Llanto por Aibo, Lucille y Carlitos

Rebar

Los fanáticos de Aibo están angustiados: la empresa que lo creó —la internacionalmente famosa Sony— acaba de denunciar que en marzo próximo dejará de fabricar a su popular mascota robot, que al insignificante precio de 1.700 dólares podría adquirirse en el mercado nipón como paso previo a la internación en un sanatorio psiquiátrico. Los compradores han llegado a sumar 150.000 (en Japón, esa cifra equivale a un uruguayo mutilado) desde 1990 hasta hoy: y ahora, los aspirantes a realizar tan rendidora inversión, antes de ver definitivamente frustrado ese propósito se disputarán lo que reste de stock para no morir sin cumplir ese sueño.

Aibo tiene el tamaño de un caniche: viene en modelos de color negro, blanco, marrón y gris, y se mueve con total autonomía, ofreciendo una divertida imagen que se expresa a través de una "increíble espontaneidad y una más increíble personalidad". Responde cuando lo llaman, y es tan inteligente que se hace el sordo cuando le conviene. Es simpático, pero si la cosa viene de enfadarse se enfurece, y es capaz de ladrarle al mismísimo emperador. Siente tristeza cuando algo no le sale bien: en algunos hospitales se le utiliza para sesiones de terapia... y es el único perro que levanta la pata sin que esa operación desemboque en un charquito. Aibo puede comprender cien palabras, y reconocer a tres personas. Suma virtudes, pues... y registra un solo defecto: no presta plata.

Quien también está desesperado porque le falta su can, es B.B. King, el hombre que le inventó el mango (mejor dicho, el dólar) al blues, interpretándolo como nadie (o como muy pocos) a escala mundial. La mascota es un ejemplar maltés negro de dos años y cinco kilos llamada Lucille (como la mística guitarra del amo) y desapareció hace tres semanas de su "residencia" en Los Angeles, sin dejar huellas secas ni húmedas. B.B. King agrega a la nostalgia de sus 80 años, la tristeza por la pérdida de su perra, y ofrece pagar con una guitarra autografiada a quien devuelva el animal al hogar. Ojalá tenga suerte: me alegraría por B.B. y por Lucille.

Había (¿50 años atrás, o más?) un cantor de tangos que usaba el seudónimo de "Delgar": verdadero acierto en la elección del apodo artístico, porque hacía todo al revés de Gardel. Cantando practicaba el terrorismo. Cada mediodía, salía a pasear a "Carlitos" —su perro así bautizado en homenaje a "El Mago" —y saludaba al vecindario al estilo de los cantores de los ‘30, sonriendo como para la tapa de "Cancionera". Una tarde, en su ausencia, los de la casa se descuidaron y "Carlitos" disparó para la calle. Allí encontró un trágico final. "Delgar" no tenía consuelo. Lloró como cuando su voz sepultaba a "La que murió en París". Un vecino comentaba con otro ese tremendo sufrimiento: y el tipo —ese típico gracioso que florece en los barrios— no pudo con el genio y acercó su frase:

—¡Y cómo no lo a a sentir al perro! Era su maestro de canto.

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