Comedia negra (2)

Algunos lectores de mi columna anterior, poco informados pero cinéfilos al fin, han demostrado una curiosidad inesperada por la historia de la comedia negra. Sin duda les hubiera gustado ver la pretérita Roxie Hart (1942) y tal vez Chicago les ha abierto el apetito. Porque entre sus mucha originalidades, Chicago inaugura, creo, la de ser la primera comedia a un tiempo negra y musical. No solamente la trama la empieza a tejer la protagonista en la segunda secuencia, disparando a quemarropa tres tiros sobre el canalla que la engañó, sino que la "segunda vedette", en términos revisteriles, es asesina como ella o más que ella (mató a su marido y de paso a su propia hermana) y el coro está también constituido por perversas y/o feroces asesinas. El film lleva su negrura al extremo de convertir en fúnebre número musical el ahorcamiento de una de las coristas, para luego terminar con la morena y la rubia, esa sí una vieja tradición, comiéndose la pantalla con su gracia y su desfachatez como el dúo de asesinas más simpático y seductor de la historia del cine.

Pero la comedia negra tiene por lo menos setenta años de vida. El género cinematográfico, como tal, lo iniciaron películas del excéntrico director James Whale —el que encarnó Ian McKellen en Dioses y Monstruos— inyectando humor en dos películas de las llamadas, ya entonces, de terror: El caserón de las sombras (1932) y La novia de Frankenstein (1935) donde no sólo el horror era tomado en solfa, sino también el crudo asesinato. Había por lo menos un precedente en el mismo Hollywood. En 1930 el oscarizado y tan olvidado Lewis Milestone hizo la primera versión de una comedia teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur, donde un cadáver y un asesino iban y venían por la redacción de un diario enloqueciendo a dos periodistas. Se llamaba The Front Page (Primera página) y tuvo luego dos célebres versiones posteriores, una de Howard Hawks en 1940 y otra de Billy Wilder en 1974. Entretanto, todavía contribuyendo a definir el género, dos grandes del cine europeo se pusieron en carrera: Pabst en Alemania con La ópera de dos (o tres, o cuatro) centavos (1931), inspirado en Brecht, y Jean Renoir en Francia en la deliciosa Boudu sauvé des eaux (1932). Como se sabe, nadie inventa nada. Tal vez sea lícito remontarse al Grand Guignol, en auge en el París del 900, donde el susto de los espectadores a veces se trocaba en carcajada.

Tras las huellas de Whale, las experimentaciones se convirtieron en género. Lo siguieron intentando los grandes: Marcel Carné en Drôle de drame, el propio Chaplin en Monsieur Verdoux, Frank Capra en Arsénico y encaje antiguo, hasta lo que pareció una culminación: Los ocho sentenciados (Kind Hearts and Coronets, 1949), inglesa, de Robert Hamer, donde un inolvidable Alec Guinness no encarnaba al monótono asesino, sino a sus ocho variadísimas víctimas.

Otro inglés, desde hacía diez años, dominaba Hollywood y lo que para siempre se llamó suspenso. El maestro Hitchcock se movía con la misma comodidad en la comedia como en el terror, pero era demasiado elegante, demasiado ambiguo y quizás demasiado católico para reirse del crimen y permitirse la amoralidad esencial de la comedia negra. En última instancia, sus melodramas, en sus diversas variantes, enfrentan decididamente el bien y el mal, ya desde el romanticismo (Rebecca, Cuéntame tu vida, Tuyo es mi corazón), desde el puro horror (Psicosis, Los pájaros), o desde el inesperado ímpetu poético (Vértigo). La comedia negra pareció haberse retirado de escena durante el reinado absoluto del suspenso.

Fue ocho años después de hacer Hitchcock su última película, que aparecieron los Coen, autores indiscutidos de la resurrección del género desde su brutal y brillante debut hace veinte años (Simplemente sangre) hasta su reciente y refinada decantación (El hombre que nunca estuvo).

También ellos han hecho escuela. Hace apenas dos años se estrenaron aquí, en el los mismos día, Cosa de locos de Peter Berg y Fin de semana de locos de Curtis Hanson. Salvada la semejanza de los títulos en español, que perjudicó a la película de Berg, estrenada con menos publicidad, se trata de dos comedias (negras, por supuesto) inteligentes y sumamente atractivas. La primera más tosca y más delirante, más en la línea Coen; la segunda más sofisticada, más pulida, pero el sello Coen se lo pone irremisiblemente la actriz principal: Frances McCormack, fetiche de los Coen. Si no las vio en su momento, trate de encontrarlas en video y verá el rumbo que sigue el género en el nuevo siglo. De paso va a conocer a otra extraordinaria asesina (Cameron Díaz en Cosa de locos) que convierte en tímidas principiantes a Roxie Hart y su amiga Velma, la fratricida.

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