Miguel Carbajal
¿Qué pasó con la tradición? Pasó por un momento difícil y alguien adelantó prematuramente su muerte. Es desconocer la naturaleza humana y olvidar la sagrada lección de Vico: todos los ciclos se repiten. Si el hombre es un ser finito, con pocas variantes de combinaciones, resulta imposible no pensar en la historia en los términos en que la concebía Toynbee.
El proverbio árabe de esperar pacientemente, frente a su tienda, hasta ver pasar el cadáver de su enemigo, se transforma en tener la sabiduría de aguardar lo que en definitiva siempre se repetirá. Y en el caso de la tradición, por varios motivos. En primer lugar porque es un tema intrínsecamente ligado al ser nacional. En segundo lugar porque maneja valores de amplio espectro. Tercero, porque representa mejor que nadie la idiosincrasia de un país.
Cuando la tradición se viste de fiesta, o se vuelve un fenómeno cultural masivo o tiende a ser mediática, se le llama folclore. O cuando es más llamativa por la composición de sus elementos. La movilidad, el poder de comunicación, la forma artera que tiene de llegar directo al corazón y estrujarlo, el grado de felicidad que proporciona o de melancolía que arrastra, vuelven cotizado el folclore cuando se trabaja con los sentimientos o se actúa sobre la identidad. Por algo suena una payada cuando se promociona el éxito editorial de "Uruguay, El País y sus 19 departamentos" y otros payadores arremetieron como en un ruedo en el lanzamiento de la publicación en el Cabildo donde hubo grados notorios de emotividad.
Hay distintas formas de folclore, aunque durante mucho tiempo se haya priorizado sólo una de ellas. Y de pronto fue esa simplificación la que obró durante un tiempo en contra suyo. Cuando un sector del público empezó a mimetizarla con el gaucho vestido de domingo o con la guitarra, y dejó de lado el formidable contexto y la riqueza de variedades en que está inmerso, ahí se lo redujo. Y esa jibarización coincidió con ciertas novelerías de la modernidad. Cuando la cultura se vuelve toda pop, la piedra llega al fondo. El mundo del hombre se vuelve tan liviano, tan superficial, tan desarraigado que la tradición molesta como un lastre. Es a esas alturas que, después de años de confrontación, la literatura urbana le ganó la guerra al nativismo. Y lo mismo sucedió con la música. Y no fue por falta de público. Aún hoy existen tres o cuatro autores nativistas que de ser reeditados dentro de un marco promocional adecuado, cosecharían mares de lectores. ¿Cuántos lectores tuvo El pozo, ese mojón de la literatura urbana? Pero ese es un mal punto de partida porque la calidad de un hecho artístico no tiene nada que ver con el éxito que obtiene. Pero lo contrario también es válido. El que sea un producto tentador y codiciado no significa que sea malo, o demagógico, o vicario. Alcanzó una honda y expansiva sintonía, eso sí. ¿Qué libro nacional logró mayor tiraje que el Tacuruses de Serafín J. García? ¿Por qué volvió el folclore con fuerza? La atención juvenil, por lo general volátil y dispersa, atosiga festival y mitines de la orientalidad en el interior y en la capital. Raúl Iturria presenta la semana que viene en Tratado de folclore, donde se acomete la experiencia "folk" desde todos los ángulos: el literario, el musical, el antropológico, el de los hábitos y profundos, lo que se ha vuelto tan popular que casi no se le ve por sobreexpuesto o tan profundo que parece escondido. El de los modismos, los giros vinculados a la sanidad, las leyendas y los mitos. No es casual que el enfoque venga de las manos de un descendiente de vasco, otro bicho loco por sus raíces. Y que a la vez sea hijo de Sarandí del Yi, los pagos de Elías Regules.