ALEXANDER LALUZ
En la vida de Paco Ibáñez hay vacas, gallinas, un burro, olor a cuadra, un caserío, padre ebanista y madre modista, un abuelo, la guitarra. Hay exilios, muertes, tropas, poesías, canciones. Hay un 9 de septiembre, en Montevideo, un Cine Plaza.
Pero hay también 75 años que califican como "bien vividos", y a la vez, valga la clarificación, bien sufridos, bien perseguidos, bien cantados, bien rebeldes.
Ya fue noticia: Paco Ibáñez vuelve a Montevideo, y será el 9 de septiembre. La especie corrió de oído a oído hasta los que recordaban, en primera persona, haber escuchado Canción de jinete, A galopar, Palabras para Julia, otros himnos generacionales, y hasta los que tienen sólo los relatos heredados de la casa paterna, de los fogones, de viejos discos de vinilo, sobre un cantor español que resistió el franquismo, musicalizó a Góngora, Alberti, García Lorca, y hace ¿cuántos?, ¿quince, dieciochos años?, había pasado por aquí.
Y después, los otros relatos: "nunca más supimos de él" (dijo un conocido músico uruguayo), pero "lo sigo escuchando", hasta el más joven: "¡Pah... Paco Ibáñez!; sí, yo voy a ir a verlo, mi viejo lo escuchaba mucho" (aseveró una chica, anónima, de ¿26?, en el ómnibus, al ver el anuncio del recital en el Plaza). Todo como si el tiempo simulara, al menos por una vez, que no ha transcurrido. "Ya sé que es un pecado mortal, pero ya me vais a perdonar o yo os voy a perdonar a ustedes por no haberme invitado antes". Es él quien, desde una Barcelona azotada por el calor ("pero pasándola bien", dice, animado), asume la falta y acusa la distracción de casi dos décadas. Y, enseguida, promete volver con un bien "incontaminable. Porque las poesías que se han convertido en canciones -y eso no es mérito personal- son como diamantes, son inusables. No hay nadie que pueda hincarle el diente a eso. Ni el tiempo le puede hincarles el diente. ¿Te das cuenta? No hay americanos, ni rusos, ni chinos que puedan con eso".
En el convencido repaso de sus 75 años -y aunque moleste, aunque disguste- hay argumentos que sustentan la afirmación. Quedan para ser discutidos. Pero son los testimonios de alguien que decidió recorrer un camino musical, poético, en el que no faltaron piedras y trincheras, y también intensas apropiaciones que alimentaron los ideales de varias generaciones.
Radical, siempre. Y así, como si nada, regresó, porque, quizás, más allá del silencio radial que rodea su obra, siguió estando, cantando, como antes, subido a un escenario itinerante con la voz ronca, aguardentosa, y la guitarra.
Su rebeldía está intacta, como en los sesenta, en los setenta. No abdica y no concede nada. "Bueno, ya pasó el mundial... y ya, ya, madre mía, pasó el peligro. Estamos a salvo de aquí a cuatro años, que habrá que volver a enfrentar a la fiera. Es que al mundo hay que distraerlo de alguna forma u otra… pues, venga, fútbol, goles y goles, y más fútbol. No es una cosa que se pueda razonar, es un impulso, un sentimiento, algo que corre por la sangre. Han convertido al fútbol en sangre enemiga para uno".
Lo dice ahora, en pleno agosto, al teléfono, sin empacho y sin preocuparse de quien pueda condenarlo con ira de hincha, al igual que lo hizo en París, en pleno exilio, o en Buenos Aires, en 1971, cuando pisó por primera vez las costas más sureñas de América.
También en aquellos años, -como ahora, valga la reiteración- su visión de la sociedad (con el fútbol incluido) no admitía medias tintas.
Sobre la canción y la poesía, es aún más radical. "Hombre, aunque suene algo abstracto: la belleza es pura energía, y ella se despliega en la inteligencia, y cuanto más inteligencia tienes más se abren los ojos de la gente, y cuanto más abiertos tienes los ojos menos te pueden engañar. Los políticos, los gobiernos, y los que tienen el poder ya no te pueden pasar gato por liebre". Por tanto, a la poesía y a la canción le queda un destino: "quedar tapadas, tapadas, y más tapadas, como todo aquello que desarrolle el criterio y la conciencia".
Aún así, reconoce, la música también puede servir a otros fines. "Fíjate todo el trabajo salvaje, bestial, que están haciendo los norteamericanos con su música -y su voz se va apretando, perdiendo el aire en la superposición de frases-, imponiéndola en todos lados, en todos los rincones, en todos los bares, en todos los supermercados … están imponiendo su retrato, su forma de ser, su identidad". De esa forma están "haciendo desaparecer todos los demás idiomas, culturas": ya han legitimado un "atraco cultural global. Y la gente, como recibe pequeñas porciones cada día, no le da tanta importancia. No se dan cuentan que todo el mundo está comiendo del mismo balde, y poco a poco estamos desapareciendo". La discusión, previsiblemente, se abre (o se abrirá) otra vez. ¿No era que, postmodernidad mediante, se han barrido bajo la alfombra todas estas ideas? ¿No es esto, otra vez, la nostalgia por aquellos otros sesenta?
