GUILLERMO ZAPIOLA
Libros y cables se empeñan en convertirlo en un antecedente de Indiana Jones, pero es más razonable pensar que si Steven Spielberg lo hubiera incorporado a una de sus películas habría hecho de él, más bien, uno de los villanos enemigos de Indy.
De todos modos, es casi seguro que Spielberg había oído hablar del arqueólogo alemán Otto Rahn cuando hizo en 1989 Indiana Jones y la última cruzada. Porque tanto el histórico Rahn como el ficticio Henry Jones, el padre de Indy encarnado por Sean Connery en esa película anterior, estaban obsesionados por el hallazgo del Santo Grial, la copa de la Última Cena en la que también habría sido recogida la sangre de Cristo luego de la crucifixión. Y es igualmente un dato histórico que Rahn transmitió su obsesión a algunos de los principales jerarcas del Tercer Reich, generando una historia por lo menos tan curiosa como cualquier aventura de Indy.
Hay que aclarar de todos modos que, en la mitología nazi, el Grial no se identifica necesariamente con la copa de la tradición cristiana sino que entronca con vertientes esoté-ricas anteriores. No sería una copa, en realidad, sino un libro que contendría ciertos secretos de la tradición ocultista. De todos modos es un dato que Rahn primero y los nazis después creyeron que el Grial fue preservado por los sacerdotes judíos hasta que el Templo de Jerusalén fue arrasado por las tropas de Vespasiano en el año 70. Los romanos se habrían llevado la sagrada reliquia a su capital, donde habría sido a su vez robada por las tribus bárbaras en los siglos de la decadencia del Imperio. Tras diversas peripecias, esa versión de la leyenda sostiene que el Grial habría llegado a manos de los cátaros, secta herética casi exterminada por las tropas católicas de Simón de Montfort que tomaron su capital, la ciudad francesa de Montségur, en 1244. Antes de la caída de la ciudad, tres caballeros cátaros habrían ocultado el legendario objeto en una cueva cercana a Montségur.
Por supuesto, no es la única historia sobre el Grial que corrió durante los tiempos medievales y aún después: la más famosa es la que supone que la copa fue llevada a Inglaterra por José de Arimatea y la vincula al ciclo arturiano; la más reciente y patética sostiene que el verdadero Grial fue María Magdalena, embarazada de Jesús, y ha dado pie a los inventos de Dan Brown en El Código Da Vinci.
Otto Rahn creía empero en la versión cátara, y se esforzó por confirmarla. Del mismo modo que Schliemann se inspiró en La Ilíada para encontrar Troya (o algo parecido), Rahn extrajo del épico Parsifal del siglo XII la inspiración para su búsqueda personal.
No se sabe mucho acerca de Rahn, salvó que nació en Michelstadt en 1904, fue un académico esforzado, estudió a fondo todo lo que llegó a sus manos sobre el tema que lo obsesionaba, y en 1931 realizó excavaciones en los alrededores de Montségur. No encontró el Grial, pero sí un complejo de cuevas subterráneas que los cátaros utilizaban para algunas de sus ceremonias.
A partir de esas exploraciones iniciales, Rahn escribió un libro, Cruzada contra el Grial, que llamó la atención de la gente menos recomendable. En 1933 recibió un telegrama en el que le ofrecían mil marcos mensuales por escribir una secuela de su libro, y lo invitaba a una dirección en Berlín. Allí se encontró con Henrich Him- mler, el jefe de las SS.
A partir de ahí Rahn se convirtió en un no demasiado entusiasta colaborador de la Ahnenerbe (Comunidad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral), un equipo de sabios al servicio de las SS empeñados en encontrar evidencia científica que respaldara las teorías nazis sobre la superioridad aria.
Himmler estaba no menos obsesionado que el propio Rahn por el hallazgo del Grial, y hasta había mandado hacer un pedestal que recibiría la reliquia cuando fuera encontrada. Incidentalmente, no fue el único "símbolo de poder" dotado de presuntos atributos sobrenaturales que los nazis se empeñaron en encontrar: Hitler estaba interesado también en la "lanza de Longinos", el arma del oficial romano que atravesó el costado de Cristo en el Calvario, de la cual existen por lo menos cinco versiones en cinco iglesias europeas diferentes.
Rahn recibió todo el apoyo de las SS para su búsqueda, y en una fecha tan tardía como 1942 los nazis continuaban realizando excavaciones en los alrededores de Montségur, en la Francia ocupada, mientras a su alrededor fulguraba la Segunda Guerra Mundial.
Para entonces Rahn había muerto ya, el 13 de marzo de 1939. Se especuló con la posibilidad de que haya sido un asesinato, pero la versión más difundida es la de que falleció congelado (y acaso envenenado) en la cima del monte Wilden Kaiser, practicando una forma cátara del suicidio ritual. Ya había dejado por escrito sus últimas andanzas en un segundo libro, La corte de Lucifer: un viaje herético en busca de los Portadores de la Luz.
Las razones que provocaron en definitiva la caída de Rahn fueron varias, pero la más importante fue seguramente el hecho de que nunca encontró el Grial. La decepción de Him-mler lo hizo sacar a relucir otros motivos para desconfiar de él: tal vez tuvo ancestros judíos (aunque no parece haber sido consciente de ello), se permitía en privado criticar a los nazis, visitó Dachau y no le gustó lo que vio, fue probablemente homosexual.
