CARLOS REYES
En 1936 Montevideo contaba con seis millones de espectadores que se repartían entre los 77 cines de la capital. Diez años después, la cifra había saltado al doble, y en 1953 se elevaba a 19 millones, mientras el número de salas superaba la centena. Esa tremenda escalada cinematográfica, que dejaba atrás al fútbol y al teatro, se inscribe en un fenómeno que tiene que ver tanto con la madurez de la industria cinematográfica a nivel mundial como con su fuerte presencia en Uruguay. A estudiar la distribución y recepción del séptimo arte a nivel local se abocó de lleno Osvaldo Saratsola (1943—2003), cuyo libro de publicación póstuma, Función completa, por favor. Un siglo de cine en Montevideo, es lo más completo que hay en la materia.
Para organizar tan variado material, el autor arranca por la figura de Bernardo Glucksmann, magnate de la distribución a partir de los años ’20. Luego aborda las empresas que integraban la competencia, para pasar a aspectos más específicos: la llegada del cine sonoro, los cines de barrio, la lucha contra la televisión y la arquitectura de las grandes salas. Cierra el volumen una puntillosa bibliografía que remite al lector a un mar de lecturas complementarias.
MAS QUE EDIFICIOS. Una de las mayores impresiones que recibe el lector de este trabajo es la magnitud que alcanzó el negocio del cine en este país. Sus salas construidas a todo lujo, por ejemplo, dan cuenta del esplendor estético y financiero que se desarrolló en torno a esa industria. Un par de datos hablan solos: el cine Metro (San José 1211), inaugurado en 1936, disponía de más de mil cómodas butacas de cuero granate oscuro, haciendo juego con el decorado. El Censa (18 de Julio 1710), con un hall de 314 metros cuadrados, tenía 20 hojas de puertas frontales y 14 laterales.
Junto a la descripción detallada de aquellos palacios del espectáculo, destaca la historia de la propia exhibición cinematográfica, sus logros, fracasos y rivalidades. Los mecanismos de distribución de las películas, los títulos más taquilleros, los episodios de censura y los avances tecnológicos, entre otros asuntos, son expuestos de modo ameno en este libro que se puede leer de un tirón, o consultar como material de referencia.
Pero más allá de los grandes cines y sus éxitos de taquilla, el volumen (editado por Trilce) exhuma anécdotas, situaciones atípicas e incidentes vinculados al público cinematográfico. Y para los que gustan de la historia de la vida cotidiana, ese es otro de los aspectos novedosos de esta publicación, donde salen a la luz datos y curiosidades que transportan al lector al Uruguay de otros tiempos.
Por ejemplo: en Gabriel Pereira 2784, entre los años 1915 y 1940 funcionó el cine Latino, famoso también por sus bailes de carnaval. Allí trabajó como boletero Pintín Castellanos, mientras el encargado de repartir los programas era Juan Alberto Schiaffino. El majestuoso Radio City —en Gutiérrez Ruiz 1269— alternaba hacia los años ’30 la exhibición cinematográfica con los espectáculos en vivo, contando entre sus artistas invitados con las hermanas Aurora y Carmen Miranda.
Más datos curiosos: el Metro tuvo cinco localidades especiales que nunca se vendían, pues estaban destinadas al Presidente de la República. La sala contaba con un reparto de entradas a domicilio, y en los intervalos, el personal, impecablemente uniformado en London París, recorría los halls ofreciendo agua helada en vasos descartables.
PORTERO Y BOXEADOR. Pero quizá sea en los disturbios e incidentes que se puede aquilatar el lugar que ocupó el cine —y las pasiones que despertó— en la cultura popular uruguaya, y de ahí que, como señala el autor, era frecuente que se contrataran boxeadores para la portería. El pugilista "Negro" Suárez, portero del Ateneo (Garibaldi 2035), cosechó prestigio de hombre implacable a la hora de imponer que los espectadores que llegaban en alpargatas debían ubicarse en la tertulia.
Pero aun contando con personal capacitado en disturbios, los líos muchas veces fueron incontrolables. La apertura del Trocadero, el 16 de enero de 1941, fue especialmente agitada, puesto que la caricatura que hacía Chaplin de Hitler en El gran dictador molestó a integrantes de la colectividad alemana, ocasionando incidentes que culminaron con 18 butacas destrozadas y la consecuente intervención policial.
La gran sala de 18 de Julio y Yaguarón volvió a sentir el peso de las pasiones políticas durante los festejos de la caída de Berlín, cuando sus vidrios fueron apedreados, hechos que se repitieron en 1948 cuando se proyectó el filme La cortina de hierro, que trataba sobre un funcionario soviético disidente. Bombas de alquitrán, apaleos y policías a caballo culminaron con pérdidas cuantiosas y un centenar de detenidos. La revuelta, que se cree fue organizada por el Partido Comunista, condujo al poeta Ricardo Paseyro ante la policía, donde declaró: "No sé nada. No intervine de ninguna manera. Me enteré del asunto cuando la mucama me trajo el desayuno a la cama al día siguiente".
De la ficha de cartón a la página web
Como señala Homero Alsina Thevenet en el prólogo de Función completa, por favor, Osvaldo Saratsola comenzó a edificar su archivo con fichas de cartón, donde meticulosamente anotaba datos y más datos. Su devoción por el cine, sin embargo, no estuvo reñida con la tecnología, por lo que con el paso del tiempo volcó buena parte de su archivo en un sitio web para que pueda ser consultado libremente. Se trata de www.uruguaytotal.com/ estrenos/index.html, donde el usuario puede encontrar, entre otros datos, los títulos locales de las películas extranjeras.
Esa iniciativa, que le valió en 2001 un premio especial de la Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay, se complementa con la publicación de este libro, cuyo título alude a la expresión que todo espectador dominical reclamaba ante la boletería, esto es, una entrada para cuatro películas, tres matinés y la última de la vermouth.
Nacido en Mercedes, este crítico de cine también dejó varios artículos sobre la actividad cinematográfica en Uruguay, entre los que sobresale su conferencia "Cine, radio, televisión en la vida cotidiana", dictada en la Universidad Católica en 2002, poco antes de fallecer.