Horacio Quiroga y las dos Helenas

ANTONIO LARRETA

LAS COLUMNAS

La novela se llama La vida brava, su protagonista es Helena Bravo, la segunda mujer de Horacio Quiroga, y su autora Helena Corbellini, una escritora prestigiosa que ha elegido a su homónima como testigo privilegiada de los últimos diez años de la vida del escritor. A través de ese testimonio, que cubre toda la extensión del libro, e incluye la evocación de los períodos más importantes del pasado -a título de ejemplo, la accidental muerte de Federico Ferrando, y sobre todo el suicidio de Ana María Cires, primera esposa de Quiroga-, Corbellini consigue un impresionante retrato de la extravagancia, la inestabilidad y los brotes de demencia del personaje. No hay un solo pasaje de ese retrato que suene afectado o, en mal sentido, literario.

Pero la hazaña es doble. Paralelamente Corbellini construye con suma delicadeza el retrato de la retratista. Helena Bravo no está en ningún momento embellecida. Es una mujer que describe a su marido desde una óptica pequeño burguesa, prejuiciada, suspicaz, rápidamente resentida, incluso egoísta en su aparente sacrificio. Es una víctima, pero también es una tonta, bajo sus aires de elegancia y la extraordinaria belleza -y también fotogenia- de sus pocos retratos. Y sin embargo nos conmueve, hasta en sus pequeñas traiciones, sus pequeñas vanidades, sus besos robados, sus impaciencias. Incluso su propia incursión en el mundo de la locura: la casi tangible presencia de su antecesora suicida en los capítulos que culminan la novela ya a las puertas de la muerte de Quiroga, el indiscutible protagonista de este hermoso libro.

Que hubiera sido perfecto, si Corbellini no se hubiera sentido tan irremisiblemente tentada por los muchos famosos que anduvieron por Buenos Aires en los años treinta, y que la otra Helena pudo conocer o no. No hablo de los colegas de Quiroga, la pléyade de buenos escritores argentinos que intimaron con Quiroga y que la relatora evoca con prudencia, respeto y con cierta inclinación erótica.

Hablo, por ejemplo, de García Lorca, y su capítulo sobre Bodas de Sangre, y de la muerte de Gardel que tiene también su capítulo. Allí Corbellini reemplaza claramente a su tocaya. Y los mismos sucesos uruguayos devoran otros capítulos: el golpe de Estado de Terra, el suicidio de Baltasar Brum, el asesinato de Grauert, y hasta la historia casi completa de Carlota Ferreira. Demasiado interés por el Uruguay de parte de una argentina de clase media sin otra vinculación política que un romance frustrado con el hijo troskista del Presidente Justo.

Mi reproche no es a la sostenida calidad literaria de esas inclusiones y a su probable emoción con Lorca, Gardel, Brum, sino al elemento de distracción que desvían la atención de quienes importan en el libro: Quiroga y la otra Helena.

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