácil y a la sencillez de las intrigas. Aquí hay en cambio complejidades y arideces que son un desafío para el espectador, aunque bajo ese manto palpita un tema que ha sacudido al mundo, poblado en el caso por un elenco soberano donde Demi Moore es la única -y perversa- presencia femenina, entre hombres de talento muy bien elegidos para cada papel, desde Stanley Tucci, Paul Bettany o el señorial Jeremy Irons, hasta la maravillosa ductilidad con que Kevin Spacey compone a un financista veterano, nada dócil y muy agudo, que en más de un sentido se convertirá en sepulturero.