El tren de Sabina pasó con mucho entusiasmo

Recital. Durante dos horas y media unas 20.000 personas cantaron grandes éxitos

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HENRY SEGURA

No se hizo esperar. Diez minutos después de la hora pactada, Joaquín Sabina con los suyos iniciaron su recital ante las 20.000 personas que llenaban el Estadio Charrúa.

Esa multitud sabía lo que iba a buscar y no salió defraudada. En las dos horas y media que duró el recital, Sabina abrió su cajita de grandes éxitos y disfrutó e hizo disfrutar con ese perfil de artista lúcido y encantador de plateas. Para muestra estaba el poderoso coro (fundamentalmente femenino) que lo acompañó a las mil maravillas, incluyendo a una muchachita empeñada en gritar (sic) todos y cada uno de los versos como para que el cantante los escuchara. Por suerte para Sabina, era una misión imposible.

Y si eso no fuera muestra del entusiasmo reinante, hay otro dato: las sillas de la platea vip fueron inútiles testigos de lo que pasaba, porque nadie las ocupó a excepción de los más pequeños que las usaron para treparse y poder ver, cosa que en varios sectores fue realmente difícil.

No todo fue pogo. El arranque mismo, con Esta noche contigo, Virgen de la amargura y Medias negras entre otras canciones, marcó la plataforma de lanzamiento básica para los grandes éxitos que el cantante eligió para este "Penúltimo tren". El menú incluía Tiramisú de limón, Aves de paso para luego dar paso a los primeros verdaderos delirios (Peor para el sol, El boulevard de los sueños rotos).

Entre canciones, apareció el anecdotario del músico para recordar a Chavela Vargas, a Andrés Calamaro (pretexto para Todavía una canción de amor) y a los que menciona en el poema que dedicó a Montevideo. Fue el mismo que dijo ante los periodistas un día antes, y que siguió incluyendo el género musical erróneo que Sabina eligió para referirse a una deuda con la capital uruguaya. Ninguno de sus amigos uruguayos llegó a tiempo para decirle que sacara la referencia al chamamé y que optara por el candombe, por ejemplo, que sí identifica a los uruguayos.

Las picardías, el buen humor y las sonrisas que brotaban al final de las canciones, son una buena defensa para redondear una performance que incluyó una explícita adhesión a Peñarol. Además Sabina tiene un grupo de músicos muy eficaz en lo que hacen, liderado por sus eternos compañeros de ruta, Pancho Varona y Antonio García de Diego, que esta vez se animaron a cantar como solistas: Varona con El rock and roll de los idiotas, García de Diego haciendo Tan joven y tan viejo. Con ellos además reactivó una vena rockera de manera muy sentida, con picos admirables como la versión de Princesa.

A las dos horas de iniciado el recital parecía que estaba todo pronto para atar la moña del paquete. No fue fácil hacerla. Fueron necesarias otras dos apariciones que continuaron la línea de canciones hilvanadas para el remate. Si antes había alimentado el fervor con 19 días y 500 noches, El caso de la rubia platino o Una canción para la Magdalena, ese doble plus final incluyó Y nos dieron las 10, Contigo, La del pirata cojo (no hay Sabina que se resista a esa canción) y Pastillas para no soñar. Si el recital en sí fue un "grandes éxitos", ese apoteosis de remate era de "súper grandes éxitos", imposibles de resistir para la gente que encuentra en el trovador rockero a un referente, capaz de atrapar tanto a sexagenarios como a veinteañeros. Ese poder no lo tiene cualquiera.

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