La película Los juegos del hambre, que se estrenó ayer en cines, plantea el tema de qué tanto está dispuesto a hacer una persona por ganar en un reality show. Si bien es una película (sobre jóvenes que se matan entre sí para ganar una competencia), plantea lo que muchas obras de ciencia ficción hacen: una visión de la realidad actual desde la ficción. La película es igual a Battle Royale, un film japonés que tiene unos diez años y que planteaba lo mismo. Pero más allá de eso, me interesa acá el punto de la gente que en televisión hace cualquier cosa para triunfar en el marco de un reality show.
Ayer fue noticia en varios países que una de las participantes de Gran Hermano Brasil se desnudó ante cámaras. Las imágenes recorren todo Internet, demostrando que la chica logró lo que quería. Un poco antes, la misma chica había logrado gran notoriedad por tener relaciones sexuales con otro competidor del programa. Esas cosas siempre funcionan en el programa, aunque son pocos los que se animan a tanto.
"Gran Hermano es un juego", es el mantra que se repite una y otra vez entre participantes, conductores e incluso periodistas y opinólogos. Pero también es una carrera para entrar al mundo de la televisión y de la fama, lejos de la aburrida y depresiva (según el punto de vista) realidad cotidiana. Es una vía para dar un salto y quedar por encima de los demás, aunque para buena parte de los participantes eso no asegura más que una caída dolorosa tiempo después. Porque, como reza el dicho, cuanto más alto se sube más dura es la caída.
Y aquí no hay reparos morales ni juicios, solo son hechos. Es obvio que hay una gran distancia entre matar a los competidores y desnudarse, pero la idea de fondo no deja de ser interesante, porque el público busca (o la televisión lo ofrece primero como anzuelo) algo que llame la atención. A los críticos no debería sorprenderles que cuanto más banal sea el hecho, más llamará la atención. Es una de las claves de como funcionamos como público.