Obras del norteamericano William S. Burroughs y de los uruguayos Agueda Dicancro y Miguel Herrera, pueden verse en la flamante Bohemian Gallery de Carrasco (Lieja 6416), de martes a sábados entre las 10 y las 20 horas.
La inauguración de esa galería es un hecho a destacar doblemente, porque se incorpora a un circuito donde escasean las salas debidamente equipadas que ofrezcan al expositor cierto margen de maniobra para desplegar un montaje. Aquí se dispone del espacio principal (bajo la gran techumbre quinchada del arquitecto Juan A. Scasso) junto con el vasto jardín y otros ámbitos secundarios que sirven para articular el itinerario de una muestra. La iniciativa estuvo a cargo de la uruguaya Virginia Robinson, que trabaja en Estados Unidos desde hace décadas, dirige la galería y tuvo la bienvenida intrepidez de hacer este aporte al medio artístico local, estableciendo un convenio con la Intendencia Municipal. El público debe saber que la nueva galería dispone de una tienda con venta de objetos y libros, así como un restaurante que por la tarde también funciona como salón de té.
La exposición inaugural está presidida por el norteamericano William S. Burroughs, un escritor fallecido hace quince años cuyas novelas y cuentos le dieron celebridad mundial y hasta pasaron al cine en vida del autor (con dirección de David Cronenberg, en 1991). Algunos de esos libros se caracterizan por la falta de una continuidad narrativa, pudiendo ser leídos en cualquier orden, de acuerdo a la indicación del propio Burroughs, que allí ya practicaba una ruptura de la forma, recurso más frecuente en las artes visuales. Pero el escritor, que era un individuo excéntrico y un poco maldito, también incursionó en esos otros terrenos y produjo una obra de la que en este caso puede verse una serie de grabados y otra de pintura sobre tablas. En ambos géneros el tema son los siete pecados capitales, que en el caso de los grabados se desdoblan en siete textos impresos que acompañan cada pieza, dando al conjunto un ritmo literario y un vínculo con los otros menesteres del artista.
La muestra se desarrolla en torno a una larga mesa que exhibe fotos de Burroughs en pleno trabajo, una operación que tuvo sus extravagancias, porque el artista perforó las tablas de sus pinturas con balazos de escopeta que las desgarraron, quizá como metáfora de los estragos provocados en el espíritu por esas transgresiones a la ley religiosa. Las obras resultantes, empero, carecen de un impacto similar a esos disparos y tampoco tienen el remolino de sugerencias que pudo girar en esa procesión de la lujuria, la ira, la envidia, el orgullo o la gula. Se limitan, igual que los grabados, a colorear cada pecado con la paleta que mejor lo ilustra y a defenderse con la lustrosa firma que llevan, que es el nombre de un oficiante consagrado por famas tangenciales. En todo caso, la presencia en Montevideo de los trabajos de Burroughs es un aporte que cabe agradecer a beneficio de inventario.
EXALTACIÓN DEL VIDRIO. Las esculturas de Agueda Dicancro comparten de manera algo azarosa la sala central, a partir de la enorme obra de la entrada, resuelta con planchas y cordones metálicos, donde un racimo de cables atraviesa dos columnas aludiendo al monstruoso desarrollo de los sistemas de transmisión en un mundo tecnificado o tal vez a la circulación de las emociones a través de los pilares de la conciencia. El poderío de esa construcción domina el entorno y posterga un poco la presencia de otras dos obras más discretas, una de las cuales -la silla negra con su elevado respaldo de bandas de vidrio ondulado- es muy hermosa, atestiguando la sensibilidad con que esta artista del vidrio maneja su material, la inventiva formal con que sabe engarzarlo en sus habituales soportes de madera y la carga de ideas que abastece sus trabajos, logrando que de esas propuestas se desprendan climas que las enriquecen, al prestarles una lectura múltiple llena de transparencias de significado.
Las piezas de Agueda respiran mejor en la amplitud del jardín, donde un abanico de vidrio surge como si amaneciera sobre una robusta cruz de leños, y dos brillantes tiras rojas se levantan sobre unas ruedas de hierro, como ejemplos de la holgura con que la escultora trabaja en un formato monumental, felizmente aliado del aire libre. También sabe sin embargo derivar a una escala menor, para las piezas que parecen flotar en el estanque central y que emergen de la superficie como caparazones de tortugas marinas o floraciones de una planta acuática, donde el líquido redobla los destellos del material. En uno de los bordes de ese espacio exterior, ubicada de manera discutible junto a los ventanales del salón gastronómico, una hilera de postes en los que Agueda enarbola banderines de vidrio azul, acompaña una selección que jerarquiza el ámbito de la flamante institución.
Pero además hay obras de Miguel Herrera Zorrilla, un artista que desde su regreso de Estados Unidos se ha destacado por la singularidad de su lenguaje, la libertad con que lo expresa y el humor que lo reviste. Aquí logra atrapar la atención del visitante con el saco tallado en madera que cuelga jocosamente de una percha y sobre todo con su escultura del gran caballo instalada en el jardín. Esa pieza armada con planchas de metal ribeteadas de tachones, es un disfrute de ingenio y de gracia formal, digno de este surrealista que hace unos años componía paisajes urbanos de cartón recortado, con el mecanismo de esos libros cuyas ilustraciones se levantan al abrir la tapa. La presencia de Herrera obliga a demorarse en medio del recorrido por los senderos de la Bohemian Gallery, donde la escultura (gracias a Agueda y gracias a él) depara un variado placer que además es el mejor auspicio para esa actividad inaugural.
Desde Kansas
La norteamericana Bohemian Gallery & Museum of Contemporary Art, tiene su casa central en Kansas City, pero ahora abrió su sede montevideana en los recuperados espacios del Tajamar de Carrasco, un viejo bastión de actividades musicales y mundanas inaugurado en 1942, que estaba abandonado desde hace años.