FERNANDO MANFREDI
Cuando mañana a las 20 horas el chileno Francisco Rettig suba al podio de la Ossodre en el Teatro Solís, tendrá el privilegio de hacerlo frente a una orquesta que cumple ese día su 75° aniversario.
El hecho trasciende a la simple conmemoración, por cuanto la sinfónica uruguaya se convierte así en la orquesta de formación estable más antigua del continente. En todos estos años muchas cosas han pasado, una historia digna de ser contada, porque una orquesta vive más allá de los elementos que circunstancialmente la integran o la rigen.
Cuando las autoridades del Sodre comenzaron a pensar en conformar una orquesta, varios factores incidían para que el proyecto se dinamizara. El país, que aún no terminaba de asimilar los coletazos de la crisis mundial del 29, navegaba en un mundo que a nivel regional se tornaba autoritario. Aún no se aplacaba la euforia por el título mundial de fútbol y el centenario de su constitución. La hora del té en el Hotel de Los Pocitos o en la Confitería del Telégrafo servían de preludio a la costumbre de asistir a todo tipo de espectáculos dominados por el cinematógrafo, que desde el 28 le había puesto voz a sus gesticulantes héroes y heroínas.
emergentes. Ese hecho había significado la desocupación de cientos de jóvenes instrumentistas que acompañaban desde las sombras las imágenes en movimiento con música alusiva. Ese contingente musical madurado en golpes de efecto, melodías repentistas y bailes populares, pugnaba por alcanzar la madurez de una vocación que aspiraba a metas más elevadas.
Así, salvando obstáculos, un 20 de junio de 1931 la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) ofrecía su primer concierto público bajo la dirección de Vicente Pablo en su casa recientemente adquirida, el mítico Estudio Auditorio. Pablo fue el primer director de un organismo que ya reunía a 103 integrantes. Era el comienzo de una trayectoria de fundamental importancia para la cultura musical del país, y esa trayectoria no ha tenido un solo bache hasta llegar a los maduros y conflictivos tiempos actuales. No son tantas las orquestas que pueden vanagloriarse de semejante continuidad de recorrido. Ha sido el vehículo de más larga vida que ha tenido este país a nivel oficial, para imponer el gusto por la música sinfónica.
Es de suponer que algo faltaría para convencer a los oyentes en aquellos primeros tiempos porque la presencia del gran Ernest Ansermet, al poco tiempo de estar actuando la Ossodre, dio la dimensión al público y las autoridades de cuánto podía lograrse con una batuta experimentada. Ante la propuesta al notable director suizo de que se quedara en el Uruguay, éste debido a su nutrida actividad internacional recomendó en su lugar a un joven director cuyo trabajo había apreciado durante su estancia en San Pablo: Lamberto Baldi.
El pequeño gigante demostró un talento especial organizando una orquesta que empezó a destacarse poco a poco en el ámbito sudamericano. Lamberto Baldi conocía muy bien el ambiente artístico europeo y americano. Tenía plenos poderes para contratar artistas y gracias a su planificación, Uruguay pudo oír no sólo a las mayores batutas del momento, sino a los propios grandes compositores contemporáneos que llegaban para conducir sus obras. Tales son por ejemplo las históricas visitas de Stravinsky, Respighi, Villa Lobos, Manuel Ponce, Humberto Allende y otros.
MADURAR. La llegada al país de Erich Kleiber fue decisiva. Enseñó a la Orquesta a trabajar los clásicos con un rigor que profundizaba el sentido íntimo de las partituras como nunca antes se había hecho. Ofreció por primera vez el ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven a un nivel que no fue posible igualar. Kleiber fue impulsor de la labor de Baldi y expresó públicamente que sin su trabajo de preparador, lo que se aplaudía hubiera sido imposible.
En la década del 40 Baldi se retira dándose un período breve sin director permanente, aunque durante una temporada la Sinfónica quedó en manos de tres maestros de gran importancia: Albert Wolf, Erich Kleiber y Fritz Busch.
La Guerra Mundial se enseñoreaba en Europa y Uruguay se aprovechó del contingente artístico que aquellos forzados huéspedes aportaban. La lista de visitantes fue impresionante. Fue entonces que con Juan José Castro en la dirección llegó una era de grandes realizaciones, no sólo sinfónicas sino también en el campo de la ópera y del ballet. Castro al igual que Baldi era un activista de la música de su siglo y enriqueció el repertorio con los nombres de Manuel de Falla, Hindemith, Stravinsky, Shostakovich, Bartok, así como Baldi había estrenado creaciones de Milhaud, Honegger, Richard Strauss, Petrassi, Pizzetti, Luigi Dallapiccola y los principales compositores de América.
CRISIS. Al comienzo de los `50 se produjo la masiva jubilación de instrumentistas de la primera formación y la Ossodre quedó desmantelada. Entonces se llamó nuevamente a Lamberto Baldi, quien reorganizó la Orquesta: sucedió en el año 1953 y de esa terapia intensiva surgió una nueva Ossodre que lograría alcanzar el punto más elevado hasta ahora de su trayectoria artística.
