MIGUEL CARBAJAL
Tal cual un jilguero adentro de una jaula, así era Juan Cunha. Vivía en un edificio de apartamentos desde cuyas ventanas pispaba el Cerrito de la Victoria, rodeado de cielo y espacios abiertos pero insuficientes para alguien nacido en Sauce de Illescas: un ser angelical, un entrevistado dócil y bien educado. Y lírico como su poesía. Era una excepción en medio de los exacerbados egos de la literatura. Todavía impera el dicho lombrosiano "dime con quién andas y te diré quién eres". Está tan cargado de prejuicios que ahora es políticamente incorrecto. Los árabes lo cambiaron por el "dime cómo andas", más humanista pero demasiado mercurial. José Saramago posee un carácter fuerte e ideas como anclas. En medio de una gira de promoción se vuelve irritable. Los escritores se prestan a la tortura de las Ferias del Libro y los otros eventos destinados a sacralizar la lectura aunque terminen convertidos en acontecimientos sociales. Un buen premio les puede cambiar la vida. En el sentido más lineal de la palabra: más dinero, una holgura económica que los pone a salvo de las penurias diarias y un estilo de vida arruinado por los horarios, las conferencias de prensa, las entrevistas concertadas por un estratega, y el asedio de los traslados.
El buen carácter no parece ser un elemento constitutivo de los escritores. Los habitantes de Macondo condenan a Gabriel García Márquez por el poco respaldo que les brinda. Para evitar los pedidos, el célebre Gabo realiza visitas en autos con vidrios polarizados y sólo se deja ver en juergas en las casas de sus amigos. Es el último genio literario pero gasta pocas pulgas. Rulfo era tímido y callado pero podía ponerse hosco si le escaseaba el tiempo. Hemingway actuaba como un divo de Hollywood. Era ambicioso, calculador, mentiroso y abiertamente seductor. A nadie, excepto a él, se le hubiera ocurrido inventarse como el adelantado de los aliados cuando llegaron a París. Existe la foto arriba del tanque. Molestó a medio mundo para figurar entre los corresponsales de riesgo, pero el dato que inauguró de nuevo los tragos en el Ritz mientras los nazis corrían como ratas es mejor cuento que El Viejo y el mar. Scott Fitzgerald era un caballero galante y mundano pero el alcohol lo convertía en un gusano. Vidiadhur Surajprasad Naipaul es un gusano. El novelista de Trinidad y Tobago de origen hindú y lengua inglesa es un Premio Nobel tan peligroso como el napalm, aunque parecía desactivado cuando visitó a Jorge Damiani en su casa del Prado. Ha destratado a sus mujeres, sus agentes literarios, sus colegas y hasta a sus amigos íntimos. Se afirma que hasta Martín Amis lo trata con pinzas. Que no lo trata, mejor dicho. Y Amis es un especialista en manejar situaciones difíciles. Y también en crearlas. Escritor de raza (su padre instituyó la fama familiar), dueño de un ego respetable, como corresponde, con esa habilidad sajona para el marketing que convierte en noticia todo lo que hace, habría que preguntarle a sus ex vecinos de José Ignacio si lo extrañan. Casado con una hija de Gonzalo Fonseca integra lateralmente el Taller y le arrima la cuota de glamour que gasta la aristocracia inglesa de facto.