El domingo pasado cerró en la Nueva Galería Nacional de Berlín la gran exposición que desde hace seis meses permitió a los alemanes ver de cerca doscientas pinturas prestadas por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Al margen del valor de esas obras, la muestra tenía el interés adicional de incluir a maestros que el nazismo había clasificado dentro del rubro de "arte degenerado", lo cual determinó que la exhibición de sus trabajos estuviera prohibida durante los doce años del Tercer Reich. Entre ellos figuraron Picasso, Van Gogh, Magritte, Matisse, Braque, Cézanne y Gauguin, además de los expresionistas germanos, todos los cuales figuraban ahora en la notable selección —"El MoMA en Berlín"— que llevó más de un millón de visitantes a aquella galería de la capital alemana.
El acontecimiento tuvo ribetes insólitos, porque en sus últimos días llegó a aglomerar a siete mil personas en las colas que se formaban delante de las puertas del museo: "la cola del MoMA es la atracción del año" dijo un diario berlinés y otro agregó con más perspicacia que "esa multitud es una escultura en movimiento". La muchedumbre fue de tal magnitud que las autoridades de la Nueva Galería resolvieron mantener abierta su exposición durante las 24 horas del día en ese trecho final que obligó a mucha gente a pasar la noche en sobres de dormir y a la intemperie para poder ingresar a la mañana siguiente a las salas donde se veía colgado el arte contemporáneo que el nazismo satanizó hace siete décadas.
Semejante revuelo resucitó los fantasmas del pasado, en particular las sombras de una época donde buena parte de la élite cultural de Alemania debió exiliarse antes de sucumbir bajo el despotismo hitleriano: cincuenta y nueve años después del suicidio del Führer y de la hecatombe nacional con que culminó la segunda guerra mundial, Berlín se ha dado el lujo de recibir ese fastuoso préstamo del museo neoyorquino y convertirlo en una fiesta artística que no sólo refleja el masivo interés de la población ante la propuesta, sino que sugiere el corto alcance de la censura impuesta por una dictadura: se puede anatemizar a los artistas, se puede injuriar su opción expresiva, se puede prohibir su obra y hasta quemarla en hogueras armadas sobre una plaza pública, pero esos artistas y esa obra se las arreglan para sobrevivir a cualquier estupidez, cualquier barbaridad y cualquier rigor de las tiranías.
Así quedó felizmente demostrado en la Nueva Galería de Berlín, mientras en las salas cinematográficas de la capital se estrenaba Der Untergang (La Caída) una película sobre los últimos días de vida de Adolf Hitler que resultó cuestionada por la crítica a pesar de sus niveles de calidad: un diario se preguntó si "se puede mostrar el lado humano de un monstruo", aludiendo al retrato del líder nazi que se ofrece a través de una elogiadísima labor del suizo Bruno Ganz. Humanizar a Hitler (y mostrar a los alemanes comunes como víctimas del desastre, sin discutir su obediencia al régimen) son rasgos que figuran entre esos reparos formulados a la película dirigida por Oliver Hirschbiegel.
Tan singular como la muestra pictórica del MoMA es el hecho de que ese film convierte a Hitler en protagonista de una producción alemana por primera vez desde El último acto, que Fritz Lang dirigió en 1954. Dicha reaparición del monstruo en la pantalla se asoció a las evocaciones derivadas de una exposición artística que también exorcizó al personaje: todo es útil para reavivar la memoria histórica e impedir que el olvido la desborde.