El escándalo sexual que agitó los ambientes del Fondo Monetario Internacional (FMI para sus íntimos) y desembocó en la renuncia del director gerente, Dominique Strauss-Kahn, se constituyó, la última semana, en nota de repercusión mundial.
El hombre que maneja los hilos de las economías europea y estadounidense con magia de titiritero: que, además, es el candidato socialista con mayor chance para imponerse sobre Sarkozy en las próximas elecciones presidenciales francesas, habría invadido las zonas más reservadas de una mucama de hotel, obligándola a interpretar un repertorio -como buen Strauss que es- conteniendo una miscelánea que podría calificarse de "Variaciones sobre el mismo tema".
Se declara penetrado en su alma (no quedaba mucho más) por la denuncia de la mujer de 32 años -una africana occidental que lo único que pudo guardar de todo este episodio es su nombre, tras una obligada exposición al natural que la abarcó totalmente -que tenía la misión de servir al ilustre ocupante de una habitación en un hotel neoyorquino (300 dólares por noche, pero con derecho a viajar gratis en los trencitos de California)... y puso tanto de su inocente desvelo en el cumplimiento de su función que, al parecer, a pedido del huésped procedió a realizarle un cambio de pañales, y no tardó en advertir la verdadera intención de la solicitud.
Al ritmo del vals "Vino, mujeres y canto", el bueno de Dominique demostró sin mucha demora que, danzando, domina sus pasos mejor que los pesos... y todavía le sobró tiempo para descubrir en la africana (como si quedara algo por descubrir a esas alturas) a una excelente solista, que tanto podía lucirse en materia vocal como interpretando un "Concierto para oboe con salida por el Fondo", que el hoy renunciante fue creando a medida que redondeaba su impresión de que estaba frente -bien de frente- a una auténtica revelación. Después, el diálogo se desvió hacia el Fondo, para completar una jornada vivida en pro de las mejorías en la economía mundial.
El juez que atiende el caso, no sabe si sancionar o felicitar al acusado descendiente, quizás, del clan Strauss, caracterizado por esa veta inagotable de inspiración al instante, que les permite crear maravillosas partituras, que esos trances comprometidos en que un compositor debe apelar al equilibrio balanceado entre el placer y el más placer, para no caerse del taburete.