Idea muy feliz (o) Feliz idea

De muy niño, yo vivía a tres cuadras de la Estación Central de Ferrocarriles. Veinte años después de su inauguración en 1897, se inauguraba mi vida, en 1917. Durante el primer quinquenio de la infancia, el monumental edificio concebido por el ingeniero italiano Luigi Andreoni, penetraba por mis ojos hasta las profundidades del asombro. Mi padre me paseaba a menudo por la Estación, y me decía que ésa era la casa donde dormían los "caballos de hierro", que habían llegado al país allá por 1871, y partieron por primera vez con su mensaje de progreso desde unos galpones existentes en la calle Río Negro, hasta que se incendiaron en 1891. Conocía como pocos esa historia, ya que en su juventud trabajó en las oficinas del Ferrocarril en Peñarol, el barrio de las mil leyendas, magníficamente evocado por una publicación de la Intendencia Municipal de Montevideo y el Claeh, de recomendable lectura.

A comienzos de los `20, en el temprano acostarse de cada noche, los pitidos no muy lejanos de las locomotoras llegaban a mis oídos, como poco antes lo hacían con semejante sensación placentera los cuentos de Perrault o de Calleja, invitándome al sueño. La vida fue separándome de los rieles, y metiéndome en otras manifestaciones del progreso que surcaban cielos, mares y rutas. Mis últimos contactos con el ferrocarril debieron andar por los `30, cerca de los `40, cuando partían con puntualidad inglesa, y regresaban con disciplina británica.

Las "Excursiones Fono-eléctricas del Ferrocarril Central" eran diversión para todas las edades. Los domingos por la mañana, "zarpaba" de la Estación, un vagón dedicado a quienes quisieran ir conociendo el país a través de relatos de guías turísticos que ofrecían datos generales, al paso -más lento- por los pueblos que incluía el recorrido... y aumentaban la información cuando la parada en una ciudad permitía hacerlo. El pasaje se animaba al punto de que, a pocos minutos de la partida, todos éramos amigos. El placer de la convivencia (¡qué horror!... estuve a punto de escribir de la civilización) fomentaba la conversación; el comienzo de una relación amistosa que se extendería más allá del regreso, y hasta anunciaba el prólogo de un noviazgo. Nadie se cuidaba de que le asaltaran en la Estación o en el viaje, ni se subía al vagón con un revólver, como si el destino fuese el Far-West. En ese entorno "inocente" crecimos muchos, y varios conservamos huellas de aquellos "insípidos" pasos.

En la reciente Semana Turisanta, un tren a vapor de 1910, salió diariamente de la nueva terminal de pasajeros de AFE a las 14 horas, rumbo al Barrio Peñarol, con retorno a las 17.00. Algo menos de tres horas para visitar el Museo de la Estación de Trenes, el taller mecánico, las viviendas de los jefes, las casitas de los obreros... Felicitaciones a los que organizaron esto, removiendo sentimientos que van muriéndose en desesperantes agonías: y congratulaciones, también, para quienes demostraron que -todavía y por suerte- los uruguayos podemos confraternizar tres horas en un vagón, en una gran familia de desconocidos, sin insultarnos, sin armar escándalos, sin invitarnos a pelear.

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