La orquesta Hallé dejó la maravilla de su leyenda

Concierto. De principio a fin fue un prodigio de sonoridad

 20080912 600x362

FERNANDO MANFREDI

La orquesta Hallé de Manchester se presentó en el Teatro Solís con la dirección de Mark Elder y la actuación como solista de la pianista rusa Polina Leschenko.

Mark Elder está orgulloso de esta orquesta y no es para menos. No es sólo tradición, nombradía, prestigio: es música viva por el lado donde se la escuche.

Si bien los uruguayos conocen buenas orquestas y en recordadas temporadas otros organismos del Reino Unido nos han visitado, nada se compara a lo que brinda esta orquesta. La precisión de su sonido, la flexibilidad con que sigue las mínimas indicaciones del director. El buen gusto y virtuosismo que demuestra, hacen que el espectador sienta que en realidad el director no dirige, sino que "toca" la orquesta, tal cual si fuera un instrumento.

Con autoridad, desde la primera obra (el poema sinfónico Don Juan de Richard Strauss) la Hallé de Manchester salió dispuesta a demostrar que lo suyo es algo más que gloriosos pasados. La orquesta más antigua de Inglaterra, tiene una sección de metales de sonido neto vibrante, impactante y sin claudicaciones. Ello provoca una sensación de gran poder sugestivo.

Pero lejos de manejar magistralmente ese tono brillante, esta increíble orquesta puede incursionar en los matices de un pianissimo con idéntica eficiencia. Cada pieza (músico) encaja a la perfección y contribuye a traducir las sutilezas de una partitura. Pero por este mecanismo de relojería, corre una savia vital, que da forma plástica a cada obra.

Antes del intervalo, la rusa Polina Leschenko, abordó el concierto de Liszt con apabullante perfección. La endiabladas progresiones del genial húngaro, no representaron ninguna dificultad para esta joven que posee una técnica envidiable que hace parecer lo difícil, tremendamente fácil. Aunque este "concierto" adolece de muchos defectos propios de un virtuoso que manejaba más su instrumento individualmente que la masa orquestal. La lectura fue inobjetable, sin apresuramiento, en el tiempo justo y con el carácter que define el estilo de Liszt.

La pianista ofreció como bis una inédita versión de Alegrías y penas de amor de Fritz Kreisler, una suerte de fantasía al estilo de Liszt, lo que combinó muy bien y permitió el lucimiento de la solista.

La segunda parte y luego de un bellísimo Idilio de Sigfrido de Wagner, Elder se dirigió al público, primero en un dificultoso pero entendible español y luego en un inglés que fue muy claro de entender. Lo hizo para presentar las magníficas Variaciones enigma de Elgar. No es extraño que el director haga esto. Su estilo carismático es proverbial y además forma parte de una actitud que gana terreno en la música culta: una explicación sucinta que comprometa al oyente con lo que vendrá y predisponga la atención. Pero una obra de la calidad de la de Elgar, decididamente "se vende sola". Por lejos, este juego musical, donde en cada una de las 14 variaciones se retrata a un personaje del entorno afectivo del compositor, es un ejemplo de inventiva armónica y tonal. Creación auténtica, sin impostaciones muestra la calidad de esta gran figura de la música británica.

Es imposible soslayar sí que la perniciosa costumbre de aplaudir antes que una obra concluya, generó un primer momento de rispidez entre el director y el público. El clima de Don Juan fue quebrado por los practicantes de la "palma fácil" y Elder demostró con sus gestos su incomodidad.

Afortunadamente el desarrollo del concierto fue tan feliz, que pronto disipó esa negra nube. Al final y como agradecimiento al público, la orquesta británica interpretó Froissart de Elgar y, de sorpresa, "una obra de un compositor conocido" según bromeara el director. Esa pieza fue nada menos que la Obertura para los maestros cantores de Núremberg de Wagner, en una interpretación a la que sólo le faltaron los personajes de la ópera para que la fiesta fuera completa. Fue de lo mejor de la temporada.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar