THE NEW YORK TIMES | JON PARELES
Es uno de los pocos eventos definitivos del final de los `60 que tuvo un final feliz definido. Del 15 al 17 de agosto de 1969, cientos de miles de personas -yo entre ellos-, nos reunimos en un hermoso anfiteatro natural en Bethel (no en Woodstock).
Escuchamos a algunos de los mejores músicos de la época, disfrutamos otros placeres, legales e ilegales, soportamos la lluvia y el barro y el cansancio extremo o el hambre como una comunidad gigante. También nos dispersamos sin que se generara algún tipo de catástrofe.
Un año después de los disturbios en la Convención Demócrata de Chicago, las expectativas sobre grandes aglomeraciones de jóvenes eran tan bajas que lo ocurrido se consideró una sorpresa. Si bien el festival no fue como lo planearon, el aviso decía claro: tres días de paz y música. Eso volvió a Woodstock un idilio, particularmente en retrospectiva y teniendo en cuenta que había sido declarada un área de desastre en aquel tiempo.
"Sin importar su personalidad, sus vestimentas y sus ideas, ellos eran y son los más corteses, considerados y educados grupos de chicos con los que estuve en contacto en mis 24 años de servicio", decía Lou Yank, por aquel entonces jefe de Policía de la localidad cercana de Monticello, al New York Times.
AZAR. Pero además de todas las memorias benignas, Woodstock también puso en movimiento otros impulsos insensibles. Si bien sus primeras repercusiones tenían que ver con el asombro, el legado del festival siempre ha estado vinculado con el exceso como idealismo. A medida que las décadas pasan, el festival parece más que nunca como una casualidad: un momento de increíble y barrosa gracia. Fue mucho más un punto de cierre que de comienzo, unas vacaciones de inocencia y suerte tonta, antes de que las realidades del capitalismo siguieran su curso.
El público joven y de centroderecha -chicos lindos incluyendo estudiantes, artistas, trabajadores y políticos, tanto como hippies emplumados y rebozantes de LSD- fue rápidamente reconocido como un potencial ejército de consumidores a los que los mercaderes del "mainstream" no iban a subestimar una vez más. Había mucho más para vender, aparte de revistas y LPs.
El Woodstock original conserva un brillo optimista. Tuvo un fin y fue con sonrisas, algo bien distinto de lo que ocurría con la guerra de Vietnam, las tensiones raciales y el bache entre generaciones de la misma era. Woodstock se volvió libre en ambos sentidos de la palabra: fue gratis y además, suelto de las leyes y los códigos de vestimenta. Como Wavy Gravy dijo "fue un desayuno en la cama para 400.000 personas".
El público llegó al lugar del festival con más drogas que equipos de campamento. Tenían un concierto gratis, y como los responsables no pudieron manejar la logística, el gobierno los dejó de lado. Pero todos los actores -policía, médicos, músicos, tenedores de tickets, etc.- compartieron un sentimiento de humanidad y cooperación.
A lo largo del fin de semana, la gente fue amable entre sí y los músicos tocaron para la audiencia más grande de sus vidas. La gente del pueblo y la Guardia Nacional se preocuparon de tener a los asistentes sanos y alimentados. Nadie llamó "cerdos" a los policías, según contó también el New York Times.
Un lunático con una pistola podría haberlo cambiado todo. El Festival de Altamont, marcado por la violencia, ocurrió apenas cuatro meses después. Milagrosamente, en Woodstock no pasó nada.
Minutos después de que la fiesta había finalizado, existía un convencimiento de que era materia de leyenda. De un ideal amorfo pero vívido, con un documental ganador de Oscar, el film Woodstock de 1970, que probó que eso no fue una alucinación. El film además fue una lección acerca de cómo los derechos de retransmisión pueden ser rentables: el festival perdió dinero, pero el film lo recuperó y multiplicó las ganancias finales.
SALTO. El tamaño de la convocatoria fue gravitante. Los Beatles tocaron para 55.000 personas en el Shea Stadium y el festival de Newport de 1965 atrajo a 71.000 personas por espacio de cuatro días, entre otros eventos masivos. Si Woodstock hubiera cumplido con su previsión -de entre 100.000 y 150.000 personas- hubiese sido un festival de tantos. De hecho, el de Monterrey en 1967 alcanzó las 200.000, por ejemplo.
