El poder renovador de lo tradicional

Este concierto que por los problemas organizativos que está sufriendo el Sodre fue —como el último de Gamba— muy mal publicitado, marcó la segunda presencia en un mes del joven director Martín García al frente de una sinfónica: primero fue la Filarmónica y ahora la Ossodre, que aunque comparten muchos de los músicos, son dos realidades diferentes.

Desde ya hay que decirlo: luego de estas dos muestras debemos otorgarle a Martín García un generoso crédito, en tanto a juzgar por los resultados obtenidos (en las condiciones nada ideales en que se trabaja en nuestro medio) se aprecia una personalidad con perfiles propios y con convicciones estéticas claras. Y sin duda que esto fue captado por el grupo, quien tuvo un muy buen rendimiento a pesar (o quizás por eso mismo) de los cambios propuestos por un director que sólo tiene 26 años.

El primero de ellos, muy visible, fue la manera en que distribuyó las secciones instrumentales en el escenario. Rompiendo con lo acostumbrado, en el costado donde se sitúan los violonchelos y los contrabajos ubicó los segundos violines, a quienes separó de los primeros enfrentándolos a cada lado del podio, en la línea que marca el límite exterior del proscenio.

Entre otras causas, esta opción responde a que García entiende que el diálogo entre primeros y segundos violines son parte importante tanto en Mozart como en Brahms, y de esta forma ese aspecto logra resaltarse cabalmente. Por otra parte, la ubicación de los chelos no tan sesgados a la platea hizo que el sonido (que es unidireccional en el caso de ese instrumento) llegara más puro a los oídos del público.

La otra propuesta digna de resaltar es la conformación claramente diferenciada de la orquesta para cada caso: menos de 45 integrantes (orquesta de cámara grande) para el Concierto de flauta de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), y 80 músicos para la Cuarta Sinfonía de Johannes Brahms (1833-1897). Así, el propio sonido ya nos sitúa en épocas y conceptos diferentes, y a la vez de ser más fiel a la historia de la música, le otorga mayor riqueza y variante al concierto como espectáculo.

El comienzo con la Obertura de Las bodas de Fígaro, de tanto que se ha tocado en los últimos tiempos en las temporadas locales, parece una "cortina musical" que anuncia el inicio de un concierto. Y aunque sus atributos son evidentes, la repetición se encarga de devaluar un poco la partitura. De entrada, la orquesta sonó equilibrada y ajustada, lo que anticipó el buen desempeño general que logró durante toda la noche.

A esta altura de la temporada parece un hecho consumado la mejora que la Sinfónica del Sodre ha experimentado con los cambios producidos en su plantilla como consecuencia de los concursos de febrero y de las bajas por retiros. El importante número de músicos jóvenes que ingresó (con el entusiasmo que ello implica) le ha venido muy bien a una orquesta que la temporada pasada tuvo una actuación sencillamente mediocre.

En casi todas las secciones se advierten mejoras, sobre todo en la fila de trompas (cornos franceses), más allá de las fallas que la falta de experiencia pueda ocasionar esporádicamente, como sucedió en ciertos pasajes de la sinfonía de Brahms, en donde dos chicas muy jóvenes protagonizaron un par de desafinaciones notorias, que por suerte fueron excepciones.

Y hablando de jóvenes, la actuación de Florencia Romero como solista en el concierto de Mozart confirmó su pericia técnica y alto grado de musicalidad que posee. Si bien al comienzo su sonido pareció un poco tímido, enseguida el volumen se acomodó en el nivel esperado, aunque tal vez el problema haya sido el alto volumen con que la orquesta ingresó a la partitura. Si alguna duda podía quedar en aquel inicio, su perfomance en la primera de las tres cadenzas (la más larga) resultó impecable y seguramente templó el ánimo de la flautista, a quien de ahí en más resultó un placer escuchar.

Por su parte la orquesta recreó logradamente el costado vivaz y fluido de la música mozartiana, a la vez que el espíritu bailable que se hace presente varias veces en la pieza fue delineado con eficacia. Un acierto más del director.

La cuarta y última sinfonía que escribió Brahms se acopló muy bien con el resto del repertorio, porque se trata de una obra en la cual el compositor alemán parece superar las exageraciones y arrebatos del romanticismo para internarse en una especie de neoclasicismo. Porque el material sonoro está organizado siempre cuidando el equilibrio en todos sus planos: rítmico, armónico, dinámico, y el las duraciones de las distintas partes que el compositor va ensamblando con mano maestra.

El único momento discutible es la antesala del final, en donde el discurso musical cae como en un pozo durante demasiados compases, lo que provoca incluso que el levante final se sienta como artificial. En definitiva, la recreación que la Ossodre guiada por Martín García hizo de esta sinfonía tuvo el suficiente nivel de transparencia como para que, disfrutado, se pudiera seguir de cabo a rabo una narración sonora que parece guiada por un argumento cuyo significado último se nos escapa.

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CRITICA| EDUARDO ROLAND

ORQUESTA SINFONICA DEL SODRE

Noveno concierto de la temporada

Director. Martín García

Solista. Florencia Romero (flauta)

Programa. Obertura de Las bodasde Fígaro y Concierto N° 1 para flautay orquesta K 313 de Mozart y Sinfonía N° 4de Brahms.Lugar. Sala Brunet, sábado 12 de julio

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