Jorge Abbondanza
En estos días han vuelto a dar Sensatez y sentimientos por un canal de cable. Esa deliciosa comedia de Ang Lee, que adapta una novela de Jane Austen y lo hace con elenco de primer orden, sigue multiplicando sin fin el placer de este cronista por razones que sólo se explican a través del gusto personal y de la afinidad con ciertos estilos, ciertos vuelcos de la emoción o el goce de ciertos toques de buen humor. El disfrute sin par que pueden proporcionar algunas películas no tiene nada que ver con su importancia, de manera que el entusiasmo con que alguien puede verlas diez o quince veces —y hasta veinte veces en un extremo de devoción— no supone un juicio de valor sino una predilección emparentada con el afecto.
Lo que a este cronista sigue ocurriéndole desde 1995 con Sensatez y sentimientos le ha sucedido otras veces en la vida, determinando por ejemplo que nunca se haya cansado de ver La kermesse heroica (1935, dir. Jacques Feyder) desde los años de cine arte en el Estudio Auditorio y el circuito de salas de barrio que programaba esa comedia junto con Los visitantes de la noche, aunque eran dos películas con muy poco que ver entre sí. Pero sin duda La kermesse heroica fue el primer caso en que este cronista descubrió que un film podía seducirlo como para ir a verlo más de diez veces y siempre con idéntico deleite. Parte de ese efecto derivaba de la aceitosa composición de Louis Jouvet como fraile que acompañaba una comitiva española en el Flandes del siglo XVII y respondía también a la majestuosa actuación de Franoise Rosay, que acariciaba su collar de perlas como nadie, por razones que sólo conocen los veteranísimos que hayan visto la película.
En la memoria personal surgen otros casos obsesivos como La malvada (1950, dir. Joseph L. Mankiewicz) que a lo largo de las últimas cinco décadas fue seguramente el film que este cronista vio más veces, tal vez cuarenta, empeñado en volver a saborear el torneo de actuaciones femeninas —Bette Davis, Anne Baxter, Celeste Holm— en cuyos márgenes estaba además la magnificencia vocal de George Sanders y el candor juvenil de Marilyn Monroe, cuya fragilidad como actriz estaba salvajemente marcada por unas vecindades tan eminentes. Nunca hubo diálogo como el de esa comedia del teatro dentro del cine y quizá para volver a escucharlo es que hay cronistas tan empecinados como el suscrito.
Allí no se extinguió su pasión. Hubo un margen adicional de desenfreno capaz de llevarlo a ver Mujeres que esperan (1952, dir. Ingmar Bergman) cuatro veces en su primera semana de exhibición montevideana, cautivado por la sensibilidad de Maj-Britt Nilsson en su papel de madre soltera y por los epigramas que en el episodio siguiente intercambiaban Eva Dahlbeck y Gunnar Bjornstrand, por no hablar de dos divos juveniles como Anita Bjork y Jarl Kulle compartiendo un encuentro al borde de la piscina. Esas cosas han hechizado al cronista a lo largo del tiempo, arrastrándolo a ver porfiadamente ciertas películas y a memorizarlas con larga obstinación. Se trata de películas que ahora ya no son referencias lejanas de toda una vida sino —proustianamente— algo más. Son una parte inseparable de esa vida, de sus mejores recuerdos y de una veneración atea por los dioses de la pantalla.