Conquistador y conquistada: el desembarco en el paraíso

| Colin Farrell es el actor principal junto a una actriz de ascendencia peruana

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JORGE ABBONDANZA

La película se llama The New World (El nuevo mundo), fue escrita y dirigida por Terrence Malick, ha sido estrenada únicamente en Estados Unidos —para no perder la carrera hacia el Oscar— pero su lanzamiento en el resto del mundo se demorará hasta fines de febrero, porque será exhibida antes en el Festival de Berlín, que comienza el 9 de ese mes. La copia estrenada en Nueva York tiene una duración de 160 minutos, desmesura que se corresponde con la magnitud del relato, donde se cuentan hechos vinculados a los conquistadores ingleses en la costa del estado de Virginia hacia el año 1607. Se sabe sin embargo que la película será distribuida luego con un metraje menor, según nuevos cortes que totalizarán una media hora y que han sido efectuados por el propio Malick, cuidadosamente.

Allí se desarrolla una historia famosa: la del capitán John Smith, un soldado que hace casi 400 años llegó a la costa norteamericana al mando de tres barcos y por cuenta de la Virginia Company, una empresa con sede en Londres interesada en hallar sitios para colonizar el nuevo mundo. El viajero encontró algo más que una tribu de los indios Powhatan, que no siempre fueron cordiales con los visitantes: encontró además a una niña encantadora llamada Pocahontas (que a esa altura tendría entre 10 y 12 años), hija del jefe de la tribu y desde un comienzo muy interesada en el aventurero inglés. A partir de escasos hechos documentales, el caso de esa pareja creció con el paso del tiempo hasta asumir la dimensión de un célebre romance y la estatura de mito para ambos protagonistas, que así figuraban hace diez años en la película de dibujos animados que el sello Disney dedicó a Pocahontas.

LA REALIDAD. La leyenda afirma unas cuantas cosas sobre la princesa y John. Dice por ejemplo que ella le salvó la vida alegando a favor de él ante su padre cuando los Powhatan estaban a punto de ejecutar al capitán. De cualquier manera, la relación entre la muchacha y el soldado prosiguió durante los nueve años siguientes, hasta que Pocahontas fue embarcada rumbo a Inglaterra junto a un hechicero indio y algunos animales raros, para ser presentados en la corte como ejemplares de ese otro mundo tan desconocido. Lo cierto es que Pocahontas, vestida con un elegante traje inglés, no sólo conoció al rey y sobrevivió en Londres, sino que consiguió un marido rico y se mantuvo junto a él hasta que murió en 1617 (a los 20 o 22 años) posiblemente de tuberculosis o neumonía.

Los abundantes elogios que ya ha recibido la película no responden a la historia elegida sino al enfoque personal de Terrence Malick, un director solitario y discreto que reaparece cada tantos años para entregar alguno de los pocos films de su escasísima carrera. Ahora Malick tiene 63 años y aparte de su actividad como profesor de Historia —que poca gente conoce— ha ganado un prestigio mundial como cinematografista, pero sólo entre espectadores exigentes, dispuestos a explorar un talento nada amigo del cine industrial, las recetas de Hollywood o las normas habituales del pasatiempo. En 1973, Malick había presentado su primera película que se llamó Badlands, con Martin Sheen y Sissy Spacek, que no llegó a estrenarse en Montevideo y donde el realizador reconstruía un episodio criminal y sangriento de los años 50. La segunda película de Malick llegó recién en 1978, se llamó Días de gloria (con Richard Gere, Brooke Adams), mostraba un triángulo sentimental en el Medio Oeste hacia comienzos del siglo XX y tenía un maravilloso tratamiento visual, apoyado en fotografía de Néstor Almendros.

