MATÍAS CASTRO
Cuando un periodista de este diario le preguntó a Ricardo Fort si su fama estaba a la altura de su talento, el argentino respondió, literalmente "Mi fama está la altura de la inteligencia para hacer lo que hice para ser lo famoso que soy. El talento no está en mí decirlo: para eso están los críticos especializados". Con cierta habilidad logró esquivar una pregunta que apuntaba a uno de los aspectos más criticados y, aparentemente, más vulnerables de su figura pública: su ego. En el contexto de la ostentación con la que ha construido su carrera una respuesta del tipo "mi fama está a la altura de mi talento", o similar, no hubiera extrañado. Pero salió más o menos airoso y no tropezó a la hora de hablar de sí mismo.
"El talento no viene en un chocolatín", decía un crítico rosarino que reseñó la obra de teatro de Fort este fin de semana. La crítica era totalmente destructiva y agresiva y hasta se permitía decir cosas como "Tal aspiración, la de actuar, como la de cantar, no son artes que se compran y sólo la extrema exhibición televisiva de este empresario chocolatero puede explicar su participación en una puesta larga, anodina". Y así continuaba el cronista, quien había visto exactamente la misma obra que Fort trajo aquí.
"El talento no viene en un chocolatín". Tampoco viene en un micrófono ni en una cámara, aunque muchos lo piensan y otros tantos explotan esa idea. Cualquier reality show de competencias como American Idol, Britain`s got talent, Operación Triunfo y demás siguen esos rumbos tan propios de estos tiempos. Si la difusión de la tecnología ha hecho más accesibles las artes y su práctica, algunos medios de comunicación han utilizado esa misma idea para generar programas que explotan la misma idea: cualquiera puede ser artista, con o sin chocolatines. Es solo cuestión de abrir la boca delante de una cámara y contar chistes, cantar, recitar, bailar o lo que sea. Lo que vale es el carácter para impulsar todo el asunto adelante y lograr el sueño de saltar a la fama, estar del otro lado, recibir aplausos, ser el centro de las miradas y, por supuesto, cobrar algún dinerito.