Hemingway, un Nobel fotogénico

MIGUEL CARBAJAL

LAS COLUMNAS

Alguien habló de postular a Ingrid Betancourt como futuro Premio Nobel de la Paz. ¿Méritos? Haber permanecido presa en la selva durante siete años. Sólo sería válido si el sufrimiento se contabilizara como aporte. El problema es que se sufre tanto que sobran los candidatos en esa área, e incluso la colombiana tiene hasta competidores en el mismo avión que finalmente la liberó.

¿Por qué Betancourt y no el resto de los pasajeros? Quizá porque sabe francés y habló en ese idioma paquete parte de su mensaje después de la liberación. Tampoco es un demérito que la hayan recibido en París bajo palio y que el Papa figure entre sus primeras visitas. Después de todo los padres de Madeleine, la niña inglesa abandonada de una tutela eficaz en un hotel de segunda en Portugal, también fueron recibidos por el Papa. El sufrimiento es realmente un ingrediente valorizado por el Vaticano, pero no parece ser suficiente para acumular puntos en la Academia sueca. Se verá.

El glamour y la manipulación mediática fueron dos de los elementos que la Academia tuvo en cuenta para dar un premio en 1954. Pero al mismo tiempo el distinguido era uno de los grandes escritores del siglo, aunque se pasara de rosca en el merchandising. Nadie puede tildar de injusto el Nobel a Hemingway dos años después que El viejo y el mar apareciera publicado en las páginas glamorosas de la revista Life. La misma publicación repitió el mecanismo en un trabajo sobre tardes de toros, que también tuvo una enorme repercusión aunque la crítica fue menos generosa. El autor era un habitué de Life, Look y las otras revistas de gran formato que ilustraban en forma satinada lo que era el ápice de la moda cultural a mitad del siglo pasado. Ni siquiera los actores tenían tanto centimetraje en los medios de prensa como el inventor de la literatura de aliento corto y seco como un latigazo.

Casi cincuenta años después de su muerte, un suicidio desmentido, sigue siendo un polo de luz cuando muchos de sus contemporáneos fueron ya anegados por las sombras. Quizá no fue el mejor de su promoción, un título que le peleó con ventaja William Faulkner. Y Scott Fitzgerald también funcionó como otra suerte de faro. Pero antes que lo arruinara la depresión, el barbado buen mozo y vivaz pudo haber trabajado sin problemas en Hollywood. Manejaba como nadie la publicidad de los Estudios, y su famosa amistad-romance con Marlene Dietrich era un elemento propagandístico que beneficiaba la ambigüedad de los dos.

Ni Jack Kerouac, ni Henry Miller, dos fotogénicos siempre producidos, alcanzaron los niveles de charme ni la fuerza explosiva de su carisma. Ni los niveles de su invención para ser siempre noticia. Se perdió en el África y cuando todos lo suponían muerto apareció tan pimpante como Ingrid Betancourt lo hizo recién, en los bordes del Sahara. Conoció casamientos y divorcios varios. Fue amigo de toreros y de megaestrellas del deporte y del espectáculo. Era más célebre que Wanda Nara. Y escribió como pocos.

Nadie podrá discutirle el Nobel aunque algún malvado lo haya visto en su momento como una concesión a la frivolidad.

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