Kant sigue dando qué pensar

Berlín - El pensamiento y la vida de Emanuel Kant, uno de los filósofos más influyentes de la historia de Occidente, sigue siendo fuente de reflexión cuando el 12 de febrero se cumplieron doscientos años de su muerte.

Tres biografías aparecidas con motivo del segundo centenario de su muerte profundizan en la visión que se suele tener de Kant como un hombre sistemático hasta la neurosis, no sólo en su filosofía sino también en su vida cotidiana.

Manfred Kuhn, autor de la más extensa de las tres biografías, se ocupa entre otros temas de la vieja historia de que la rutina de Kant era tan precisa que sus vecinos en Koenigsberg, como se conocía la actual Kaliningrado cuando era un enclave alemán, podían controlar el funcionamiento de sus relojes guiándose por los paseos habituales del filósofo.

Pese a ese rigor, los tres autores coinciden al señalar que en el centro de las preocupaciones kantianas, y también del ritmo de vida que se impuso, estuvo desde el comienzo la idea de la libertad y de la autonomía de la razón ante las autoridades.

Manfred Geier hace de esa idea incluso el hilo conductor de su ensayo biográfico El mundo de Kant y muestra como el filósofo, desde su primer trabajo, escrito a los 22 años y dedicado a discutir las ideas de ímpetu y fuerza en Leibnitz y Newton, reclamó para si el derecho de pensar por si mismo.

Con el tiempo, esa declaración de independencia intelectual adquiere también un carácter político y, a más tardar con el célebre ensayo Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración?, se convierte en un desafío abierto al absolutismo político y a la ortodoxia eclesiástica.

Ese desafío llevaría a Kant en su madurez a conflictos con la censura, sobre todo por sus llamados escritos populares en los que abordaba temas de inmediato interés y normalmente publicados en la revista "Berlinische Monatsschrift" que era el órgano de difusión de la ilustración alemana.

En todo caso, las estrictas normas que se fijaba el filósofo en su vida cotidiana, incluyendo algunas medidas para conservar la salud que le permitieron vivir ochenta años contra todos los pronósticos que se le habían hecho en su infancia, no fueron nunca una imposición exterior.

Por el contrario, las máximas kantianas fueron siempre entendidas por el filósofo como una expresión de su propia libertad y como esfuerzos en búsqueda de la felicidad personal y de dejar un legado filosófico importante a la posteridad.

Ese legado, formado ante todo por la Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio, está relacionado también con el tema de la libertad sobre todo en lo que a los principios éticos se refiere.

Las leyes de comportamiento ético, según Kant, son algo que el individuo reconoce en su propio interior y que se obliga a seguir, no algo impuesto desde afuera. Todas las imposiciones y las creencias recibidas, incluidas las religiosas, en cambio, han de ser sometidas, según Kant, al "tribunal de la razón". EFE

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