MATÍAS CASTRO
Si hablamos de excentricidades de los famosos, como en las dos últimas columnas, seguramente coincidiremos en que Lady Gaga es la número uno. O al menos aparenta serlo. Esta cantante de veinticinco años es el bicho más raro del mundo de los famosos. Al menos en lo que tiene que ver con su aspecto, ya que su música es más o menos un reciclaje eficiente y ganchero de muchas cosas ya existentes.
Lady Gaga trabaja duro de verdad para que el mundo la vea como una excéntrica. No hay ocasión en que aparezca vestida o maquillada con algo de normalidad, cosa que el común de la gente no puede hacer. De todos modos casi todos tenemos nuestras pequeñas excentricidades, como había dicho el martes, que se reflejan en detalles mínimos que conocemos solo nosotros y que nos aseguran un pequeñísimo rincón de autonomía y libertad. Esos pequeños caprichos que nos permitimos, aunque sea en el orden de los sellos y del papel carbónico en un escritorio, tienen una correspondencia con los caprichos de las celebridades, potenciados siempre al máximo por el divismo de cada uno y también por los medios.
Al estar potenciados, los caprichos se presentan como cosas superlativas, fuera de lo común y también como tema de conversación. Es inevitable pensar en los melones cuadrados que pretendía Axl Rose para el hotel cuando tocó en Uruguay el año pasado. Y también es inevitable pensar en las listas que frecuentemente se divulgan sobre lo que piden los cantantes en sus giras.
Cuando Britney Spears viajó a San Petersburgo con su última gira, pidió media tonelada de cubos de hielo para su equipo de doscientas personas y doscientas toallas, todas del mismo color. Y como ella, Luis Miguel, Julio Iglesias, Ricky Martin y muchísimos otros cantantes tienen listas muy claras de exigencias para lo que quieren tener en sus camerinos y en sus escenarios. Pero en lugar de ofrecer libertad como pasa con el común de la gente, esas caprichosas exigencias solamente les dan seguridad de encontrar siempre lo mismo para hacer sus trabajos.