Enigmas en el convento

| critica | JORGE ABBONDANZA LOS RIOS PURPURAS 2 Director. Olivier Dahan. Libreto. Luc Besson. Productor ejecutivo. François Amel. Fotografía. Alex Lamarque. Montaje. Richard Marizy. Dirección artística. Olivier Raoux. Música. Colin Towns. Elenco. Jean Reno, Benoit Magimel, Camille Natta, Christopher Lee. l Francia 2005.

Ya hubo una intriga de crímenes con igual título y por lo visto tuvo éxito, de manera que el cine francés resolvió agregarle este segundo tomo para que Hollywood sepa que no es la única industria capaz de filmar secuelas. En el caso, los misterios comienzan en un viejo monasterio de Lorena donde brota sangre de un muro, lo cual obliga a pedir el auxilio policial. La investigación no resultará fácil porque la congregación que habita el lugar está formada por monjes de clausura que han hecho voto de silencio, por lo cual no habrá interrogatorio que valga. Pero el comisario Jean Reno (que ya hacía el mismo papel en la película anterior) tiene sus métodos para explorar los enigmas del convento a través de una laberíntica red de pasadizos ocultos, subterráneos y túneles donde puede surgir otra historia.

Porque esos subsuelos pertenecen a la famosa Línea Maginot, una kilométrica cadena de fortificaciones militares que los franceses construyeron en la frontera con Alemania durante los años 30, procurando superar así la pesadilla de las trincheras que habían sufrido en la guerra anterior. Esa obra colosal, empero, no evitó la invasión alemana en la guerra siguiente, por la sencilla razón de que los atacantes ladearon las fortificaciones avanzando más al norte a través de Bélgica y Luxemburgo. Ahora Jean Reno y su asistente Benoît Magimel se cruzan —en más de un sentido— con los viejos fantasmas de esos túneles, mientras se produce una serie de asesinatos como prolongación de la pared sangrante del comienzo.

Detrás de esos crímenes hay dos referencias ilustres. Una de ellas son los doce Apóstoles, ya que las víctimas tienen aquí los mismos nombres y oficios que los discípulos de Jesús. El otro antecedente es una historia ficticia sobre Lotario II, nieto de Carlomagno, que a fines del siglo IX viaja desde Roma con un tesoro del Vaticano que depositará en este monasterio de Lorena y que ahora los investigadores podrán encontrar, a menos que les gane de mano el siniestro Christopher Lee, conductor de un movimiento oscuramente nazi por la construcción de una nueva Europa. Detrás de Lee (que está bastante anciano, 47 años después de su primer Drácula) hay una hueste de monjes acrobáticos capaces de batallar contra los policías con una agilidad que el cine de Hong Kong podría envidiarles.

La película está filmada con inagotables chisporroteos de imagen, encuadre, luz y montaje, lo cual multiplica los desplantes de varias escenas de violencia en que el producto trata de imitar los modelos norteamericanos del género. También calcan a sus colegas de Hollywood estos actores protagónicos (aunque Reno está mejor que Magimel) demostrando las desventajas de la copia frente al original. Antes de que llegue la secuencia final con el descubrimiento del antiquísimo tesoro —cyos resortes secretos parecen dignos de un sepulcro faraónico— los policías a cargo del caso atraviesan más peligros y golpes de los que pueden caber en una sola historia. Cuando el espectador ya está desbordado por los efectismos, las últimas escenas (subterráneas, claro está) agregan tanto truco que el único paralelo posible es Indiana Jones.

Al fin y al cabo, y al margen de todo ello, cabe agregar la razonable reflexión de que la Línea Maginot ha servido finalmente para algo, setenta años después del inútil despilfarro de su construcción.

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