GUILLERMO ZAPIOLA
Para el director Roman Polanski se trata sin duda de un ajuste de cuentas con fantasmas muy personales. La sombra del Holocausto, que le costó la vida a buena parte de la familia del realizador, planea sobre El pianista, película que se estrena mañana en varias salas montevideanas y que cuenta la historia de Wladyslaw Szpilman, músico radial varsoviano, uno de los 20 judíos que sobrevivieron a la guerra en la capital polaca.
La película, que se basa en las memorias del propio Szpilman, comienza con el personaje tocando un nocturno de Chopin en su programa de radio en Varsovia, en medio de un bombardeo alemán, y termina luego de la guerra, cuando el sobreviviente regresa a tocar a Chopin, ahora vestido de frac y con toda una orquesta que lo acompaña. Entre ambos momentos, todos los vestigios de humanidad y decencia humana desaparecen y el elegante joven se transforma en un hombre barbudo y muy delgado que sobrevive primero en el gueto y después en la Varsovia bombardeada por los alemanes en su retirada.
RECUERDOS. A Roman Polanski, que perdió a buena parte de su familia durante el Holocausto, no le gusta hablar en público ni en privado de sus experiencias de esa época. Sin embargo, en octubre del 2002, durante el Festival de Cine de Rio de Janeiro, rompió en parte ese silencio para contarle a un periodista del diario argentino Clarín algo de lo que ocurrió entonces: cómo logró salvarse de la tragedia que arrasó con el gueto de Cracovia.
"Mi padre había arreglado con una familia católica para que me cuidara y me diera el dinero que les dejó para mí", explicó el director. "Pero eran unos alcohólicos y nunca me lo dieron. Después me fui a vivir con una familia al campo, tenían una forma de vida muy primitiva. Eran muy pobres y religiosos, y la mujer de la casa era muy buena conmigo. Sobreviví gracias a ellos, pero seguía volviendo al gueto porque no quería separarme de mi familia. Entraba y salía a través del alambre de púas. Un día supe que los alemanes iban a hacer una selección de gente para llevar a los campos de concentración y quise salir corriendo, pero el lugar estaba cerrado. Me llevaron a la plaza donde reunían a la gente para ser deportada. Empecé a buscar a mi padre y encontré a un chico de cuatro años que vivía con mi familia desde que se llevaron a sus padres, al mismo tiempo que a mi madre. Lo agarré e hice algo muy estúpido. Me acerqué a uno de los oficiales de policía. Le dije que no habíamos comido por dos días y que teníamos que ir a buscar pan. Mi reclamo no tenía sentido: había gente en la plaza sin comer por días, desesperada, llorando, durmiendo en el piso. El comprendió que nos queríamos escapar y me dijo: ‘Vayan’. Empezamos a correr y él me gritó: ‘No corran, caminen’. Y eso nos salvó la vida. Si hay alguien a quien le debo mi vida es a ese oficial". La frase "Caminen, no corran" se pronuncia en El pianista, y no es por cierto el único referente personal que Polanski ha deslizado en su film.
TRAYECTORIA. Nacido en París de padres polacos, Roman Polanski fue actor antes de destacarse como uno de los más interesantes realizadores surgidos en Polonia a mediados de los años cincuenta. Una estética surrealista y varios rasgos de pesimismo social caracterizaron sus primeros cortos (el más notorio de todos: Dos hombres y un armario), y poco después saltó al largo con el drama psicológico de El cuchillo bajo el agua, donde reveló una insólita madurez. Luego optó por el exilio en Occidente, primero en Francia e Inglaterra (Repulsión, 1965; Cul-de-sac, 1965; La danza de los vampiros, 1967), para afincarse luego en Hollywood, donde mantuvo un perfil de cineasta importante con títulos como El bebé de Rosemary (1967) y Chinatown (1974). Una tragedia personal primero (el asesinato de su esposa Sharon Tate por el "clan" Manson), una acusación de corrupción de menores después, lo devolvieron a Europa y a una trayectoria errática en la que hubo cosas deleznables (¿Qué?, 1972; Piratas, 1986), medianas (Búsqueda frenética, 1988; La muerte y la doncella, 1994; La última puerta, 1999), interesantes pero fallidas (Perversa luna de hiel, 1992) y en algún caso realmente atendibles (El inquilino, 1976; Tess, 1978).
Con El pianista, el realizador parecería estar volviendo a un nivel de exigencia creativa, y al casi unánime reconocimiento crítico. Al menos eso es lo que sugieren los premios que El pianista está cosechando a través del ancho mundo. Ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2002, el film obtuvo también, recientemente, cuatro de los principales premios otorgados por la Sociedad Nacional de Críticos de Cine de Estados Unidos: mejor película, mejor director, mejor actor (Adrien Brody) y mejor libreto (Ronald Harwood). También ganó siete premios César (entre ellos los de mejor película, mejor director y mejor actor) y dos Bafta (el Oscar británico) a película y director. También es candidato a varios Oscar, incluyendo película, actor y director. No le va a resultar fácil competir con Chicago (que es totalmente otra cosa), pero puede haber sorpresas.
CANDIDATO. El protagonista Adrien Brody, un actor estadounidense de 29 años que compite por el Oscar por su labor en El pianista, debió pasar hambre para interpretar al personaje. Polanski insistió en que perdiera peso para rodar primero las escenas de privaciones, y lo hizo bajar catorce kilos en seis semanas. Con una dosis de humor, Brody ha podido añadir que no perdió únicamente peso, sino también su apartamento en Manhattan, su automóvil y una relación amorosa, porque nunca se había dedicado con tanta intensidad a un papel. "El hambre me hizo comprender con claridad el nivel de privaciones de Szpilman. Aunque en mi caso era opcional, me permitió hacer una conexión con este hombre. Es sorprendente cómo el hambre afecta a una persona, cómo la mente comienza a operar más allá del nivel de buscar la comida", señala el actor.
Cuando el director se convierte en testigo
Además de la del protagonista Brody, una de las labores más elogiadas en El pianista ha sido la del joven actor alemán Thomas Kretschmann, quien hace el papel de un capitán de la Wehrmacht, Wilm Hosenfeld, que le salva la vida a Szpilman en un encuentro fortuito que se convierte en una de las escenas claves de la película.
Al igual que Brody, Kretschmann dice que Polanski lo ayudó mucho en la composición de su personaje. "Polanski fue un testigo... Perdió a su madre cuanto tenía ocho años. Nosotros vemos el film y él diría ‘Esto me sucedió a mí’, como la escena en que Szpilman elude la redada de judíos y le dicen ‘Camina, no corras’ para escapar. Esta película es su recuerdo de niño". Kretschmann agrega: "Pero si uno le pregunta a Roman Polanski de qué se trata el film, les dirá: ‘Es sobre la esperanza’. Roman Polanski es un hombre complejo".