Para Ibáñez, decididamente no. Nada de nostalgias. Nada de volver la cabeza para mirar hacia atrás. "Hombre, que en aquellos años la sociedad estaba embarazada de un proyecto mayor, una cosa bella, que nos entusiasmaba a todos. Pero si esa efervescencia dio los resultados que ha dado, para eso nos quedábamos en casa. Pero no es la culpa de las cosas en sí, que nacimos para cambiar cosas y mejorarlas… lo que pasa es que no han sabido hacerlo, o les ha entrado la pereza, o se lo han impedido".
El Mayo del 68, fue un ejemplo: "lo hicieron unos señoritos que al año, a los dos años, ya se habían pagado el capricho de hacer la revolución -la bronca hace más grave su voz- e incluso se comparaban con la Revolución Francesa... entonces ya, lo hicimos y a otra cosa, dijeron". Fue como un juego y "yo no tengo ninguna nostalgia, al revés: me enfurece pensarlo, porque lo he sufrido en mis carnes el dogmatismo, la violencia, si se quiere, del Mayo del 68, de los hijos del Mayo del 68, del stalinismo, del maoismo, y la madre que los parió a todos".
Sus disparos, siempre, dirigidos hacia todas las tiendas, como para no dejar títere con cabeza.
CON OLOR A CUADRA. Paco Ibáñez nació en Valencia, el 20 de noviembre de 1934. Su madre, de origen vasco, era modista, campesina. Su padre, valenciano, se dedicaba a la ebanistería, oficio que traspasó a Paco en su primera juventud. "Pero en casa siempre hubo inquietudes culturales. Mi padre vivía queriendo saber algo más. Su religión era esa: aprender un poco más. Y eso también le costó persecuciones. Sufrió su condición de republicano, luchó aquí, en Barcelona y lo pagó con el exilio".
Cuando su familia estaba en Barcelona, "y las tropas fachas, asquerosas ganaban más y más terreno, mi padre se dio cuenta que estaban perdiendo la guerra. Entonces envió a mis hermanos a París, porque allí estaba su hermana, y a mí me guardaron en Barcelona". Al final, con las tropas "ya en las puertas de la ciudad nos mandó a mi madre y a mí a Francia, y él se escapó al exilio después".
Una vez en el país galo, el ejercito alemán "tomó a mi padre, por la fuerza, para construir un puente en Lyon. Y mi madre al verse sola nos mandó a la casa del abuelo, en Euskadi". Fue el comienzo de una adolescencia en el caserío, entre vacas, gallinas, un burro, los bueyes.
Al tiempo, en Perpignan, Francia, y luego de un cruce clandestino de la frontera, la familia volvió a reunirse. Y de allí a París, llevando en las carnes el olor a cuadra, las inquietudes juveniles, las canciones de Negrete. "Ahí fue cuando entré en el mundo de la cultura", a Neruda, que conoció con un ejemplar de Canto general que le prestó un amigo chileno. "Él me hablaba de un tal Neruda, y yo le pregunté ¿quién es? ¿No lo conoces?, me dijo. Y al día siguiente me trajo ese libro. Empecé a descubrir la poesía, la canción, la música, el mundo todo a partir de ahí. Se me empezaron a abrir todas las ventanas" hacia Georges Brassens, Atahualpa Yupanqui, Leo Ferré -marcas definitivas para su identidad-, a ganarse la vida como guitarrista.
La composición fue el paso siguiente, pero a partir de las poesía de Alberti, Góngora, Miguel Hernández, Federico García Lorca, hasta los discos (Paco Ibáñez 1, 2 y 3, Paco Ibáñez interpreta a Neruda, A flor de tiempo, Por una canción, el doble A galopar, o los más cercanos: Fue ayer, Paco Ibáñez canta a los poetas andaluces) que han demostrado una resistencia al deterioro de cualquier soporte, moda o a la preconizada muerte de cualquier idea.
Los encuentros que quedaron para siempre
Con Atahualpa Yupanqui
París
Ocurrió a principios de los 50. "Fue en un café ahí, en el gran bulevar de París donde nos encontramos. Y eso me quedó grabado. Me dijo con esa profundidad en la voz: `el hombre tiene que crecer por dentro`. Son frases contundentes, que te acompañan toda la vida".
Con Georges Brassens
París
Otro encuentro definitorio, en los 50. Entonces "yo pensaba que los franceses no tenían ni puñetera idea de lo que era la canción, hasta que descubrí a Brassens. Así me di cuenta que era yo el que no tenía ni idea. Al descubrir la profundidad del mensaje de Brassens, que era como él mismo, me dije esto es lo mío".
Con Rafael Alberti
España
Paco Ibáñez enriqueció su acervo de canciones con la poesía de Alberti, con quien compartió también escenarios, la intimidad del encuentro en casa, el humo del cigarro. Fue otra de sus fuentes al igual Luis de Góngora, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Francisco de Quevedo.
Sobre Paco
"Él representa a la antigua tradición de trovadores que, con su guitarra y su canto, revelaban hechos terribles y nobles, como también los sentimientos más profundos que albergan el corazón de los seres humanos".
Ernesto Sábato
"...además de cantarse a sí mismo hace algo más colectivo y difícil, incorpora en su música y su voz a los poetas clásicos y contemporáneos"
Gabriel Celaya
"Ibáñez, claro. Esta voz la reconocería en cualquier circunstancia y en cualquier lugar donde me rozara los oídos... me trajo el resplandor sonoro de la mejor poesía española".
José Saramago