Detengase a mirar todas estas cosas

| Desde Egipto a Inglaterra: dos ejemplos para admirar en la capital española

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JORGE ABBONDANZA

Uno de los privilegios de integrar la Unión Europea consiste en compartir la formidable dinamización del intercambio cultural. Como ejemplo de ese fenómeno integrador cabe aludir a la copiosa lista de elencos europeos que en estos días figura en el Festival de Otoño de Teatro, un acontecimiento que se celebra todos los años en Madrid con algunas presencias magistrales. Otro ejemplo al respecto son las grandes muestras de arte, que suelen abastecerse con un material que viaja fluidamente entre las capitales europeas, como ocurre en estos meses con la exposición Prerrafaelitas, la visión de la naturaleza, cuyas 150 obras seguirán colgadas hasta el 9 de enero en las salas de la Fundación La Caixa, sobre la calle Serrano.

MARAVILLAS. Ningún uruguayo que piense viajar a Madrid en ese plazo debe saltear la muestra, porque los paisajes del prerrafaelismo —una corriente de breve duración que se generó en la Inglaterra de 1850— son un prodigio. Dibujos, acuarelas, óleos, grabados y hasta fotografías con cierta manipulación técnica, integran la exhibición de lo que fue una tendencia volcada a la naturaleza, impulsada por la prédica del artista, crítico y profesor John Ruskin desde que ese teórico publicó en 1843 el primer volumen de su obra Pintores modernos. Con un temperamento despótico, Ruskin decía que el artista debía no sólo pintar al aire libre sino enfrentarse a la totalidad del paisaje natural "sin rechazar, elegir ni relegar nada", para obtener así una visión minuciosa, detallada y globalizadora de la realidad circundante que reproducía en su obra.

Adelantado de la moderna crítica de artes plásticas, Ruskin era un hombre sensitivo y apasionadamente volcado a la docencia, pero sin embargo trataba muy mal a sus alumnos —aún a los más dotados— aplicando quizá lo que el rigor victoriano podría considerar en la época una disciplina ineludible. Por ello Ruskin solía menospreciar los motivos que elegían o el enfoque que lograban sus discípulos y lo hacía con frases cortantes o despectivas que a Bernard Shaw le habrían gustado bastante. A pesar de esa tiranía del aula, unos cuantos alumnos de Ruskin desarrollaron a niveles de admirable precisión lo que el maestro proponía para la relación entre el artista y su tema, sobre todo si se trataba de paisajes rurales. Y así en 1848 se constituyó la Hermandad Prerrafaelita, procurando "desafiar el dominio de la Royal Academy de Londres y devolver al arte británico algo de la frescura y originalidad que veían en la pintura italiana anterior a Rafael (1480-1520)". Entre los prerrafaelitas que se enrolaron en la Hermandad y obedecieron la prédica ruskiniana figurarían John Everett Millais, William Holman Hunt, John William Inchboild, John Brett o Dante Gabriel Rossetti, todos los cuales aparecen con algunas de sus obras en esta fantástica muestra madrileña.

MINIATURAS. Los acólitos del movimiento llegaban al más asombroso miniaturismo para componer sus paisajes, cuya dimensión suele variar entre el gran formato y el tamaño diminuto pero mantienen en todos los casos la mayor exactitud (¿fotográfica?) para reproducir plantas, animales, cielos, árboles, rocas, montes o pastizales. Habría que concurrir a las salas de La Caixa armado de una lupa para no perder al fondo de una composición la silueta del caminante que se desplaza a kilómetros del pintor y apenas se descubre a simple vista o no saltearse el portentoso oficio con que otro trabajo resuelve el pelaje de un rebaño de ovejas, los matices del glaciar de una montaña alpina, los pormenores del vestuario de alguna figura humana o el infinito cuidado para los claroscuros de un cielo o una remota costa marina. El fervor botánico se asocia allí con el social y el geológico para respetar esa fiebre del detalle, que en muchos casos delata el dominio técnico fuera de serie que aquel grupo inglés alcanzó en sus ejercitaciones.

La obediencia de los prerrafaelitas duró una década, apenas, porque hacia 1860 el grupo comenzó a diversificar sus modalidades y a variar sus estilos expresivos. Pero mientras se mantuvo el unificador empeño de la Hermandad, sus estudios de hojas o pájaros, su descomunal fidelidad para dibujar un árbol frondoso con punta de acero como única herramienta o los viajes de sus integrantes a Italia, Egipto y Palestina para registrar otros paisajes, otra luz, otra fauna y otra gente, permiten ahora reunir este centenar y medio de obras (que en su casi totalidad llegaron desde museos y colecciones de las islas británicas) para dejar pasmado al contemplador del siglo XXI con los recursos que aquellos ejecutores ya lejanos desplegaron al mostrar "la verdad de la naturaleza". A pesar de su frecuente malhumor, Ruskin —del que por cierto figura ahora en Madrid un par de cuadros— debe haber quedado satisfecho con sus estudiantes, a quienes impuso el contacto con las soleadas bellezas del entorno mientras aquella otra Europa se dedicaba a menesteres menos bucólicos: la guerra de Crimea, la guerra franco-prusiana o la represión del levantamiento de los cipayos en la India.

FARAONES. No hace falta salir de la calle Serrano, porque cruzando a la vereda de enfrente y en medio del monumentalismo del Museo Arqueológico Nacional se alza una instalación insólita: La tumba de Tutmosis III. El despliegue ocupa buena parte de la planta baja de esa mole y consiste en la "primera reproducción a tamaño real" de la cámara funeraria donde fue sepultado aquel faraón que gobernó Egipto entre 1504 y 1450 antes de Cristo. Por ese espacio se puede circular como si el visitante retrocediera tres milenios y medio internándose en las profundidades del Valle de los Reyes, pero la exposición incluye además abundantes objetos que pertenecen al acervo del Museo y una sala de proyecciones audiovisuales donde se exhibe constantemente un documental en que el eminente egiptólogo Eric Hornung explica las pinturas murales de la cámara de Tutmosis, que reproducen el "Libro de Amduat" sobre los viajes nocturnos del dios Ra en el otro mundo, pasando diariamente de la muerte a la vida y viceversa. El recorrido permite detenerse en algunos sarcófagos y máscaras funerarias maravillosamente policromadas, pero también en descripciones gráficas del sepulcro, que fue descubierto a fines del siglo XIX.

A diez cuadras de allí, las vastedades del Centro de Arte Reina Sofía son capaces de desbordar al visitante más aguerrido, pero un viajero interesado en los nombres patriarcales del arte español del siglo XX debe saber que en esos kilómetros de salas y pasillos encontrará no sólo a Dalí, Picasso y Miró sino a otros frecuentadores del lenguaje visual que se inspiraron en ellos y que componen una preciosa selección de "dalinianos" por ejemplo, incluido García Lorca y sus encantadoras viñetas. Al margen de ellos y en otro extremo del Reina Sofía, las fotografías en blanco y negro de hace siete décadas tomadas por el vasco José Manuel Aizpurúa pueden atrapar a gente sensible hacia los alcances testimoniales y hasta humorísticos de la cámara y sus instantáneas. Habrá que volver sobre esos otros imanes madrileños.

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