BUENOS AIRES | IGNACIO QUARTINO
En tiempos de piquetes, huelgas y ánimos alterados a raíz de los reiterados conflictos en Argentina, muy bienvenida fue la llegada del Cirque du Soleil a Buenos Aires con su espectáculo llamado, nada menos, "Alegría".
Es la segunda vez que llegan a Argentina, tras el suceso de Saltimbanco, en 2006. En el caso de Alegría, estrenado en Montreal en 1994, va por su último año de gira luego de recorrer el mundo entero. Gracias a que existen adjetivos como colorido, belleza, refinamiento, perfección y profesionalismo, se hace más fácil describir cada uno de los nueve números que componen este espectáculo de dos horas de duración (con media de intervalo).
Hay otros detalles que llaman tanto o más la atención que las performances de equilibristas y contorsionistas con huesos de goma: la organización. Desde que el aficionado ingresa a la carpa, cuesta creer que dentro de esa estructura la temperatura, pese a los fríos del invierno, sea ideal y que la ambientación traslade al espectador hacia otra dimensión, a un mundo mágico, de fantasía, solamente comparable a lo que puede vivirse en los parques Disney. No en vano, la compañía canadiense posee un show permanente en la ciudad de Orlando con similares características al que trajo a Argentina.
Para que el espectáculo esté rodeado por esa aura, se necesita un minucioso trabajo en todas las áreas con números impactantes a grandes escalas. Por ejemplo, sólo de vestuario, Alegría incluye casi 1.500 piezas entre trajes, máscaras, zapatos y accesorios, para los 57 artistas que entran en escena. Previo al estreno de un show de la obra, se necesita casi un mes para instalar La Gran Carpa Blanca de 19 metros de diámetro y 51 de alto, que cuenta con una capacidad para 2.500 personas. En su exterior flamean banderas de Canadá, Quebec (ciudad de donde es originaria la compañía) y el país que alberga transitoriamente el espectáculo. Debajo de estas tres banderas, se encuentran las 17 nacionalidades de los artistas que forman parte del show.
En el interior de la carpa, si bien los precios de las localidades son astronómicas para la economía de estos países de la región (oscilan entre 60 dólares la más barata y 180 la más cara), no existe ubicación en la que no se pueda disfrutar de lo que hacen los artistas.
De hecho, los músicos que ponen en funcionamiento el show, recorren todos los sectores de la tribuna para que la Alegría, llegue a todos los presentes en dosis similares. Esos músicos, después de hacer una recorrida por las gradas con instrumentos de percusión y viento, se instalan bien al fondo del escenario y pasan inadvertidos durante el resto del show. Sin embargo, sin ellos, no existiría la excelente ambientación sonora que por momentos parece que la música fuera producto de un cd, lo mismo que la voz de la cantante, lookeada y maquillada totalmente de blanco como en las antiguas monarquías, que canta en vivo en distintos idiomas y pone el broche de oro a su performance con la canción que lleva el nombre del espectáculo.
ACCIÓN. A diferencia de lo que ocurrió con Saltimbanco, Alegría apuesta más a la esencia de un espectáculo circense convencional, con la salvedad que prescinde de animales. Es por eso, que los payasos cobran un rol preponderante en el ínterin de cada uno de los nueve números de destreza que tiene el show, sobre todo al final del primer acto con una poética tormenta de papeles que llegan a los espectadores. Los clowns son los responsables en robar las primeras sonrisas al público y de distender el ambiente antes y después que Gastón Elías (el único argentino del show), haga el impactante número de trapecio.
Después de Elías, es el turno del mayor despliegue visual. Se trata de cruces asimétricos, con camas elásticas dispuestas a ras del piso. Ahí, se suceden piruetas de 10 acróbatas que saltan sincronizados a la velocidad de una escena acción de Matrix, pero sin efectos especiales.
Después, más números de los payasos para dar lugar al ucraniano Denys Tolstov, a cargo de un cuadro que combina fuerza con armonía. La complejidad de este ejercicio es tal, que el artista inicia su concentración una hora antes del show. Para cerrar el primer acto, llega el momento más "urbano" con malabares que juegan con fuego y pelotas, remontándose a los orígenes de la compañía que arrancó con artistas callejeros haciendo malabares en la ciudad de Quebec.
La segunda parte tiene menor cantidad de números pero cuadros realmente intensos, como el acto de barras rusas: los artistas realizan saltos sincronizados en barras de menos de 10 centímetros de ancho, sostenidos por dos asistentes en los extremos. Impresionante, igual que las dos contorsionistas mongoles y el último cuadro de acróbatas que vuelan por el techo de la carpa como pájaros, para concluir -al decir de Sandro- que el Cirque es un mundo de sensaciones.
Experiencia inolvidable para cuatro jovencitos
La Embajada de Canadá en Uruguay, a través del embajador Alain Latulippe, invitó al estreno de Alegría a algunos amigos uruguayos, entre los que se encuentran cuatro adolescentes de contexto socio económico crítico.
Para concretar este anhelo contó con el apoyo de varias organizaciones, entre ellas Pluna, que colaboró con los pasajes aéreos de los adolescentes hacia la capital argentina, que visitaron la ciudad por primera vez sus vidas.
Keren, Martín, Noelia y Juan José hicieron un viaje en el que además de presenciar el circo junto a celebridades de Argentina (más 150 famosos asistieron a la primera función), pudieron conocer La Bombonera y el Circo del Sur, donde practicaron acrobacias y pruebas circenses. Los cuatro jóvenes forman parte de las ONG El Abrojo y Vida y Educación, con las que la embajada desarrolla actividades y un trabajo de apoyo a través del Fondo Canadá.