La genética sonora: los Scarlatti

HUGO GARCÍA ROBLES

La historia de la música contiene compositores integrantes de una misma familia que, por la vía genética, heredaron talento. Sin duda que el ejemplo más impactante de este hecho es la familia Bach que durante siglos, antes y después de Juan Sebastián, dieron al mundo grandes músicos.

Otro tanto sucede con los Couperin en Francia y también, aunque con menor número de artistas, con los Scarlatti en Italia. No cabe duda que si Juan Sebastián fue el más importante de los Bach y Francois, llamado por ello "el grande", de los Couperin, Alejandro Scarlatti es el mayor representante del genio familiar.

Su nombre encarna la mayor gloria de la "Escuela Napolitana". Vivió entre 1660 y 1725, en pleno período barroco. Estudió con Provenzale y Carissimi en Roma, donde estrenó sus primeras óperas. En esta ciudad sirvió en varias casas nobles, entre ellas la del Cardenal Ottoboni y alternó con su Nápoles una activa vida que lo convirtió en un compositor de una extensa obra, que comprende numerosos géneros, tanto vocales como instrumentales.

No menos de ciento cincuenta óperas, oratorios y otras formas religiosas, que totalizan tanta música como Bach y Haendel juntos. Fijó la forma de la obertura italiana en tres tiempos y que reina en maestros como Rossini, mucho tiempo después. Otros aportes se le reconocen, como el "aria da capo", del "recitativo acompañado" y el crecimiento instrumental de la orquesta.

Su hijo, Doménico (aunque su nombre completo era Francisco Doménico), fue también notable compositor y ejecutante de clave. Nacido en Nápoles en 1685, murió en Madrid en 1757, se formó inicialmente con su padre y luego con Gasperini y Pasquíni, aunque existen discrepancias sobre algunos de los maestros que sucedieron a su padre como pedagogos.

A diferencia de Alejandro, Doménico se consagró a la música instrumental, destacándose como clavecinista, a pesar de que su primera obra fue Irene, una ópera.

Su prestigio como clavecinista era tan grande que el Cardenal Ottoboni, cuando Haendel visitó Roma en 1709, lo llamó para que ambos se enfrentaran en un duelo de virtuosismo en el teclado. El resultado concedió la palma a Doménico Scarlatti en el clave y a Haendel en el órgano.

Después de ocupar distintos puestos en la vida musical romana, se trasladó a Londres donde dirigió óperas y maestro de clave en el Teatro Italiano. De allí pasó a Madrid donde permaneció hasta su muerte.

En la corte española, al margen de sus responsabilidades como músico de la corona, compuso las sonatas y piezas para clave que son su legado intacto. Integran muy a menudo el repertorio de los grandes virtuosos del clave y del piano, conservando una frescura y atracción sobre público y ejecutantes.

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