Desde entonces, la leyenda de Rahn no ha dejado de crecer, y no es infrecuente encontrar en las páginas web ocultistas referencias a su persona. Allí se sostiene incluso que no habría muerto sino que, adoptando otra personalidad, llegó a convertirse en embajador alemán en Italia. De todas maneras, el individuo sigue siendo un misterio. Se afirma por ejemplo que cuando un amigo lo encontró luciendo un uniforme de las SS se justificó, avergonzado: "Un hombre tiene que comer".
Entretelones de una vida muy extraña
Más allá de cualquier coincidencia (u oposición) con Indiana Jones, la figura de Otto Rahn ha vuelto recientemente a la luz pública a partir de una biografía escrita por Nigel Graddon, Otto Rahn and the Quest for the Holy Grail: the Amazing Life of the Real Indiana Jones, aunque es un nombre que se suele citar con frecuencia en libros de rigor discutible dedicados a las relaciones entre el nazismo y los grupos ocultistas, por ejemplo los libros de Trevor Ravenscroft, o Hitler y la tradición cátara de Jean-Michel Angebert (este último, sin ir más lejos, le dedica un considerable espacio a las búsquedas de Rahn).
La reciente biografía de Graddon aporta al parecer información adicional. Da por seguro que Himmler y él compartían una fascinación común por el alpinismo y el Grial, y que Rahn aceptó pactar con las SS por razones económicas: simplemente, necesitaba fondos para sus trabajos arqueológicos. Un observador ha señalado, por ejemplo, que algún comentario gruesamente antisemita incorporado en su libro La corte de Lucifer es realmente una interpolación realizada por manos anónimas, y no debe ser responzabilizado por ello.
De lo que hay pocas dudas es de que Rahn aceptó nadar en la misma piscina que algunos tiburones muy desagradables, y pagó por ello. En algún momento se lamentó de la situación de Alemania y al parecer dijo sentir "mucha tristeza por mi país. Es imposible para un hombre tolerante y liberal como yo vivir en la nación en que mi país se ha convertido".
En 1937, Rahn renunció a las SS, acaso sin entender de que se trataba de la clase de organización a la que se puede abandonar únicamente si uno está muerto. También es posible que haya tenido contactos con la inteligencia británica. En todo caso, no es por cierto descartable la teoría de que los sicarios de las SS le dieran la opción del suicidio.
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal
CRÍTICA | MATÍAS CASTRO
FICHA
EE.UU. 2008. Título original: Indiana Jones and the kingdom of the crystal skull. Dirección: Steven Spielberg.
Intérpretes: Harrison Ford, Cate Blanchet.
La misma acción pero 20 años después
La cuarta aventura del arqueólogo menos arqueólogo del mundo está planteada como si fuera una más de la serie, tal como si hubiese sido concebida hace 18 años. No es una vuelta nostálgica al personaje, ni una despedida, ni un auto homenaje. Es una buena aventura, con mucho humor, la suficiente cantidad de acción, pero deja con ganas de "más villana".
La rusa Irina Spalko, que interpreta Cate Blanchet, tiene todo para imponerse. Sin embargo algo falta en su interpretación ya que, si bien es cierto que en la serie de Indiana los villanos nunca fueron lo más memorable, uno queda con ganas de que actúe con más vehemencia.
El resto de la aventura tiene los habituales elementos de intriga y fantasía. El guión mezcla de todo: KGB, CIA, Nazca, culturas precolombinas, extraterrestres, pruebas atómicas, paranoia anticomunista. Lo mezcla fuerte y de ahí sale una aventura que tiene más de matiné que de cine de acción moderno. Por suerte. Y si a los efectos especiales y a Harrison Ford se les notan los 19 años que han pasado desde Indiana Jones y la última cruzada, a Spielberg no tanto. Afortunadamente el director ha dejado de lado toda esa seriedad con que se tomaba a sí mismo desde que hizo La lista de Schindler y junto con su equipo (en este mérito hay que incluir a George Lucas y a los guionistas) recuperó el afán de asombro preadolescente de sus viejas películas.
Y a pesar de que conoce muy bien los tiempos que corren y sabe que hoy el mundo del entretenimiento pago es dominado por los videojuegos, el zapping e Internet, no se dejó llevar por el ritmo frenético que el cine de acción adquirió en este contexto. A diferencia de otras películas, en ésta la acción se entiende claramente, el espectador sabe qué ocurre, para dónde van los personajes y cómo son atacados. Parece que incluso quiso recrear el ritmo de las tres películas anteriores, cosa bastante rara.
Gente sin nada que hacer, o la cacería mayor del gazapo
Una de esas páginas web cuyos responsables no tienen otra cosa que hacer que buscar gazapos en las películas se ha dedicado a reunir las metidas de pata más visibles que hay en la continuidad o la información histórica manejada en Indiana Jones en el Reino de la Calavera de Cristal.
En realidad, gazapos hay en todas las películas (en Río Bravo alguien enciende una luz, y sobre la pared del fondo se proyectan dos sombras en lugar de una, generadas por los dos spots que realmente iluminan la escena), y algunos de los errores de continuidad son meras trivialidades (latas de ketchup caídas en una toma y verticales en la siguiente) y los de esta aventura de Indy no estropean la diversión. Los puristas en Indiana pueden señalar, de todos modos, que en 1953 Belice se llamaba Honduras Británica, y que la bombilla LED que se ve en un señalizador de cuenta atrás comenzó a existir recién en 1962.