LA TERCERA. Pasaron veinte años antes de que Malick estrenara su tercera película, La delgada línea roja, largamente elaborada en torno a la masacre de soldados que tuvo lugar cuando Estados Unidos recuperó Guadalcanal a fines de la guerra mundial en el Pacífico. Durante esas dos décadas que lo mantuvieron lejos del cine, Malick se radicó en París y vivió su vida sosegadamente. También obtuvo elogios para el realismo estremecedor —y el ojo crítico hacia la guerra— que contenía ese tercer film, y sin embargo hubo que esperar otros siete años para que surgiera ahora una cuarta obra en la avara trayectoria del director, El nuevo mundo, donde no sólo Pocahontas es presentada como una metáfora del paisaje que la rodea (Virginia por denominación era tan virginal como esa heroína) sino que también surge como la presa mayor de una expedición que dice llevar la paz pero impone la destrucción del paraíso que ha encontrado, mientras comienza a extenderse la rapacidad de los conquistadores a través de un mundo cuyas normas serán rápidamente destrozadas por los recién llegados.

Dicen que John Smith en su juventud había estado prisionero de los turcos en Constantinopla, luego de un conflicto entre naves británicas y fuerzas del sultán. Luego escapó de la cárcel, anduvo un poco por Europa y llegó a Inglaterra con cierta aureola heroica y una condición de hombre autodidacta que había leído a Maquiavelo, por ejemplo. Eso no impidió que desde su llegada a América se comportara con una brutalidad similar a la de cualquier otro conquistador, y como dice una crítica aparecida en The New York Times, el actor Colin Farrell —que interpreta a Smith— no parece haber leído mucho, aunque parezca en cambio haber matado bastante.

LOS ACTORES. En el elenco de la película, y al margen del estrellato de Farrell, figuran Christian Bale como el marido inglés de Pocahontas y August Schellenberg como el padre de la princesa, pero el papel femenino central está a cargo de una desconocida curiosamente llamada Q’orianka Kilcher, hija de un peruano y una suiza, que vivió en Hawai pero pasó luego a radicarse en Los Angeles, donde la descubrieron a los 14 años mientras cantaba sus propias canciones folk en las calles de Malibú. Los cronistas norteamericanos hablan del notable encanto de Kilcher, cuyos antecedentes en cine se reducían a un papel minúsculo en una película musical, aunque también dicen que parece algo mayor que su edad real, desmintiendo la condición casi infantil de la verdadera Pocahontas cuando tuvo su flechazo ante Smith.

Una saga que habla de tiempos míticos

Muy elogiado ha sido el criterio con que Malick cuenta su historia, a cuyos tramos iniciales pone como música de fondo la obertura de El oro del Rhin de Richard Wagner, porque en esa primera ópera de la tetralogía se descubre cómo uno de los nibelungos es un enano codicioso en busca de oro y no de felicidad. Otros nibelungos estaban desembarcando en América hacia 1607 y también llegaban en busca de unas riquezas que explicaron sus campañas a sangre y fuego. En todo caso, Pocahontas fue apenas una de las víctimas de esa conquista, una de las más famosas y en cierto modo un emblema de lo que después se convertiría en una sociedad mestiza, nacida de la cruza entre los aborígenes en retirada y los europeos en plena arremetida.

Sin perder su condición de outsider en el cine norteamericano, Malick propone ahora esta alegoría sobre el dramático parto de un nuevo mundo visitado por los fantasmas de una india y un inglés erigidos en protagonistas de una historia de amor que probablemente no existió y una historia de muertes que ciertamente fue más real que ese idilio. Al defender el aislamiento personal de Malick, su amiga Sarah Green, que es productora de la nueva película, dice que "él no vive en Los Angeles, no se preocupa por vender sus trabajos. Sólo quiere contar un caso que pueda hablar por él". Y esta historia habla por él al mostrar a Pocahontas cuando va a embarcarse hacia Inglaterra, absorta ante las jaulas donde viajarán los animales cautivos (un zorrillo, un águila). En muchos sentidos, ella es otro de esos cautivos que librarán ante la embestida europea una batalla perdida de antemano.

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