HENRY SEGURA
Aunque el mercado audiovisual mundial apunta hacia las respuestas comunes, la estrategia de una de las mayores cadenas de televisión, HBO, también pasa por estimular propuestas a escala regional.
Hijos del Carnaval, que esta noche inicia su segunda temporada en 23 países de América Latina y el Caribe, forma parte de la operativa que el canal para abonados iniciara hace cinco años, con la grabación de Epitafios en Argentina. La historia que siguió, aunque breve no deja de ser significativa porque vinieron Mandrake, Capadocia y las segundas temporadas para tres de ellas.
Tampoco se trata del traslado de un equipo de realización desde los centros operativos del canal en Estados Unidos. El compromiso para la individualización genuina de estos productos pasa por la participación de artistas, creativos y técnicos locales (de Argentina, Brasil y México por ahora).
La nueva temporada de Hijos del Carnaval nació y se desarrolló en la productora paulista O2 Filmes, liderada por Fernando Meirelles, una de las más dinámicas de Brasil y de mayor proyección internacional, a través de películas como Ciudad de Dios o Ceguera y de series (Ciudad de hombres) que han sido muy bien recibidas en varios países aunque aún se desconozcan en Uruguay.
Son siete episodios los que continuarán la historia de la familia Gebara y de todos los negocios ilegales que la sostiene. Esta especie indisimulada de El padrino o Los Soprano brasileña arranca con el reencuentro de los hijos, legítimos e ilegítimos del patriarca. Lo que después se irá viendo tiene que ver con diversas formas de disolución familiar, casi todas vinculadas a ambiciones personales fuera de control. En ese contexto, las mujeres adquieren un papel bastante más relevante: a través de ellas se ventilan episodios de traición y venganza, que van cimentando un final de toques trágicos y un futuro poco prometedor para los hermanos Gebara.
Originalmente la serie estuvo inspirada en la vida de Castor de Andrade, un conocido patrocinador de la escuela de samba Mocidade Independiente del Padre Miguel y del Bangu Atlético Club. En el primer ciclo quien interpretó a de Andrade fue su amigo Jece Valadao, un notable actor que falleció el mismo año en que se estrenó la serie. Era inevitable entonces que para la segunda temporada su personaje desapareciera y la muerte fue el recurso hallado.
CINEASTA. La apelación básica de la productora estuvo en la capacidad de seducción de plateas que pudiera tener la historia. Quienes la llevan adelante son actores muy pocos conocidos a nivel internacional, como lo son Rodrigo dos Santos, Enrique Díaz, Thogun, Mariana Lima, Shirley Cruz y Roberta Rodrigues. En ese elenco la única figura de cierta presencia fuera de fronteras es el veterano Walmor Chagas, quien interpreta al hermano del patriarca muerto.
Y más allá de la candidatura a un Emmy Internacional que consiguió el primer ciclo de la serie en 2006 y de premios a nivel continental, la confianza creativa pareció descansar en el director y coguionista Cao Hamburger. Al igual que Meirelles, Hamburger es responsable de algunas series de televisión (participó en Ciudad de Hombres) y de films que le han dado prestigio internacional. El segundo de ellos fue El año que mis padres salieron de vacaciones, una sensible crónica dramática sobre un niño al que sus padres dejan junto al abuelo cuando deben huir de la represión de los militares tras el golpe de Estado de 1964, y que puede verse en las estanterías de los videoclubes locales.
El director ha reconocido que el mayor problema para volver a encarar la serie estuvo en la ausencia de Jece Valadao, pero también fue un estímulo poder manejar su "herencia maldita". Los cuatro años de distancia entre una producción y otra son considerados normales por el cineasta de Belo Horizonte, habida cuenta del porte que tiene la propuesta.
Tampoco se descarta la posibilidad de una tercera temporada. Al respecto, la coguionista Elena Soárez reconoció que hay voluntad para continuarla. "Si dependiese de mí, cada año haríamos una nueva temporada. Por eso hay que tener mucha cautela a la hora de matar a alguien", confesaba a la Folha de Sao Paulo. La distancia de cuatro años no parece demasiado dramática si se la compara a los 16 que separaron a los films que formaron la trilogía El padrino de Francis Coppola.