MATÍAS CASTRO
La semana pasada leí que el nuevo programa de Paris Hilton en la televisión, El mundo según Paris, había tenido una audiencia de unos 400 mil espectadores y que eso se consideraba bajo. No le di importancia. Ayer encontré una nota que comentaba sobre lo mismo, pero incluía el dato que esos 400 mil eran el 4% de los que miraban el reality show que la lanzó a la fama hace varios años. Esto quiere decir que en su momento la miraban unos diez millones de personas. ¿Debería haberle dado importancia ahora que tenía la cifra? En realidad no. Me da lo mismo si la miran veinte personas o quince millones. Eso no hace peor ni mejor al mundo.
Lo que me llamó la atención es que la cifra haya bajado tanto y también que los comentaristas televisivos hayan apuntado que lo que ella presentaba era, básicamente, más de lo mismo. Y si alguien tenía alguna duda, el título El mundo según Paris deja bien claro qué se muestra allí. En los programas de MTV que la hicieron famosa, en los que se metía en situaciones de la vida diaria de gente trabajadora junto a Nicole Richie, también se mostraba el mundo según Paris.
En su momento Paris Hilton, y obviamente los productores de su programa más su manager, demostraron que la ostentación real era vendible. El mundo consumía ostentación desde antes a través de revistas de chismes sobre famosos y realeza, pero necesitaba verla en forma de reality show. Eso trajo Paris, una adelantada en el asunto.
El coletazo más cercano se vivió desde Argentina con la aparición de Ricardo Fort hace dos años y todo lo que hizo al mostrar su vida en programas de televisión y obras de teatro. Y, casualmente, se trata de un heredero millonario adorado por gente que no accederá a un lujo sin endeudarse hasta el cuello.
La vuelta de Hilton no enganchó como se preveía. Ella ya cosechó su fama, pero el público quiere algo distinto. Ya se sabe cómo es. La ostentación seguirá siendo un buen elemento de ventas, pero necesita ser vendida de otra forma.