"Hace un año era totalmente inimaginable que algo mío esté publicado y que se venda en librerías. Es toda una sorpresa”, asegura Juan Andrés Acosta. Hasta hace poco, lo único disponible del autor de 50 años se encontraba en antologías de concursos de cuentos en los que había recibido menciones. Sin embargo, la historia cambió en abril cuando Estuario Editora lanzó Atahualpa, su novela debut, que había recibido el Premio Nacional de Literatura 2022 en la categoría de obras inéditas.
Presentada bajo el seudónimo “Sopa”, Acosta, que además trabaja como contador público y docente universitario, le dio forma a Atahualpa durante unas cuantas sesiones de escritura en los fines de semana. “Los sábados de noche me encerraba a escribir y me llevó bastante tiempo porque, en mi caso, la escritura tiene que ser muy paciente y larga”, relata. Inspirado en las anécdotas que su hija le contaba sobre sus viajes en una camioneta escolar, construyó una novela breve, sensible y atrapante.
Presentada como la bitácora de un hombre que maneja una camioneta escolar, Atahualpa —que cuesta 490 pesos y su nombre se inspira en el barrio donde transcurre el relato— describe todo lo que sucede durante sus viajes de ida y vuelta por siete casas. La historia se desarrolla durante un mes, el tiempo en el que el protagonista desempeña la tarea por falta de actividad en su verdadero trabajo: camionero.
“En un principio está planteado desde el punto de vista de alguien que viene a hacer una changa y que no le importa mucho ese trabajo, pero en ese mes se va involcurando, de a poco, con los niños”, explica. “La escritura es una forma de esquivar su soledad. Está atado a una rutina, y como no puede escapa de eso, lo que le queda es ir registrando los pequeños episodios que se dan con los niños, los comercios de la vuelta y otros personajes que van apareciendo”, dice. “De alguna manera va aumentando la intensidad de lo que se genera. Eso me entusiasmó mucho porque se va generando una bola de nieve”.
Acosta terminó Atahualpa hace dos años, pero la dejó guardada en un cajón. “Un par de amigos leyeron la novela y les gustó, hasta que mi hermano me sugirió que lo presentara al llamado del Premio Nacional de Literatura”, recuerda. “Lo mandé, pero en el medio tuve algunos inconvenientes de salud y me olvidé de la convocatoria. A final de año me avisaron que había ganado y no lo podía creer; fue algo totalmente nuevo para mí y me cambió un poco el esquema literario”, admite. “Estoy muy contento”.
—En Atahualpa, además de presentar las anotaciones diarias del conductor de la camioneta, elegiste el estilo minimalista y a la vez sugerente para describir todo lo que sucede a su alrededor. ¿Cómo surge el enfoque?
—Me gusta mucho escribir de esa manera, en el entendido de que el lector es una persona que puede imaginar mucho más que el que escribe. Por eso dejo ciertas pautas y detalles que dan lugar a que el lector vaya construyendo en su cabeza lo que sucede en la novela. Me gusta el estilo que tenía Hemingway en sus cuentos: el no decir demasiado y que, sin embargo, el lector piense que hay un escenario bastante más completo detrás de todo eso que se ve a través de una pequeña escena que puede dar lugar a realidades muy complejas. En definitiva, podemos pensar que además de la novela que se está contando hay otra por debajo, que no se ve, y que está librada a la interpretación del lector.
—Me interesó la preocupación del protagonista por quién espera a cada niño cuando vuelve a su hogar. Es más, eso lo lleva a recordar que nadie lo fue a esperar a la salida de su primer día de escuela. ¿De dónde surge ese miedo?
—Es una preocupación mía de la época preescolar. Siempre me preocupó muchísimo que nadie estuviera esperándome a la salida, y lo mantuve hasta los primeros años de escuela. Por suerte nunca me pasó, pero me interesa explorar esa sensación de incertidumbre y se lo trasladé al protagonista. Los primeros días de trabajo él nota que nadie espera a los niños y eso le molesta. A su vez, a pesar de que parece que no le importa ese trabajo, se preocupa por buscar siempre a los niños en hora. A todo el mundo le gusta que alguien lo espere, ¿no? Sobre todo en circunstancias en las donde esa espera puede marcar a alguien.
—Que la historia se desarrolle en una camioneta escolar le da una cercanía mayor a los niños que cuando están en clase. ¿Sentís que eso le aporta mayor profundidad a la vida de los personajes?
—Sí, porque los niños que van en la camioneta tienen datos que sus compañeros de clase no tienen:dónde viven, cómo es la casa, quién los espera... Todo eso les da mucha más información que pasar todo el día encerrado en un mismo salón. Yo partí de las cosas que mi hija me contaba sobre sus viajes en una camioneta escolar, y vi que muchas veces los niños no saben establecer diferencias entre lo que se habla dentro de su casa y lo que se puede decir afuera. Para ellos, en definitiva, todo es público.
—Queda claro con la xenofobia de uno de los niños: en realidad imita lo que escuchó en su núcleo familiar.
—Claro, lo toma como un axioma: como lo dice alguien que vive en casa, lo repito. Y eso no solo pasa en los niños, también se ve en edades más avanzadas. Quise aprovechar esa circunstancia para, de alguna manera, agregar elementos que son sumamente chocantes para el conductor.
—¿Qué te interesa de esa etapa de la niñez, en la que uno aprende a convivir con el otro, como para abordarla en Atahualpa?
—Más allá de que los niños vivan con sus padres o familiares, en el fondo viven momentos de mucha soledad y sienten que no se los escucha. Por eso, porque no tienen con quién hablar, generan los diálogos con el conductor que se ven en el libro. Hay una cierta indiferencia de parte de sus familiares o sus tutores a cargo que hace que se sientan así. Y esos elementos de soledad pueden influir en su vida como adolescentes o adultos. En definitiva, lo que me interesó explorar fue la soledad y la indiferencia hacia los niños.
—Es por eso que la figura del conductor, un hombre solitario y casi anónimo del que se conocen pocos detalles, se termina volviendo fundamental en la historia...
—Sí, porque, de alguna manera, termina reemplazando a los tutores y a los padres de los niños. Él considera detalles, les hace preguntas o tiene pequeños gestos que los niños tal vez nunca habían recibido de sus familiares.