El nuevo gran invento

Rebar

El ingenio humano no tiene fronteras. Por ejemplo, en los campos de la investigación médica aparecen, periódicamente, prodigiosas fórmulas para prolongar la vida, que pueden ir desde una simple aspirina hasta la sana costumbre de no escuchar grabaciones de Magaldi. Los científicos aplican todo su conocimiento y toda su fe, para estudiar nuevas formas de asegurar a los vivos, un "ratito" más en la Tierra. Pero, ahora, hay mentes creativas que se preocupan por alargar la vida de los muertos. Me explico.

En Chile, existe una respetable agrupación evangélica de fervorosos cultores, que bregan día a día por trasmitir a la comunidad las virtudes de esa religión: pero, rebasando los valores espirituales de tal prédica, hay entre ellos algunos integrantes que pueden desenvolverse, asimismo, en el terreno de lo práctico: son personas imaginativas, que a veces desembocan en inventos originalísimos, como uno que terminan de presentar en público: el ataúd con sonido de alarma. Así como suena... la alarma.

Está destinado a aquellos seres que, poco después de ser depositados en el féretro, no tienen oportunidad de publicar un desmentido que aclare que aún están vivos. En tal caso, podrán apretar un botón que producirá una sonoridad suficiente como para que lo oigan todos quienes están en ese momento a su alrededor, asistiendo condolidos a su velamen... (como decía un amigo mío —fanático del yachting— en lugar de velorio). Movilizada la gente, una oportuna apertura del ataúd devolverá a la vida al circunstancial ocupante, poco antes de partir hacia la última y definitiva propiedad horizontal.

Hace muchos años (postrimerías del Siglo XIX) ocurrió en Montevideo un episodio que viene al pelo recordar en esta ocasión. La población era diezmada por una feroz epidemia de fiebre amarilla (la segunda en término de treinta años) y los cadáveres podían verse hasta por las calles. Algunos voluntarios se prestaban para recogerlos y darles sepultura. Iban en una carreta con techo de cuero, y sumaban centenares por día. Los "enterradores" se enteraron de que en el Tupinambá, —el café más concurrido de la época— el propietario estaba moribundo luego de sufrir un desmayo. Hasta allí llegaron, y se enfrentaron a un aprendiz de difunto, lívido el rostro, sudorosa la frente, sin conocimiento... "Fiebre amarilla", diagnosticaron. Le dijeron "Vamo’arriba" y marcharon con el popular dueño del Tupí, don Francisco San Román, rumbo al Cementerio del Buceo. A mitad de camino, los conductores del carromato bajaron en un boliche para tomar unas cañitas de La Habana que pusieran unos acordes de alegría en aquella marcha fúnebre. Mientras descendían, comentaban: "Pobre el gallego del Tupí: cómo vino a morir"...

Don Francisco los oyó claramente, y se dijo para sí: "¡Gallego, sí: del Tupí, también... Pero muerto, no!"... La cultura no le alcanzó para rematar la frase con un rotundo "Luego, existo". Pero sí se dio cuenta de que existía y de inmediato pensó en zafar de esa situación. Cuando los dos hombres entraron al boliche, él pasó por encima de la pila de cadáveres y saltó al camino. Pudo ocultarse detrás de unos cajones de gallinas y permanecer allí hasta que el macabro vehículo se alejó, sin que sus "transportistas" se enteraran del hecho. Como mejor pudo, San Román llegó a su hogar, donde la parentela elevaba fervorosos rezos por su descanso en paz. Luego de increparles la falta de interés familiar por averiguar qué había pasado con él, se echó a dormir con total tranquilidad.

Verdaderamente, don Paco, usted se mandó el mejor chiste de gallegos.

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