Como un siniestro presagio, en 1971 el incendio que devoró el Estudio Auditorio asestó un duro golpe a las temporadas sinfónica y operística locales. La Orquesta se convirtió en huésped del Solís y a veces tuvo que peregrinar por otras salas sin un lugar estable para ensayar y sin casa propia. Aun así, ilustres visitantes lograban transitoriamente dar un indicio de aquella otrora gloriosa orquesta, como Howard Mitchell, Heribert Esser, Piero Gamba, el vibrante John Carewe, y el joven talento Hugh Wolf.
Pero las excepciones confirmaban la regla de una predominante grisura que agravaba la retracción del público.
En 1981 llega al Uruguay el brasileño Isaac Karabtchewsky, inteligente, sobrio y talentoso y se lanza con una programación comprometida, que saca lo mejor de la declinante Ossodre.
Al retorno de la democracia se produjo un período de reajuste. En un 1985 azaroso para la Orquesta, se sucedieron el malhumorado aunque talentoso Simon Blech, el refinado Jorge Rotter y el experiente japonés Shunji Aratani. También la época mostró los nuevos y prometedores nombres nuevos del mexicano Díaz Muñoz, el suizo Nicolás Rauss y el uruguayo Nicolás Pasquet. Entre 1986 y 1987 dominaron el dinamismo y la inteligencia del brasileño David Machado. Un notable director pero un preparador poco eficiente. Después se produjo el regreso de Miguel Patrón Marchand tras larga ausencia.
NAVEGANTE. En la década del 90 fue nombrado Roberto Montenegro como director artístico y su labor recién se hizo efectiva al siguiente año, con una sólida preparación que dio personalidad a la orquesta. En 1995 se produce una transición que comanda Piero Gamba. Volvió Machado en 1996 pero su inesperada muerte obligó a la nueva directiva a solicitar la ayuda de Piero Gamba. Entonces se decide contratar a Miguel Patrón Marchand, que tuvo la iniciativa de utilizar el género de la ópera en forma de concierto para volver a insertar el canto lírico en las temporadas (cuya ausencia también rendía tributo al incendio del 71). Del período se destacan los directores Francisco Rettig y Pedro Ignacio Calderón. Y buenos momentos de Gisele Ben-Dor y José Serebrier.
El cambio de milenio se caracterizó por su variabilidad y las dificultades para organizar una temporada medianamente previsible provocaron una disminución pronunciada de público .
Llegando a la época actual, en una temporada donde la Ossodre alterna con la Filarmónica de Montevideo en el remozado Solís, parece resurgir la esperanza de que el Complejo de Salas de Espectáculos de la esquina de Andes y Mercedes pueda verse al fin terminado. En sus 75 años, la Sinfónica del Sodre no podría recibir un mejor regalo.
Dos artistas de notable trayectoria para una noche de celebración
Francisco Rettig será el director del concierto especial con el que la Ossodre conmemora mañana su aniversario. También la solista elegida es emblemática; se trata nada más y nada menos que de Nibya Mariño, una brillante pianista que está ligada desde su preadolescencia a la orquesta. Nibya fue la niña prodigio más notoria del país en su momento y le cupo el privilegio de actuar bajo la batuta de algunos de los más notables directores que visitaron el país. Críticos de música clásica de los Estados Unidos la han considerado como la mejor intérprete de Schumann del siglo XX. En la reinauguración del teatro Solís, Nibya Mariño fue homenajeada junto a Estela Medina y Sara Nieto por su formidable trayectoria artística.
Francisco Rettig ha desarrollado una formidable labor musical en el extranjero, tanto como titular de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, cargo que ocupa desde 1991, como también al frente de las orquestas de América, Europa, y Australia.
Nacido en Santiago de Chile y nacionalizado italiano, es discípulo de los maestros Hans Swarovsky, Sergiu Celibidache y Franco Ferrara.
Graduado con la máxima distinción en la Musikhochshule de Colonia, Alemania, se desempeñó como director titular de la Orquesta Filarmónica de Bogotá desde 1991 hasta 2003. Aplaudido en países como Argentina, México, Colombia, Polonia, EE.UU. y China, Rettig acaba de debutar con la Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Televisión Rumana, con un repertorio basado en la obra completa de A. Bruckner. Su ascendencia con la orquesta fue una de las agradables sorpresas de sus anteriores visitas al Uruguay y probablemente una de las razones que lo llevan al podio en la oportunidad.
Dentro del programa elegido también se alude a la fecha: el poema sinfónico La isla de los ceibos de Eduardo Fabini y la Sinfonía N° 3 "Heroica" de Beethoven integraban aquel programa original de una juvenil Ossodre que iniciaba un camino que aún continúa recorriendo.