Hugo Garcia Robles
En la historia de la música el sonido de la voz humana ha sido fundador. Aunque los instrumentos llegaron en su momento, como herederos y sucedáneos a la vez, el portento de la voz no se ha apagado y vive, a veces sin soporte instrumental, a veces en la polifonía puramente vocal o en el reducto íntimo del canto de cámara. Todo ello sin perder de vista que en el mundo desarrollado, la acción de cantar está implícita en la educación elemental. Alemania e Inglaterra son buenos ejemplos de esta sabia política cultural que rinde sus frutos más allá de lo estrictamente artístico, como fortalecimiento de la conciencia nacional, entre otras consecuencias anexas.
Días pasados, en el Espacio Cultural La Spezia, la soprano uruguaya Amalia Laborde, acompañada al piano por Ani Alvarez Badano, desplegó sus dotes vocales. Amalia Laborde vive desde el año 2000 en Munich. Ha sido discípula de la recordada Alba Tonelli, luego becada por el Centro Cultural de Música estudió con Regine Crespin en París. En la actualidad, su residencia alemana la pone en contacto con los grandes maestros en cursos de perfeccionamiento, entre los que es imprescindible mencionar a Dietrich Fischer Dieskau y Brigitte Fassbaender.
El programa del concierto se inició con la cantata de Haydn Ariana en Naxos y en la segunda parte incluyó una serie de obras de Mozart, básicamente arias de sus óperas en un despliegue temporal que mostró el genio del maestro de Salzburgo desde sus diez años de edad.
El recital estuvo a una altura de excepcional calidad. Amalia Laborde no solamente posee una voz de gran caudal, timbre parejo en todos los tramos de su amplio registro, técnica vocal irreprochable en la respiración y demás recursos que brillaron en sus impresionantes "filados". Al mismo tiempo, es dueña de una capacidad expresiva manifiesta, intensa que en los momentos en que se hizo necesario, impuso en la sala el soplo de la pasión controlada. La pianista acompañante, perfectamente acordada en su misión, complementó una experiencia musical sin tropiezos.
La reflexión complementaria que sería sensato asomar es la feliz circunstancia del talento nacional desplegado en artistas que mantienen a pesar de su éxito en tierras distantes, el vínculo con el terruño. No es una mera anotación patriótica. Ese lazo es el que nos permite, de tanto en tanto, asomarnos al escenario internacional contra los obstáculos monetarios que han puesto remotamente lejos a los grandes nombres. Al mismo tiempo, es preciso felicitar a emprendimientos privados como el del Espacio Cultural La Spezia que, al igual que otros, saben restañar las carencias que la actividad oficial posee desde hace tiempo.
En el orden del canto, la soprano Amalia Laborde deja en los numerosos aficionados presentes en su recital, la ambición de escucharla en el ámbito de los maestros del lied romántico alemán. Su relación, como oyente de las clases magistrales de Fischer Dieskau, con la mejor escuela alemana hace que se la imagine como intérprete capaz de poner su temperamento y recursos vocales en obras como Amor y vida de una mujer de Schumann.
En el marco de las dificultades que hacen difícil una temporada de ópera —escasas salas capaces de ofrecer espacios aptos para la música—, estos inesperados y bienvenidos respiros permiten al pesimismo comprensible de quienes conocimos otro tiempo cultural en el país, no perder del todo las esperanzas.
Fe de erratas: quizá con demasiada frecuencia, es la segunda vez en poco tiempo, al columnista se le han escapado errores hijos del teclado mal pulsado en la computadora. En la nota del jueves 14 de abril pasado, titulada "El bosque de nueve árboles", penúltimo párrafo donde dice "Barajan", debió decir obviamente Karajan. En la misma frase, la palabra legato se convirtió en un "cegato", pifia de las peores porque puede otorgar un sentido totalmente alejado de las intenciones del autor.