Las máscaras de la comedia y la tragedia

Alguien ha dicho ya que acudir al estreno de un nuevo film de Woody Allen es como reencontrarse con un viejo amigo. Uno no espera grandes sorpresas ni revelaciones sensacionales, pero siempre es un placer verlo. Hoy comienza a exhibirse en Montevideo Melinda y Melinda, el penúltimo trabajo de Woody como libretista y director (esta vez no actúa), cuyo elenco integran Chiwetel Ejofor, Will Ferrell, Jonny Lee Miller, Radha Mitchell y otros. Incidentalmente, Woody ve en Ferrell una suerte de "álter ego" más joven: hace unos años, ha dicho, él hubiera acaso encarnado su personaje.

Melinda y Melinda proporciona los dos rostros de la ficción teatral: la tragedia y la comedia. Otra manera de explicarlo es decir que cuenta la misma historia de acuerdo al tono impuesto por las dos clásicas máscaras del mundo del espectáculo.

Cuatro amigos, dos de ellos escritores de teatro (un comediógrafo, un dramaturgo) charlan en un café mientras la lluvia azota las calles de Nueva York. Uno de ellos defiende el carácter esencialmente trágico de la vida, lo que explicaría la vocación de la gente por lo dramático. El otro sabe que el drama suele derivar en farsa, y reivindica a la comedia como el remedio contra el sufrimiento habitual de la existencia. Un tercero cuenta una historia que se convierte en el eje del film: una mujer irrumpe en una cena celebrada entre tres parejas, e induce a la confusión a los invitados. La historia de esa mujer, en dos versiones, es lo que se cuenta a lo largo de Melinda y Melinda, demostrando que casi todo tema puede ser contado de más de una manera, y que los destinos cómicos o dramáticos de los personajes están indisolublemente intercomunicados.

Parece haber bastante de Woody Allen en el film, y observadores internacionales han sostenido que se trataba de una recuperación del director después de algunas reiteraciones recientes (La mirada de los otros, La vida y todo lo demás). Al igual que en Broadway Danny Rose, Allen arma su historia en base a gente que la cuenta en un café, al tiempo que combina en una misma película las vetas cómica (Manhattan, Dos extraños amantes, Un misterioso asesinato en Manhattan) y dramática (Interiores, Septiembre, La otra mujer) que como su amado Ingmar Bergman ha cultivado por separado en otras zonas de su carrera. Ya se ha dicho que el film puede ser entendido como una antología de Woody, un resumen de los personajes, los recursos, los estereotipos y hasta los manierismos que el comediógrafo judeo-neoyorkino ha reiterado a lo largo de su carrera: el gusto por la broma intelectual, los mecanismos de la realidad y la ficción (La rosa púrpura del Cairo, Poderosa Afrodita, Los secretos de Harry), las dudas sobre la permanencia de los sentimientos humanos. Lo hace, según uno de sus exégetas, "exhibiendo nítidas virtudes de ritmo, humor y emoción", luego de las sospechas de agotamiento y disminución del rigor que pudieron despertar sus trabajos más recientes.

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