En el Castillo de Windsor se cae una tetera al suelo y el dato es documentado, con minucias de detalles, por la prensa amarilla. Le hicieron la vida imposible a la Princesa Margarita y a Lady Di, pero aunque la familia real mantiene una verdadera jauría como coreografía de sus excursiones campestres nadie caería en la vulgaridad de referirse a sus perros. Viven y mueren en el honor y el anonimato. Y no es porque los ingleses no los adoren.
Es un síndrome europeo. En las confiterías de la Avenue Victor Hugo los canes dormitan sobre suelos de mármol italiano y alfombras persas mientras sus amas toman el té. Los perros son admitidos en los mejores hoteles de Alemania. Un país civilizado honra sus animales. ¿Y en Estados Unidos? Gore Vidal dice que sus compatriotas son tan adictos a ellos que llegan hasta a votarlos en las elecciones nacionales. ¿Qué quiso decir con eso? Presumiblemente lo peor como es habitual en el primo de Jackie Bouvier.
El sentido común aconseja a no entreverar las cosas. La ecología se ignora excepto en casos contados como los elefantes rosados que usó Aníbal para cruzar los Alpes (según versión de Esther Williams), el caballo de Calígula, y el de madera que introdujeron con ánimo avieso en el interior de Troya, el aspid que mató a Cleopatra, el sabueso de los Baskerville y por supuesto Bambi, Dumbo, la mona Chita y el difunto oso hormiguero de Villa Dolores. Hasta Lassie tuvo un sepelio privado, de seguro porque ya le habían encontrado en Hollywood un sustituto.
Las derivaciones surgidas luego de darse la noticia del envenenamiento de dos de los galgos de "Su" Giménez y la alborozada noticia de que Jazmín estaba a salvo, demostró cómo, además de las carreteras, se paga peaje en la cultura. Rápidamente quedó en el olvido un dato nada menor y que acentúa la crueldad del hecho: la muerte de los otros perros que se fueron por la puerta del anonimato. Se deja de lado el costado turístico de la información y el daño moral que provoca la inseguridad doméstica. ¿Corren peligro los perros en Punta del Este? Aunque ese era el tema que estaba detrás, se lo vendió a través del retrato de miniatura con peinados de peluquería, alhajas de oro 14 y ropaje de Miami. Hasta Xavier Cugat se hubiera vuelto loco por esta mezcla de chihuahua y mono tití con dos ojos como soles y una manta de rizos. No se trata de ridiculizar a Jazmín sino de advertir por dónde pasa su estética.
Es más difícil establecer por dónde pasa la estética de "Su". Fue una mujer hermosa y desconocida cuando vivió en Montevideo durante su primer casamiento; un relámpago visual en el aviso del shampoo de limón que hicieron de su silueta y su ojo desviado un icono de la sensualidad criolla; una chica Divito en las películas de Hugo Sofovich donde ella y Moria Casán debían sobrevivir a la competencia malsana, por lo zafada y sin límites, a que las sometían Porcel y Olmedo. Una actriz sin destaque en el cine serio, una comediante con brillo en el teatro y por último un mito en la televisión. En el medio hizo del marketing un arte, mientras se relacionó con deportistas, actores, políticos y hampones.
Mantuvo un romance escandaloso con Carlos Monzón, lo que la convirtió en figura internacional; otro, quizá a destiempo, con un juvenil Ricardo Darín; eligió un polista cuando decidió refinarse sin saber que Roviralta estaba dispuesto a reclamarle una indemnización suculenta por su papel, de perfil bajo, de tipo que se levanta una mina rica y mayor; fue acusada penalmente un par de veces en sucios episodios; coqueteó con el poder y con las finanzas; regaló millones a través del teléfono y finalmente se relacionó con un tipo de cara tan hostil como su prontuario. Ahora sueña con una nueva carrera en la Florida, sin saber que para triunfar en esas tierras hay que provenir del Caribe o zonas aledañas. Azuquita con leche.