Luego de que Woodstock renunció a la venta de tiques y se declaró un festival libre, creció hasta las 400.000 personas, más del doble de los festivales previos. A ese número no se hubiera podido llegar si hubiese dependido del tráfico, pero cientos de miles llegaron al lugar caminando.
Fue la primera vez que la cultura hippie, aparecida dos años antes del verano del amor, realmente salió de su aislamiento. De momento, este tipo de gente había aparecido en pueblos, los que escuchaban rock se sentían como "outsiders". Sin embargo, allí fue cuando se les reveló esa muchedumbre gigante de la que formaban parte. Probó que no eran miembros de una minoría, sino de una cultura mucho más grande, o mejor dicho, de una contracultura.
En Woodstock, el movimiento hippie alcanzó simultáneamente su pico de visibilidad a la vez que se abrió a la imitación y trivialización, volviéndose así una rebelión más que se convierte en una marca de estilo.
Para los verdaderos creyentes, Woodstock siempre fue sobre la cooperación y la ayuda mutua, y sobre hacer el amor, no la guerra. En un momento en que EE.UU. se dividía entre águilas y palomas, una paloma se sentaba sobre una guitarra en el logo del festival. Pero Woodstock fue además un montón de gente que se pasó el festival drogada y divirtiéndose, lo cual era mucho más fácil que cambiar el mundo.
Además, significó un cambio en la experiencia de la música en vivo, con las bandas pasando de teatros a las grandes arenas: los estadios. Comenzaban las eras de grandes zapadas y solos vistos por las masas, que años después torpedearía el punk rock.
Las audiencias comenzaron a crecer; 600.000 personas llenaron el festival de la Isla de Wight en 1970. De todas formas, Woodstock se citaba como el ejemplo y el espíritu de cada una de estas fiestas, aunque fueran más pequeñas u ofrecieran más comodidades.
Desde allí, he ido a muchos festivales, los cuales, antes o después, implican barro. Algunos son grandes y ampulosos, otros tienen la familiaridad del ritual. Pero todas ellas fueron experiencias de consumo: un paquete de entretenimiento de música agendada y puestos de venta convenientes.
Woodstock fue diferente. Fue una aventura caótica, abrumadora, incierta, a veces estática y a veces espantosa. A pesar de que yo no usé drogas, tuve la sensación de que ese público no era una simple audiencia, que algo más estaba en juego. Sentí que Woodstock intentaba probarle algo al mundo. Lo que probó -al menos por un fin de semana- fue efímero y muy inocente, no pudo hacer frente a la naturaleza cotidiana del ser humano ni al pragmatismo del mercado. Pero 40 años después, esa sensación perdura.
Los pelos largos que perdieron sus ideales
Políticos como Abbie Hoffman, que es recordado hasta el día de hoy por haber acuñado el término "Nación Woodstock", querían mostrar al festival como un símbolo contra la represión. Pero el músico Pete Townshend, de The Who, sacó a Hoffman del escenario a punta de guitarra cuando el político interrumpió el show para protestar el encierro por posesión de drogas del activista John Sinclair.
Había fervor antiguerra en algunas canciones como Handsome Johnny, de Richie Havens. Joan Baez habló sobre su marido, que en ese momento estaba en prisión, y cantó We shall overcome. Además, Woodstock tuvo canciones de amor, blues y extendidas sesiones de zapadas a la guitarra. Por allí pasó Jimi Hendrix con su Star-Spangled Banner.
Después del ruido, la utopía comunal del aura de una "Nación Woodstock" dio paso, en realidad, al "Mercado Woodstock": un grupo demográfico, un target publicitario en donde los sueños de la mayoría de las personas se volvieron comodidades satisfechas por el mercado. Una audiencia más amplia se dio cuenta de que se podía disfrutar de la música, las drogas y la diversión sin las trampas ideológicas.
Pronto, todo el mundo era un cuasi-hippie; el pelo largo en hombres no volvió a significar ningún principio específico que defendieran.