Entrevista
El periodista y columnista de El País habla de su último libro, "Tiempos de cambio", sobre las nuevas generaciones políticas pero también de cómo trabajan los periodistas hoy
El periodista Tomás Linn ha venido analizando la política uruguaya de los últimos 35 años. Lo hizo en la revista Búsqueda durante dos décadas y lo hace ahora en las páginas de opiniónde El País.
En ese tiempo, entre otras cosas, le aportó una frase al habla popular (“los nabos de siempre”, el título de su libro de 2004, referido a los que siempre cumplen con todas las normas en oposición a los que no lo hacen) y fue profesor de varias generaciones de los periodistas que hoy pueblan las redacciones. Fue profesor de Periodismo en la Universidad Católica durante 30 años, y en su bibliografía figura un Manual básico de periodismo.
Linn subtituló Tiempos de cambio (Planeta, 890 pesos), el libro que publicó en noviembre, como “Una nueva época y una nueva generación”. La era que se cierra es la que más ha analizado: todo lo que ha ocurrido desde el fin de la dictadura. Lo miró con independencia, buena prosa y severidad, tres atributos del buen analista.
Por eso, el libro puede ser leído como una suerte de manual de estos tiempos políticos de alguien que ha observado con detenimiento esos acontecimientos. El cambio generacional que analiza está iniciado por una suerte de coincidencias como el retiro de dos líderes, la muerte de otro y la llegada de Luis Lacalle Pou a la presidencia.
El surgimiento de nuevos actores, nuevas formas y hasta nuevos partidos políticos cambiaron así un mapa consolidado que marcó la vida política nacional.
Sobre el libro, esa nueva realidad y por qué la ética periodística puede confundirse con censura, El País charló con Tomás Linn.
—Empecemos hablando de periodismo. En estos días, a propósito de unos audios y su difusión, se ha estado hablando mucho de ética periodística, libertad de expresión y otros asuntos. ¿Cómo ve todo ese debate?
—En mis años de docencia fui muy cuidadoso con el uso del término “ética”: el periodista tiene que trabajar con rigor profesional. Y hay que tener cuidado porque muchas veces la palabra “ética” la impone gente que no está en el periodismo y que entiende por ético o no ético determinadas cosas. Y eso puede ser una forma indirecta de presionar y ejercer censura. Muchas veces en nuestra profesión nos vemos obligados a tomar decisiones sobre el momento y que quizás en una situación similar, pero no exacta, hubiéramos tomado una decisión distinta. No hay un manual que dice qué conductas tomar porque no hay situaciones concretas, sino que hay una difusión de situaciones que se podrían agrupar pero nunca son iguales. Y otra cosa con la que hay que tener cuidado y que hemos visto en estos días, es la discusión intraperiodistas: si determinado periodista en determinado programa estuvo bien o mal al dar información muy sensible. Esa es una discusión a la que se agrega otra sobre si esa difusión infringe una ley. Y hay una tercera discusión que es si se puede hacer un allanamiento para obligar al periodista a revelar sus fuentes. Son cosas distintas y a veces se confunden.
—Más allá de este hecho puntual, ¿cómo ve la práctica del periodismo?
—El periodismo, no solo en Uruguay sino a nivel mundial, se ha vuelto un poco perezoso. Como hay redes, como hay Twitter, hay un acceso inmediato a la noticia fácil a la que damos por sentada, sin chequear ni desconfiar. Estamos dando mucha cosa sin ir muy a fondo y ese es un problema. Pese a ello, el periodismo estuvo a la altura de las circunstancias cuando hubo que cubrir, sobre todo al arranque, todo el tema de la pandemia. El periodismo estaba informando sobre cosas que nadie sabía y que había que aclarar. Ahí cumplió un rol necesario. Y trabajando durante el aislamiento, remoto, con dificultades para acceder a las fuentes. Igual soy muy crítico de esa pereza: el Twitter ha sido un perversor del periodismo y hay que reaccionar contra eso.
—¿Por qué "Tiempos de cambio"?
—Todo empezó observando el fenómeno Lacalle Pou, que fue extraño porque en un principio uno no podía imaginar que pudiera llegar donde llegó. Sin embargo fue dando señales claras de cuál era su objetivo generando -no en Montevideo, quizás, pero sí en el interior-, un interés especial. Y a partir de ahí empecé a ver que él era la punta de un fenómeno mucho más amplio: el cambio de generación y toda una época que empezaba a cerrarse. Y no era el ciclo de 15 años del Frente Amplio, sino el que empezó con el retorno a la democracia y que generó toda una serie de líderes con un estilo y una modalidad propios.
—¿Y esta nueva generación qué trae?
—Empieza a percibirse un cambio en la manera de hacer política, en su retórica, en las propuestas. El comienzo de todo eso quizás haya sido Lacalle Pou, pero termina abarcando a todos los partidos. En el libro analizo las realidades del Partido Colorado, del Partido Nacional, del Frente Amplio y la incorporación sin aún saber a dónde va de Cabildo Abierto, pero también los cambios en la sociedad, en lo laboral, en lo productivo y en lo que llamo los cambios sociomorales. Todo eso empieza a concentrarse en este período.
—O sea, funciona como una especie de manual para entender estos tiempos...
—Lo que hago es un poco eso. Los hechos son los que todos leemos, lo que propongo es leerlos de otra manera.
—Ese cierre de época está señalado en el libro, también en la salida simultánea del Senado de Sanguinetti y Mujica...
1Es muy fuerte. Y además el último presidente termina su mandato, entrega su presidencia consignando la continuidad democrática y a los pocos meses se muere. Se fueron y hay que ocupar esos lugares. El partido blanco, quizás porque estuvo más tiempo en el llano encontró su figura y el equipo que lo rodea. El Partido Colorado parecía que tenía a alguien y lo perdió por el camino, y el Frente Amplio tiene toda aquella dirigencia en retirada, y aunque hay figuras hay que ver quién emerge como líder. Es un proceso interesantísimo.
—¿Qué vamos a echar de menos de esa generación?
-No sé. Uno a veces escucha a Sanguinetti o Lacalle Herrera y recuerda esa oratoria formidable, esas entrevistas donde hablaban de política, sociología, arte, literatura, religión. Eran como eruditos renacentistas y eso marcó esa consolidación democrática y todo eso formaba parte del quehacer político. Hoy lo que vemos es esa idea de Ortega y Gasset de “ir a las cosas”. Y eso se está viendo en el presidente —pero también en muchos intendentes, blancos y los frentistas- que no le da vueltas a las cosas, ve cuál es el problema y su solución. No hay esa gran retórica de una cosmovisión de cómo debe ser el país. Y eso es un cambio grande y me parece un cambio bienvenido.
—Lo que también ha cambiado es el vínculo entre la ciudadanía y la política con la irrupción, por ejemplo, de las redes sociales y el trato más directo con los actores políticos. ¿Cómo ve eso?
—omo principio, las redes sociales tendrían que tener grandes virtudes pero también traen esta discusión chapucera, grosera, agresiva que se esconde en el anonimato. Ha obligado a los políticos a ser más cuidadosos y transparentes. Hay un capítulo donde abordo ese tema y doy ejemplos de políticos que han quedado enredados en situaciones complicadas por no haberse dado cuenta que las redes pueden ser tanto un gran aliado como un gran enemigo. Van a jugar un rol, pero la ciudadanía democrática tiene que hacer un aprendizaje para permitir que las redes sean ese lugar donde discute con sus pares pero con otro respeto.