Lo que el fuego se llevó

JORGE ABBONDANZA

Dentro de una semana se cumplirán 35 años del incendio del Estudio Auditorio del Sodre, viejo desastre que privó a esta ciudad de una sala con múltiples virtudes y utilidades que desde entonces no se ha podido (o no se ha querido) reconstruir. Como es notorio, ese teatro se había inaugurado bajo la gestión de una empresa privada y con el nombre de Urquiza en el remoto 1905, dándose el lujo de contratar para su apertura a una Sarah Bernhardt ya sexagenaria y renga, pero legendaria.

El recinto adquirió su otra denominación tres décadas más tarde al ser adquirido por el Estado y convertirse en sede del Sodre. Desde entonces y hasta que sucumbió bajo las llamas de septiembre de 1971, mantuvo una caudalosa actividad a nivel sinfónico, lírico, cinematográfico, teatral, camerístico y coreográfico. No había en Montevideo otro centro como ése.

En estos días se ha reavivado la esperanza de que culminen las obras de reconstrucción de Andes y Mercedes, como para disponer finalmente de la gran sala para 2.000 espectadores cuya obra ha demorado muchísimo más de lo admisible. En efecto, una intervención de Enrique Iglesias ante ciertos organismos españoles podría facilitar los fondos para financiar ese tramo final del emprendimiento, lo cual permitiría divisar en un futuro razonable la inauguración del nuevo complejo.

Con más impaciencia que este cronista deben contemplar esa eventualidad los miembros del Consejo Directivo del Sodre, un terceto integrado por gente prestigiosa y presidido por una eminente mujer de teatro que también ha sido hasta hoy una sagaz observadora de todo altibajo del medio cultural, incluidas las postergaciones del instituto que dirige.

Pero en los 35 años transcurridos desde el incendio, lo que debe denunciarse una vez más es lo que no se hizo. Para formular con la debida validez esa denuncia, es preciso ser un testigo viejo y memorioso, capaz de recordar el siniestro de 1971 con la claridad y el pesar que corresponden, pero también capaz de haber seguido atentamente unas cuantas etapas posteriores a través de gobiernos militares y civiles, irregulares e institucionales, interesados por la cultura o indiferentes ante ella. Del paso de esas tres décadas y media ha quedado un edificio incompleto, lo cual revela que la voluntad política aplicada a esa reconstrucción fue no sólo esporádica sino además insuficiente.

Los que han sobrevivido desde aquel día casi primaveral de 1971 han atravesado este compás de espera con la kilométrica tristeza del caso, comprobando que un país incapaz de recuperar una sala tan valiosa en menos de 35 años es también un país irresponsable ante sus compromisos artísticos. La demora que se contabiliza hoy desde este aniversario ha sido escandalosa, y el aplazamiento de lo que ya debería haberse completado hace años resulta por lo menos deprimente.

Pero el optimismo aconseja levantar ese ánimo y apostar a las posibilidades de inversión ya señaladas, ilusionándose con que la obra pueda completarse antes de que transcurran otros 35 años y antes de que pase a mejor vida el último de los testigos presenciales del incendio. Mientras tanto, en el recuerdo desfilan los espectáculos que pudieron disfrutarse en la vieja sala, porque la memoria es la única sustancia que el fuego no puede destruir.

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