Gardel

Mañana se cumplen 70 años de la tragedia de Medellín, no de la muerte de Carlos Gardel... que continúa viviendo en la magia de su canto. Tuvimos el privilegio de verlo y escucharlo desde la Entrada General, última fila del paraíso (que era un infierno) en el viejo 18 de Julio. Fue un domingo de la primera semana de octubre de 1933, en una vermouth que fijaba su penúltima presentación en Montevideo, pues se despedía en la función nocturna para seguir al litoral. Actuaba de "fin de fiesta": luego de que un elenco con algunas figuras conocidas ofreciera una comedia que poco interesaría a un público que, cien por ciento, concurriría para deleitarse con "El Mago", éste cerraría el espectáculo vespertino.

Gardel llegó casi sobre la hora del comienzo de su participación. Venía de Maroñas, de gritar para empujar hacia el disco al pingo apostado: se cambió de apuro, y unos minutos después apareció en escena: impecable smoking, una engominada abrillantada, y una sonrisa por donde asomaba su incomparable simpatía. Y arrancó.

En medio de aquel gallinero, sus canciones (nada de micrófono, ¿eh?) llegaban nítidamente. Oyéndolo, uno pensaba: ¡Qué cosa tan fácil, tan sencilla, es ésta de cantar! Ocho, diez, doce interpretaciones. No sé. No recuerdo haberlas contado. Por encima nuestro, volaban los ángeles que habían ido a escucharlo. El público pasaba de asombro en asombro. Las cazueleras le arrojaban flores: los "paradisíacos" le gritaban: "Siga, Zorzal... ¡siga y mate!"

Era único. Gardel cantaba en los hospitales, en la Casa del Canillita, en el Hogar de la Empleada, en los conventillos, en las rocas de la Playa La Mulata, sin cobrar un peso. Y arribaba a todos esos lados, en un auto cualunque de algún amigo, mientras los tres o cuatro guitarristas lo seguían apiñados en una cachila de los "twenties"... Pero, en medio de semejantes escenografías, abría la boca para que saliera un tango, y el Señor, desde allá arriba, lo aplaudía y le daba la bendición.

Hoy día, cuando las maracas del marketing anuncian la llegada de algún ídolo de multitudes, los hoteles se aprestan para alojar a un séquito de veinte o treinta acompañantes (guardaespaldas incluidos); contratan a unos cuantos gatos para que prueben las comidas y las bebidas que reservó para el astro su "manager"; preparan los jabones y las toallas con la fragancia y el color de su preferencia; se alquilan contenedores para transportar toneladas de instrumentos, micrófonos y parlantes; se despliega una imponente parafernalia en un enorme estadio... y el tipo surge, bajo los focos deslumbrantes, luciendo una camiseta sin mangas, un rancho de paja, una bufanda, un crucifijo que parece una bronquitis porque le agarra todo el pecho... da más saltos y más vueltas que "El Pelele" de Goya... y, al decrecer los decibeles de la histeria de sus adoradores, se pone a cantar. Es entonces cuando uno, que vio y escuchó a Gardel, se pregunta en el colmo del despiste: "Pero, ¿cómo?...

¿No decían que los perros no pueden pasar?"

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